Luis Britto García
Recapacita.
Piensa en tí mismo, en aquellos con quienes te relacionas, y llegarás a la misma
conclusión que un servidor. Desde la firma del desastroso Paquete
Económico con el Fondo Monetario
Internacional en febrero de 1989, nunca como ahora había experimentado nuestro país un
sentimiento tan unánime de desconcierto, rabia contenida y repulsión de que
otros decidan por nosotros.
En octubre de 2025, según consulta de
Hinterlaces, 83% de los encuestados afirmó que estaría dispuesto a
enfrentar una invasión militar extranjera.
El ataque llegó, se nos negó la posibilidad de resistir, y enfrentamos ahora
una invasión invisible. Una Planta Insolente del Extranjero que casi no aparece
en pantalla, pero que nos pisotea,
aplasta uno tras otro los atributos
ejecutivos, legislativos, judiciales y morales de la soberanía, nos roba en un solo semestre
petróleo por valor de 13.000 millones de dólares que nadie sabe dónde están, y
remodela nuestro país para que el latrocinio continúe indefinidamente.
Junto con el saqueo, sobre
Venezuela ha caído un manto de opacidad que relega al misterio todo lo que
importa, salvo una que otra voz que infiltra medios informales. María Alejandra
Díaz Marín nos advierte desde Colombia sobre el intento de remoción de todos
los límites constitucionales que obstaculizan el saqueo. Mario Silva contrasta
lo que decían y ahora dicen los políticos. Ramsés Reyes confiesa que “escupe
sangre”. José Sant Roz proclama en Ensartaos: «Me estremezco de indignación cuando veo que dicen «Irán no es Venezuela»,
«Cuba no es Venezuela».
Las comparaciones son odiosas, pero más odioso es que las
eludamos para no examinarnos.
Por mi parte predico que la cólera es un recurso natural más valioso que el petróleo y el oro que nos saquean, porque es infinitamente renovable y más fructífero que la resignación. Admiro a todos los países que han sacudido los yugos de los imperios. Agradezco a quien nos reprocha que aparentemente hayamos dejado de hacer lo mismo. Ni siquiera invoco la rabia sagrada del Decreto de Guerra a Muerte, que liberó lo que son hoy seis países. El aserto de que no somos como tal o cual otro reitera que libertad y soberanía no caen del cielo ni se defienden solas. Se conquistan tras extrema pedagogía de lo insoportable.
Venezuela no es Irán. Nada más cierto. Desde 1941 vivía la nación persa bajo la dictadura del Shah Reza Pahlevi. El movimiento nacionalista Majlis logró que en 1951 fuera designado primer ministro Mohammed Mossadegh, quien nacionalizó la industria petrolera. Los países hegemónicos le bloquearon la venta de hidrocarburos. En 1953 la CIA y el M-16 azuzaron manifestaciones callejeras, un golpe militar destituyó a Mossadegh, y confirmó como dictador al Shah Resa Pahlevi, quien entregó el petróleo a europeos y yanquis y presidió represiva autocracia. Sólo en 1979, al cabo de interminables 37 años de feroz dictadura monárquica y consecutivo robo del petróleo por potencias extranjeras, marejadas de iraníes depusieron al pelele y confirmaron que la autonomía no se entrega: se defiende. Extremaron la afirmación de su identidad cultural. Afrontaron el asesinato selectivo de sus científicos y dirigencias hasta hacerse inexpugnables. Vencieron guerras contra el vecino Irán instigado y armado por Estados Unidos, y ahora contra el Imperio mismo. Dividieron su sistema defensivo en “mosaicos” capaces de seguir resistiendo cuando otros hubieran caído. No somos como los admirables iraníes. Pero éstos nos enseñan áspero camino para serlo.
No somos como los cubanos. Cuando José Martí llega a Caracas en 1881 y visita ante todo la estatua de Bolívar, hacía ya 57 años que habíamos independizado lo que ahora son seis países. El Libertador incluyó en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 el objetivo de la emancipación de Cuba, Puerto Rico y la Española, y proyectó coronarla con una expedición que nuestro secesionismo frustró. Todavía le quedaba al Apostól y a Cuba cursar una amarga pedagogía. A Martí, la muerte en su primer combate. A su Patria, la humillación de una Independencia interferida por la invasión estadounidense de 1898, y de una soberanía mancillada por la Enmienda Platt. Y todavía le restaba la amarga cartilla de 60 años de dictaduras y corruptelas apañadas por Estados Unidos, hasta que llegó el Comandante y mandó a parar. Nunca se sintió humillado el Apóstol porque en sus tiempos Cuba no fuera como Venezuela. Inmoló su frágil existencia en la tentativa prometeica de superarla, y su legado perfora la conciencia como hierro al rojo vivo.
China no es como Venezuela. A partir de 1848 fue asaltada por Inglaterra para forzarla a comprar opio. Mediante los Infames Tratados las potencias occidentales la sembraron de bases militares y gobiernos títeres. Desde 1931 los japoneses le invadieron Manchuria; el resto del mundo la amenazó, bloqueó o ignoró. Sólo después de un amargo siglo de humillaciones pudo en 1948 retomar el arduo camino que lleva a Primera Potencia del Mundo.
No, Venezuela no es Argelia, no es Vietnam, no es Corea, no es Afganistán, no es la India, no es Paquistán, no es Somalía, no es Yemen. Las precedió. Tuvimos en 1810 una Patria Boba que debió aprender a vencer hasta que en 1825 dio lecciones al mundo. Hoy nos toca entender, con tantas naciones admirables, que no hay más independencia que la que se conquista ni más soberanía que la que se defiende.
Una vez más, la metrópoli de turno pierde la hegemonía. Sus bases son demolidas, sus mercenarios puestos en fuga. Su Congreso niega los fondos para sus insensatas agresiones, sus fuentes energéticas se le escapan, su fraudulenta moneda sin respaldo se esfuma, las potencias emergentes la rebasan en economía, ventajas sociales, ciencia, cultura y defensa. El camino se bifurca entre el sendero de la extinción y el de la Utopía.
Lo que tiene que reaprender Venezuela es a ser como Venezuela.
TEXTO/FOTOS:LUIS BRITTO.






CÓMO VENEZUELA VENCIÓ LA AGRESIÓN DE INGLATERRA, ALEMANIA, ITALIA, FRANCIA, HOLANDA,