Luis Britto García
Hacia 1991, había tres grandes potencias en el mundo:
Estados Unidos, China y la Unión Soviética. Las dos últimas eran socialistas,
habían resistido la peor destrucción de dos Guerras Mundiales y el interminable
bloqueo, sabotaje y desgaste de la Guerra Fría. Las dos se desarrollaron desde la más sórdida miseria al estatuto de
potencias, alcanzaron metas de avance
social y tecnológico inauditas, y sin embargo una de ellas se disolvió.
Problema crucial de la teoría política es determinar
cómo una potencia de talla mundial puede desintegrarse sin haber sido derrotada
militarmente por fuerzas externas y sin siquiera sufrir una guerra civil. Las
hipótesis que podrían plantearse se reducen entonces: a la voluntad mayoritaria
de su población, al fracaso económico o
a la falla de sus dirigencias.
Examinemos la hipótesis de la voluntad de la
población. En marzo de 1991 se celebró referéndum
sobre la preservación de la URSS.
Participó el 80% de la población; 76,4% votó a favor de la
conservación y 21,4% contra ella.
Ciertamente, la Unión Soviética era el agregado histórico de varias
nacionalidades, como las repúblicas bálticas de Estonia Lituania y Letonia, o Ucrania,
Armenia, Georgia y Moldavía, y en muchas de ellas existían movimientos separatistas.
Pero éstos no eran necesariamente mayoritarios: en el citado referendo de 1991,
los ucranianos votaron 83 % por la preservación, y apenas un 16 % en contra (Higinio Polo, El Viejo Topo, Rebelión, 10-1-2012.)
Estas
cifras no sustentan la idea de un generalizado fracaso social y económico de la
Unión. Una población depauperada raramente apoya con mayorías de más de tres
cuartas partes al sistema que la estaría defraudando.
En textos anteriores compilé datos que
desmienten un supuesto fallo económico o social de la Unión Soviética. En el
presente los enriquecemos la minuciosa investigación de Pasqualina Curcio “Desmontando la falacia
del ’fracaso’ económico, social y político del socialismo en la URSS”
(http://www.papelesdesociedad.info/).
Consideremos el crecimiento económico.
Valiéndose de cifras y cuadros precisos, Pasqualina concluye que “Entre 1917 y 1991, la economía rusa registró un crecimiento
continuo. La producción medida en términos per cápita incrementó 378%. Los niveles más altos de
producción se registraron a finales de los años 80. Fue a partir de la
disolución de la URSS cuando comenzó a registrarse una disminución de la
producción. Entre 1991 y
1998, la economía rusa cayó 45%.” El crecimiento se da a pesar de dos Guerras Mundiales y el ininterrumpido bloqueo de la Guerra
Fría.
Así, Curcio cita el informe elaborado en diciembre de 1982 por Henry Rowen, presidente del Consejo Nacional de la CIA,y publicado por el comité conjunto de economía del Congreso de EE.UU., el cual expresa: “la economía soviética es altamente autosuficiente y está lejos de experimentar un colapso”. Dicho estudio también indicó que “la URSS experimentó un crecimiento económico continuo y una mejoría en el nivel de vida de su población durante los últimos treinta años”. Destaca el estudio la habilidad de la economía soviética para mantener su viabilidad ante la ausencia de importaciones. Veamos algunos ejemplos.
Durante la Gran Depresión, en Estados
Unidos el desempleo llegó al 23%; mientras que para esa época en la URSS había
pleno empleo, situación que perduró hasta 1988.
La
Unión Soviética fue el primer país en el cual se instauró la educación gratuita
en todos los niveles, incluso el universitario.
En Informe publicado en 1963, la
Organización Mundial de la Salud reconoce que para los soviéticos los servicios médicos tanto
preventivos como curativos son gratuitos, y atienden a toda la población.
En 1920 la esperanza de vida de los
soviéticos era de 40 años. Gracias a la expansión del cuidado público de la
salud, a fines de los ochenta se había elevado hasta los 69,4 años. La tasa de
mortalidad femenina alcanzó a fines de los años 80 su nivel más bajo, de 119
mujeres por cada mil; pero desde 1991 remontó en cinco años un 62%.
Para 1980, el consumo
alimenticio soviético por persona era superior al de Estados Unidos, salvo en
la carne, compensado por un mayor consumo de pescado. La ingesta de calorías
era asimismo superior a la de Europa, España y Estados Unidos, llegando en 1989
a las 3.500 kilocalorías diarias per cápita, para descender después de 1991 a 2.800
kilocalorías diarias, límite considerado mínimo por la FAO de la ONU.
El cuidado de la salud y la mejora de la alimentación
se tradujeron en aumento de la talla promedio del soviético, que ascendió de
1,57 centímetros antes de la Revolución a 1,75 en 1978, para descender a 1,67
en 2008.
Estos indicadores no reflejan fracaso social o económico:
marcan hitos que la mayoría de las
economías capitalistas no han alcanzado todavía. La disolución, impuesta contra
la voluntad del pueblo por parte de la casta política, hizo sentir desde 1991 los efectos de todo ajuste
neoliberal. En trabajo anterior señalé que el PIB cayó un
19%; el nivel de vida 49%; la producción industrial 46%; las inversiones 25%;
la deuda pública aumentó un 11% y
la pobreza un 40%. La
esperanza de vida descendió al nivel más bajo. Un estudio de The Lancet registró más de más de 4 millones de muertes
prematuras («The effect of rapid privatisation on
mortality in mono-industrial towns in post-Soviet Russia: a retrospective
cohort study». The
Lancet Public Health. 1 de mayo de 2017).
Los datos
anteriores apuntan hacia la tercera causa potencial de la disolución: La falla
de las dirigencias. León Trotsky en
La Revolución traicionada, James
Burnham en La Revolución de los
Ejecutivos; Milovan Djilas en La
Nueva Clase; Michael Voslensky en La
nomenklatura: los privilegios en la URSS denunciaron que en la Unión Soviética
parte del Partido Comunista se habría
convertido en clase política privilegiada
cuyos miembros renegaron del ideal socialista para pasar de
administradores a propietarios.
Postula Michels que el poder
termina concentrándose en un número cada vez menor de manos. Añade Lord Acton
que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Todas
las revoluciones son paralelamente acosadas por un poder interno y otro
externo. Para defenderse, tienen por necesidad que adoptar políticas autoritarias y medidas
extremas. Las mismas Revoluciones Burguesas languidecieron ante estas fuerzas.
La Revolución Inglesa naufragó en la Restauración; la Revolución Francesa, en
una Reacción Termidoriana que abrió paso al Consulado y luego al Imperio.
Munidas de los Poderes
Extraordinarios que requiere la defensa colectiva, las dirigencias pueden
sucumbir a la tentación de aplicarlos para su provecho particular. En entrevista para Europapress en 2013, con relación a la disolución de la
URSS, Margaret Tatcher declaró que la llegada al poder de Mijail Gorbachov “con
nuestra ayuda” posibilito “realizar nuestras intenciones en esta esfera”, ya
que éste era una persona “imprudente, sugestionable y muy ambiciosa”. A pesar de
lo cual °la relación personal al final tomó forma, convirtiéndose en cada vez
más amistosa”.
A veces el poder ciega y lleva a confundir enemigos con socios. A veces la traición interna logra lo que no consiguieron todos los poderes del mundo. A veces las dirigencias terminan no siendo de la talla de sus pueblos. A veces éstos deben reasumir por sí mismos la dirigencia.
TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO.



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