Luis Britto García
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¿Qué sucede cuando imperios o gobiernos sistemáticamente ignoran los deseos,
las necesidades, las expectativas, las opiniones, la voluntad de los pueblos? Los pueblos asumen de nuevo
los poderes que le han sido confiscados, comenzando por el de expresarse,
obstruido por monopolios mediáticos, redes informáticas, censuras, lawfare contra disidentes, policías y en
última instancia ejércitos.
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Ocurre hoy en Europa, pero sucede en todas las regiones del mundo
cuando los poderes creen que pueden hacer con los pueblos lo que les dé su real
gana. Tras la Segunda Guerra Mundial, en el Viejo Continente se aplicaron las
recetas que John Maynard Keynes recomendó “para evitar la instauración de
gobiernos socialistas”: déficit presupuestario para incrementar el gasto
público y con ello dinamizar la economía, crear empleo y capacidad de gasto. Se
las llamó Estado de Bienestar y funcionaron algo. Hasta que el neoliberalismo impuso
el Estado del Malestar: privatización masiva, recorte del gasto social, inmunidad
tributaria y libertad absoluta de especulación para los ricos, armamentismo de
la OTAN financiado con insoportable carga fiscal e IVA contra los trabajadores.
La fórmula ha provocado indefectiblemente insurrecciones, desde el venezolano 27
de febrero de 1989 hasta el presente Sálvese Quien Pueda europeo.
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Decía Martín Lutero que el
infierno está en los detalles. Las pequeñas cosas se agigantan cuando no se las
resuelve. En septiembre de 2026 estudiantes y profesores de un instituto de los
alrededores de París se declararon en huelga para exigir más docentes y
recursos. Fueron atendidos, pero los estudiantes de todo el país iniciaron
protestas contra condiciones similares. La excesiva represión policial atrajo
la solidaridad de centenares de miles. A las vindicaciones estudiantiles se
añadieron protestas contra la abismal desigualdad socioeconómica, la caída del
nivel de vida, la incosteabilidad de alquileres y viviendas, la falta de
empleo, la injusta carga tributaria, el alza de precios de la energía y de todo
lo demás. En dos palabras, contra el sistema.
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Toda pugna
sociopolítica es a la vez confrontación
mediática. El sábado 17 de octubre multitudes estimadas en unas 800.000
personas toman pacíficamente las calles en casi toda Francia. Concentraciones y protestas simultáneas
recorren Bélgica, Italia, España, Albania, Portugal. En el medio “X”, Jean-Luc Mélenchon, líder del
partido de izquierda La Francia Insumisa,
señala que la casi totalidad de manifestantes protesta de manera cívica:
“Mientras los canales de noticias están inundados de imágenes de violencia en decenas de ciudades, todo
transcurre pacíficamente, con decenas de miles de personas movilizadas
con calma. Dos mundos, dos realidades”. Cuando una sociedad se hace
presente, no basta para ignorarla el llamarla disturbio. Una semana más tarde,
el 24 de octubre, masivas manifestaciones desbordan las calles en Bourdeaux,
Marsella, Lyon, Grenoble, Niza, Lille, Clermont Ferrand, Strasbourg, Rennes, Montpellier, Toulon, Nantes, Lille, París.
Movilizaciones parecidas ocurren en España. No, no se trata de un capricho ni
una casualidad. Las masas intentan decir algo.
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Argumentos de un gobierno sin respuestas son la policía,
el garrote, los blindados, los cañones de agua, los gases tóxicos, el toque de
queda, granadas explosivas “aturdidoras”. Un joven pierde
la mandíbula, dos pierden manos, otro muere, numerosos son heridos, o
malheridos, 24.000 son detenidos. No se
sabe si esta violencia oficial es lo que convierte ciudades en campo de batalla,
si la respuesta es espontánea o la desatan provocadores infiltrados para justificar
la represión extrema. Al anochecer del sábado 17 en París enmascarados quiebran
vitrinas y asaltan tiendas, incendian vehículos, llenan las calles de chatarras
humeantes. En Limoges prenden fuego a la histórica aguja del Ayuntamiento.
En Lyon incineran la oficina de turismo. Hay
ribetes pintorescos. La estatua de la República es hornada con elegante chaleco
amarillo. En la refriega se mezclan ídolos Pop: Batman, Darth Vader, la Pantera
Rosa, Napoleón, un patético Cristo en cuya cruz se lee: “L´Amour Triomphera”. Las imágenes
de los arruinados bulevares me recuerdan lo que vi en Caracas el 27 de febrero
de 1988.
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En 1970 el
punketo Syd Vicious sustituyó los utópicos lemas de las contraculturas por el
siniestro “There is no future”: no
hay futuro, devenido consigna de la postmodernidad y de los hegemones hoy decadentes. La voladura del
Nordstream veta a Alemania y a sus socios los hidrocarburos baratos de la
Federación Rusa, y los reducen al carísimo gas de esquistos de Estados Unidos. Sin
colonias, Europa entra en declinación irreparable. Privada del oro de Boukina
Fasó por el gobierno nacionalista de éste, Francia naufraga entre una Deuda
Pública del 120% de su PIB, la voracidad de sus oligarquías financieras y el pozo
sin fondo del armamentismo de la OTAN. Como las nuevas generaciones estadounidenses,
las europeas ven cada vez más remotas las posibilidades de empleo estable, casa
propia e incluso mantener una familia. La protesta se generaliza porque responde
a problemas generalizados: el evidente fracaso de un sistema inviable.
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¿Adonde va todo
esto? Los franceses se ufanan de que sus preocupaciones tienen un cierto sabor
universal. Está llena su Historia de motines y algaradas que no trascienden de
las brillantes páginas que les dedica Víctor Hugo, pero otras tienen efectos
desencadenantes. En 1789 una alborotada Asamblea de los Estados Generales acaba
con la Monarquía Absoluta y determina que en la actualidad casi todos los
países de la tierra sean Repúblicas o Monarquías Republicanas. En 1871 se
instala la Comuna de París, primer gobierno popular y comunista,
encarnizadamente asaltada por los mismos ejércitos que se rindieron ante la invasión germánica. En mayo de 1968 una
sublevación juvenil determina que a la larga se admita la liberación de Argelia,
y que Charles de Gaulle convoque y pierda un referendo tras el cual renuncia. En
2018 los Chalecos Amarillos sacuden el sistema. Es significativo que lo que
comienza como movimiento local encuentre amplia y sonora resonancia en todo un
Viejo Continente uncido al yugo de la
Deuda Pública Impagable, empobrecido por el sabotaje del Nordstream, y hasta
hace poco encadenado a una OTAN mediante la cual Estados Unidos pretendía
hacerlo pagar y librar sus guerras
privadas contra Irán y la Federación Rusa. Opresiones semejantes desencadenan similares protestas. Cuando veas las colonias
de tus vecinos arder, pon las tuyas en remojo. Los pueblos sólo tienen los
derechos que saben defender.
¿Y nosotros,
que liberamos lo que hoy son seis países, dejaremos pasar en silencio la
tropelía de un imperio moribundo?
TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO











