Luis Britto García
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No se trata de un capricho pasajero.
Cuatro semanas van desde el 17 de octubre, y casi todo un continente
protesta. Es inútil la indiferencia e infructuosa la represión. La oleada insurreccional se propaga por 19
países y más de 30 ciudades de la antes hegemónica Europa. Cuenta con la simpatía
y participación de progresistas, marginalidades y minorías étnicas, pero no
parece estar dirigida por partidos tradicionales. En lo posible, desfila
pacíficamente. Fuerzas acorazadas del orden público las intoxican con gases,
las derriban con cañones de agua, las mutilan con granadas enanas, las muelen a
palos, la arrastran a los calabozos. Su imagen es la misma en toda Europa; en
Francia es la alta costura de las Compagnies
Republicaines de Sureté (CRS), cuerpo creado por el gobierno
colaboracionista de Vichy para reprimir disturbios durante la ocupación nazi.
Su sola presencia expresa el Primer Mandamiento impuesto por el Poder a las
muchedumbres: no hacerse sentir.
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Una manifestación es ante todo una narrativa. Nada más verla, se debe
ya saber quién está contra quién y por qué. Difícil lectura la necesaria en
esta confrontación de enlutados. Los que llevan garrotes y corazas negras deben
ser el poder. pero es una fuerza anónima, que ya no tiene más lenguaje que el
castigo físico y el cañón de agua.
Quienes eluden garrotazos y portan mascarillas para aliviar los gases o
no ser identificados deben ser los parias de la tierra. Pero son parias casi uniformados por la estética
posmoderna con la vestimenta fúnebre de sus represores.
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Al comparar imágenes de las movilizaciones de 2026 con fotos que tomé
de los coloridos manifestantes del 1 de mayo de 2006 en París y de los
Indignados en Madrid en 2011 me llama la atención la cuasi unanimidad actual
del atuendo negro. Lo que distingue a las policías de sus víctimas es un apero
de máscaras, corazas y porras, también fúnebres. El negro, color romántico por
excelencia, hace ver a los cuerpos estilizados, es decir, menos gordos, y a sus
usuarios menos individualizables para los represores. Parecería proclamar lo
que Alfred de Musset y los románticos llamaron el “Mal del Siglo” a comienzos
del XIX: la Desesperanza.
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Ameniza la operación del garrotazo y el gas tóxico un carnaval de
disfraces. Nada de despecherada Libertad guiando al pueblo al estilo Eugene
Delacroix. Los únicos trajes llamativos son atuendos de super héroes del comic
estadounidense: Superman, Batman, el Capitán América, Darth Vader, el Hombre
Araña, Dead Pool. Son paradigmas de la fuerza bruta, emblemas del mismo Imperio
que amenaza la esperanza de los manifestantes. Apenas la indefensa Pantera Rosa
y un tiernísimo unicornio alivian la hegemonía de la industria cultural
estadounidense. Y sin embargo, desde mediados del siglo pasado el comic
francés, revolucionó la narrativa gráfica mundial con innovadores como Moebius,
Caza y Enki Bilal. Inquieta que los disidentes pidan prestados sus símbolos al
mismo Imperio al cual combaten. Excepciones: un video de Nueva York presenta un
escuadrón del ICE persiguiendo encarnizadamente a una dama vestida de Estatua
de la Libertad, supongo que para deportarla. En París, una muchedumbre quema un
enorme muñeco negro con corazas y escudo que representa al CRS
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La protesta presenta cierta homogeneidad en la base social: casi todas las imágenes resaltan la mayoría
juvenil. Algunos los categorizan dentro de la “Generación Z”, rótulo
asignado a los estadounidenses nacidos
entre 1997 y 2012, pero también aplicado genéricamente a grupos de otros países desarrollados, Los
sociólogos indican que esta generación accede desde su infancia a internet,
teléfonos celulares y redes sociales. Que ostenta formación académica superior
a la de sus predecesores, Que se siente amenazada por la precariedad económica,
el difícil acceso a estudios superiores, la falta de oportunidades y
perspectivas, el desempleo, la incosteabilidad de las viviendas, la dificultad
de independizarse de sus padres y lograr empleo o relaciones personales
estables. Acompañan sus pobladas los veteranos “Chalecos amarillos” de 2018, pero
en las movilizaciones no parece predominar la clase obrera. La Generación Z no
es necesariamente el proletariado, pero
sí el canto del cisne de esa especie en proletarización llamada clase media.
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· La juventud es el futuro, y todos sus
conflictos tienen que ver con la negación del porvenir, algo que por definición
todavía no existe. Datos de la encuesta global Harvard/Baylor/Gallup revelan
que los jóvenes adultos entre 18 y 29 años consistentemente reportan los
menores niveles de felicidad, propósito y satisfacción con sus relaciones. El
Global Mental Health Quotient acusa un consistente “vacío de optimismo” en
ellos, porque tensiones externas colapsan sus perspectivas del futuro. La maduración temprana del sistema límbico, que procesa las emociones y
las amenazas, contrasta con la maduración posterior de la corteza prefrontal
(que gobierna las regulaciones) lo cual causa una incrementada vulnerabilidad
neurobiológica drante las crisis globales. Ello se traduce en
la cuasi duplicación de desórdenes afectivos clínicos (tales como el Desorden
Depresivo Mayor y la condición bipolar), las irregularidades en el sueño, las
manifestaciones conductuales traumáticas, el colapso del bienestar afectivo
(https://www.pewresearch.org/social-trends/2020/05/14/on-the-cusp-of-adulthood-and-facing-an-uncertain-future-what-we-know-about-gen-z-so-far/).
Tragedia de la juventud es que la
inmolamos en aras de un hipotético futuro que sólo llegará cuando ella haya
desaparecido.
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Díme qué deseas, y te diré quién eres. La debilidad de los insurrectos
consiste en que no atacan causas sino
efectos. Abominan de los bajos salarios, sin reflexionar que correponden a un sistema que cada vez
otorga más al capital y menos al trabajo. Discrepan de un presupuesto que no
asigna fondos a la educación y la salud, sin denunciar que los recursos se van
en financiar el armamentismo. Condenan
la falta de empleo, pero no el
que los grandes capitales se muden a un tercer mundo donde pagan salarios
por debajo del nivel de la subsistencia. Protestan por edificaciones educativas
ruinosas y profesores insuficientes, pero quizá no denuncian los sistemas
tributarios que admiten mil exenciones, excepciones, exoneraciones y rebajas
para los grandes capitales mientras castigan inmisericordemente los salarios.
Condenan los altos alquileres, pero no al sistema que determina que quienes
construyen las casas no tengan techos. Admiten la diversidad sexual, pero no
exigen la distribución del producto social que posibilitaría mantener parejas y
hogares estables. No hay mayor riesgo de fracaso que exigir reivindicaciones
particulares a un sistema generalizadamente opresivo. La lógica de la
explotación abarca todas las causas, la
de la protesta sólo los efectos.
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· Allí están una vez más las masas en las calles, porque sus dirigencias no les proporcionaron soluciones en las oficinas ni en los palacios. El ilimitado bulevar calle es el antídoto de las prisiones ínfimas de talleres, calabozos y hogares. Toda generación digna bautiza con su nombre una insurgencia. Los movimientos de hoy corren el mismo riesgo que los del Mayo Francés de 1968: disolverse si no llegan a postular un programa general y una articulación entre las diversas tendencias. La juventud es el futuro, y todos sus conflictos tienen que ver con la posibilidad o la negación del porvenir, algo que por definición todavía no existe. Tragedia de la juventud es que la inmolamos en aras de un hipotético mañana que sólo llegará cuando ella haya desaparecido. Pero el sentido de toda rebelión está en la tentativa misma. Como dijo Bolívar, “la libertad es el único objetivo digno de la vida de los hombres”.
TTEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO