sábado, 15 de agosto de 2026

¿DÓNDE ESTÁN LOS DINEROS DE VENEZUELA?

 

Luis Britto García

      

Desde principios de año, para enterarnos de lo que ocurre en Venezuela debemos recurrir a fuentes fuera de Venezuela.

Así, para saber por qué los ingresos propiedad de nuestro país por sus hidrocarburos y minerales no van a parar al Tesoro ni al Presupuesto Nacional venezolanos, debí rastrear la Executive Order 14373,  “Safeguarding venezuelan oil revenue for the good of the american and venezuelan people”. De acuerdo con ella, las cantidades provenientes de la venta de estas propiedades nuestras son depositadas en una cuenta del Tesoro de Estados Unidos, administrada por el Presidente de ese país. El artículo donde reproduje la noticia fue rechazado por los medios impresos nacionales.

(https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2026/01/safeguarding-venezuelan-oil-revenue-for-the-good-of-the-american-and-venezuelan-people/).

Para descubrir el monto de esas riquezas venezolanas depositadas en el Treasure estadounidense  no me sirvieron de nada nuestro Presupuesto de la Nación ni los informes del Banco Central de Venezuela o del Ministerio de Finanzas. Debí cumplir larga pesquisa en  internet para localizar información del  Financial Times  según la cual  desde enero hasta comienzos de julio de 2026, Estados Unidos ha ingresado 13 billones de dólares procedentes del petróleo venezolano (para los anglosajones un billion es mil millones). Ni siquiera sometí la información a los medios impresos; al igual que la presente, consta en mi blog luisbrittogarcia.blogspot.com.

(The US has $13bn in Venezuelan oil money. Where is it? https://www.ft.com/content/0e562e03-106e-4729-83d7-675c27eb8c4d?syn-25a6b1a6=1).

        En fin, transcurridos meses a partir de la invasión agravada con bombardeo, asesinato masivo de compatriotas y cubanos y secuestro del Primer Mandatario y su señora esposa, supuse que alguna fuente vernácula me informaría sobre el paradero de esas demoledoras sumas. No encontré ni siquiera indicios. No tuve más remedio  que escudriñar los informes del estadounidense Council of Foreign Relations, para enterarme de que el misterio es total.

(https://www.cfr.org/articles/the-u-s-took-over-venezuelas-oil-industry-where-has-all-the-money-gone). “¿Dónde se fue todo el dinero?” indaga el Council. Y la respuesta es igual de desoladora: NADIE SABE.


Citamos: “Los pueblos de Estados Unidos y de Venezuela siguen en la oscuridad acerca de cómo la administración de Trump está controlando miles de millones de dólares de los ingresos del petróleo venezolano. Sin mecanismos contables ni un mapa de caminos legible, Estados Unidos arriesga la consolidación de un régimen sucesor corrupto”. Y el Council prosigue: “Mientras la Administración de Trump repetidamente ha calificado su control como beneficioso para ambos países, no se ha revelado públicamente cuánto petróleo venezolano ha vendido, cuanto ingreso ha recolectado por él, ni cómo ha utilizado esos fondos desde que tomó el control de las explotaciones petroleras del país (…)”.

En resumen,  sumas provenientes de la venta de nuestros hidrocarburos que según el Financial Times ascienden a unos TRECE MIL MILLONES DE DÓLARES han desaparecido sin un papel,  un informe, un balance, un indicio, una conjetura. Marx decía que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Desaparecieron y ya está. Con dichas sumas se esfuman   montos equivalentes de nuestra Educación, nuestra Salud, nuestros Alimentos,  nuestros Servicios Públicos, nuestra Infraestructura, nuestra Cultura, nuestro aparato productivo, nuestras Comunicaciones, nuestra Defensa, nuestro futuro.


Confirma el Council que “la Administración tampoco ha presentado los acuerdos escritos que ha concluido con el gobierno venezolano, comerciantes, compradores, bancos y otras entidades involucradas en el proceso”. Por si cupieran dudas, añade que “tanto Rubio como el Secretario del Tesoro Scott Bessent se comprometieron por separado a compartir una copia de los acuerdos escritos que rigen el control de EEUU sobre las exportaciones venezolanas de petróleo, aunque no está claro si dichas copias fueron entregadas al Congreso, y ni una sola copia ha sido hecho pública”. Por una buena razón: tales acuerdos, arreglos o componendas,  para ser válidos deben ser concertados de acuerdo con lo pautado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y las leyes del país, sin lo cual son nulos de toda nulidad y carecen de efectos.

En resumen: todo es opacidad, misterio, tiniebla, enigma, negociado fuera del Horizonte de los Eventos. Dos detalles añade el Council que confirman la inconmensurable atrocidad del latrocinio. Entre las empresas que supuestamente habrían hecho tratos “transitorios” sobre los bienes de Venezuela aparecen Trafigura y Vitold, ambas involucradas en prácticas de soborno, ambas ancladas en acuerdos secretos que parecen perpetuos. El control sobre los ingresos de minerales venezolanos no se limita a los hidrocarburos: el Secretario del Interior Doug Burgum se habría asegurado de “$100 millones en oro”, y de un trato por mil kilogramos de oro, asimismo para Trafigura. Por nuestra parte, no sabemos el valor del uranio enriquecido gratuitamente “retirado” del IVIC.

A menos que resistamos, retirarán toda Venezuela.

Este artículo tampoco aparecerá en los medios impresos. Si te parece pertinente, por favor reenvíalo a quien pueda interesar.




TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO .

 

 

ANIQUILACIÓN DE LOS TRABAJADORES

 Luis Britto García

Trabajo, modificación planificada del mundo físico y del de las ideas sin la cual la civilización no existiría. Maldición bíblica que castiga el pecado original de aspirar a ser como dioses a través del conocimiento, podría  elevarnos a la omnipotencia o aniquilarnos.

Paradójicamente parte del trabajo humano está justamente destinada a evitarlo. Herramientas y máquinas amplifican y a fin de cuentas suplantan nuestras fuerzas; lo mismo sucede con la mayoría de nuestras facultades:  la de pensar no es la excepción.

Mucho se habla sobre las capacidades de la Inteligencia Artificial; muy poro sobre sus efectos sociales. En su inteligentísimo artículo de 1891 “El alma del hombre bajo el socialismo”,  afirmaba Oscar Wilde que todo el trabajo pesado, monótono, insalubre y degradante debía ser cumplido por máquinas, dejando libres a los humanos para la creación o para el supremo disfrute del vivir. Afirmaba nuestro esteta que ello sólo sería posible en una sociedad socialista, donde las máquinas y la naturaleza pertenecieran  a todos.

Por lógica, parecería inevitable la utopía planteada por el esteta  irlandés. Pero la ilogicidad determina que cada vez más dos factores  de la ecuación, el capital y la mercancía, estén monopolizados por una ínfima minoría, mientras que a la inmensa mayoría sólo le queda aportar el trabajo. Y pasadas dos centurias; maquinas cada vez más perfectas parecen cada vez más competentes para suplantar  trabajadores que nada poseen.

¿Cómo prevén los propietarios del mundo este futuro donde  pocos poseerán todo y todos poseerán casi nada? La primera parte de la respuesta es la misma de Marx, Engels y Wilde: el trabajo específicamente humano será reemplazado por el automatizado. Sobre la segunda interrogantte, no hay más que evasivas y omisiones. En entrevista de 2025 para The Economist, el billonario Elon Musk (entonces jefe del Department of Government Efficiency) afirmó que la automatización facilitaría tal abundancia que el dinero devendría “irrelevante”, la  Inteligencia Artificial superaría a la humana dentro de cinco años, y  el trabajo humano se volvería “opcional” en diez. Preguntémonos con qué efectos.

(https://www.economist.com/insider/the-insider/an-interview-with-elon-musk).

Recapitulemos  datos sobre la concentración mundial de la propiedad. En El Capital (1867) sostuvo Marx que la riqueza tiende a concentrarse en un número cada vez menor de manos. Infinidad de autores, entre ellos Thomas Pikkety en Capital in the twenty one century (2013) confirman el aserto. El World Inequality Report certifica que “el l0% de los perceptores de ingresos gana más que el restante 90%, mientras que la mitad más pobre de la población global se apropia de menos del 10% del ingreso total global. La riqueza está todavía más concentrada en el 10% superior del estrato de  los propietarios, que posee tres cuartas partes de la riqueza global, mientras que la mitad de la población con menores ingresos posee apenas el 2%.” (https://wir2026.wid.world/insight/executive-summary/).

Esta extrema desigualdad deriva de dos estrategias constantes del capital para optimizar su ganancia: elevar los precios de la mercancía que ofrece, y rebajar los salarios de los trabajadores que la producen. Con contadas excepciones, ambos preceptos rigen desde la aparición del capitalismo hasta hoy: son sus principios existenciales, pues la ganancia o plusvalía del capital deriva de que el trabajador añada a la materia prima un valor que no le es remunerado. No hay recurso, trampa o crimen  que  el capital se haya ahorrado para mantener ingresos altos  y costos laborales  mínimos: policías, ejércitos, políticos sobornables, religiosos, medios corruptos, legislaciones antilaborales, rompehuelgas, traslado de parques indusriales a países con mano de obra casi gratuita, guerras.

¿En virtud de cuál razón, con cual fundamento entonces el capital pondría a disposición de todos una “abundancia” no pagada con un dinero que “perdería significado” ni por un trabajo que se haría “opcional”? Yo te voy a decir una: el socialismo o su fase superior, el comunismo. Sólo con la propiedad social de fuerzas productivas automatizadas se haría gratuitamente disponible para todos el producto de éstas.


Sin ello, el mundo futuro integralmente automatizado funcionaría única y exclusivamente primero sólo para el 10% y finalmente para el 1% de los propietarios del 90% y luego del 99% de la riqueza. ¿Lo duda usted? El mismo Elon Musk profeta del trabajo “optativo”, durante su breve paso ´por el Department of Government Efficiency entre enero y mayo de 2025 puso en la calle 121.000 trabajadores. Nada de “abundancia”, nada de “trabajo optativo” o de dinero “irrelevante”. El brutal destino del trabajador prescindible no es otro que la cesantía y la indigencia. O, en última instancia, la eliminación masiva.

Idéntica desorientación patética lucen otras propuestas para enfrentar, el problema. La del Ingreso Básico Universal postula entregar a todos periódicamente sumas de dinero para cubrir sus necesidades, trabajen o no. Viable en un sistema socialista, resulta contraria a la lógica y la práctica misma del capitalismo que el 10% de propietarios de cerca del 90% de los bienes del mundo los dediquen a pensionar gratuitamente al resto de la humanidad.

Sam Altman, de OPEN AI, reconoce que la informática reduce la demanda de trabajo humano, y se limita a recomendar mecanismos de redistribución. Sundar Pichini, de Google, aconseja resignación porque toda revolución tecnológica elimina empleos y crea otros nuevos (aunque la informática podría abolirlos definitivamente).

Asombra que los agudos gerentes de transformación tan definitiva en los medios de producción sean tan obtusos a la hora de prever sus consecuencias. O no piensan en ello, o no revelan lo que piensan. Por algo todos los billonarios del planeta están construyendo inexpugnables bunkers donde refugiarse.

“¡Socialismo o barbarie!” planteaba Rosa Luxemburgo en 1916. Socialismo o extinción, es la nueva consigna de la clase trabajadora, sin otro destino alternativo que ser suplantada y destruida por los mecanismos informáticos que ella misma fabrica.

    TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO.

domingo, 9 de agosto de 2026

VENEZUELA NO ES IRÁN

 Luis Britto García 


Recapacita. Piensa en tí mismo, en aquellos con quienes te relacionas, y llegarás a la misma conclusión que un servidor. Desde la firma del desastroso Paquete Económico  con el Fondo Monetario Internacional en febrero de 1989, nunca como ahora  había experimentado nuestro país un sentimiento tan unánime de desconcierto, rabia contenida y repulsión de que otros decidan por nosotros.

En octubre de 2025, según consulta de Hinterlaces, 83% de los encuestados afirmó que estaría dispuesto a enfrentar una invasión militar extranjera. El ataque llegó, se nos negó la posibilidad de resistir, y enfrentamos ahora una invasión invisible. Una Planta Insolente del Extranjero que casi no aparece en pantalla, pero que  nos pisotea, aplasta uno  tras otro los atributos ejecutivos, legislativos, judiciales y morales  de la soberanía, nos roba en un solo semestre petróleo por valor de 13.000 millones de dólares que nadie sabe dónde están, y remodela nuestro país para que el latrocinio continúe indefinidamente.

Junto con el saqueo, sobre Venezuela ha caído un manto de opacidad que relega al misterio todo lo que importa, salvo una que otra voz que infiltra medios informales. María Alejandra Díaz Marín nos advierte desde Colombia sobre el intento de remoción de todos los límites constitucionales que obstaculizan el saqueo. Mario Silva contrasta lo que decían y ahora dicen los políticos. Ramsés Reyes confiesa que “escupe sangre”. José Sant Roz proclama en Ensartaos:  «Me estremezco de indignación cuando veo que dicen «Irán no es Venezuela», «Cuba no es Venezuela».

Las comparaciones son odiosas, pero más odioso es que las eludamos para no examinarnos.


Por mi parte predico que la cólera es un recurso natural más valioso que el petróleo y el oro que nos saquean, porque es infinitamente renovable y más fructífero que la resignación. Admiro a todos los países que han sacudido los yugos de los imperios. Agradezco a quien nos  reprocha que aparentemente hayamos dejado de hacer  lo mismo. Ni siquiera invoco la rabia sagrada del Decreto de Guerra a Muerte, que liberó lo que son hoy seis países. El aserto de que no somos como tal o cual  otro reitera que libertad y soberanía no caen del cielo ni se defienden solas. Se conquistan tras extrema pedagogía de lo insoportable.

Venezuela no es Irán. Nada más cierto. Desde 1941 vivía la nación persa bajo la dictadura del Shah Reza Pahlevi. El movimiento nacionalista Majlis logró que en 1951 fuera designado primer ministro Mohammed Mossadegh, quien nacionalizó la industria petrolera. Los países hegemónicos le bloquearon la venta de hidrocarburos. En 1953 la CIA y el M-16 azuzaron manifestaciones callejeras, un golpe militar destituyó a Mossadegh, y confirmó como  dictador al Shah Resa Pahlevi, quien entregó el petróleo a europeos y yanquis y presidió represiva autocracia. Sólo en 1979, al cabo de interminables 37 años de feroz dictadura monárquica y consecutivo robo del petróleo por potencias extranjeras,  marejadas de iraníes depusieron al pelele y confirmaron que la autonomía no se entrega: se defiende. Extremaron la afirmación de su identidad cultural. Afrontaron el asesinato selectivo de sus científicos y dirigencias hasta hacerse inexpugnables. Vencieron guerras contra el vecino Irán instigado y armado por Estados Unidos, y ahora contra el Imperio mismo. Dividieron su sistema defensivo en “mosaicos” capaces de seguir resistiendo cuando otros hubieran caído. No somos como los admirables iraníes. Pero éstos nos enseñan áspero camino para serlo.




No somos como los cubanos. Cuando  José Martí llega a Caracas en 1881 y visita ante todo la estatua de Bolívar, hacía ya 57 años que habíamos independizado lo que ahora son seis países. El Libertador incluyó en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 el objetivo de la emancipación de Cuba, Puerto Rico y la Española, y proyectó coronarla con una expedición que nuestro secesionismo frustró.  Todavía le quedaba al Apostól y a Cuba cursar una amarga pedagogía. A Martí, la muerte en su primer combate. A su Patria,  la  humillación de una Independencia interferida por la invasión estadounidense de 1898,  y de una  soberanía mancillada por la Enmienda Platt. Y todavía le restaba la amarga cartilla de 60 años de dictaduras y corruptelas apañadas  por Estados Unidos, hasta que llegó el Comandante y mandó a parar. Nunca se sintió humillado el Apóstol porque en sus tiempos Cuba no fuera como Venezuela. Inmoló su frágil existencia en la tentativa prometeica de superarla, y su legado perfora la conciencia como hierro al rojo vivo.


China no es como Venezuela. A partir de 1848 fue asaltada por Inglaterra para forzarla a comprar opio. Mediante los Infames Tratados las potencias occidentales la sembraron de bases militares y gobiernos títeres. Desde 1931 los japoneses le invadieron Manchuria; el resto del mundo la amenazó, bloqueó o ignoró. Sólo después de un amargo siglo de humillaciones pudo en 1948 retomar el arduo camino que lleva a Primera Potencia del Mundo.

No, Venezuela no es Argelia, no es Vietnam, no es Corea, no es Afganistán, no es la India, no es Paquistán, no es Somalía, no es Yemen. Las precedió.  Tuvimos en 1810 una Patria Boba que debió aprender a vencer  hasta que en 1825 dio lecciones al mundo. Hoy nos toca entender, con tantas naciones admirables, que no hay más independencia que la que se conquista ni más soberanía que la que se defiende.

Una vez más, la metrópoli de turno pierde la hegemonía. Sus bases son demolidas, sus mercenarios puestos en fuga. Su Congreso niega los fondos para sus insensatas agresiones, sus fuentes energéticas se le escapan, su fraudulenta moneda sin respaldo se esfuma, las potencias emergentes la rebasan en economía, ventajas sociales, ciencia, cultura y   defensa.  El camino se bifurca entre el  sendero de la extinción y el de la Utopía.

Lo que tiene que reaprender Venezuela es a ser como Venezuela.


TEXTO/FOTOS:LUIS BRITTO.