Luis Britto García
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Cruza el Caribe la más poderosa flota
que jamás surcó sus aguas. Sesenta fortalezas flotantes mortíferamente
artilladas transportan quinee mil hombres para avasallar Tierra Firme. Son veteranos de las más
cruentas guerras. El rumbo es Sudoeste, siguiendo las corrientes y los
amigables alisios. La escuadra deja atrás raudamente un collar de islotes.
Hacia Sotavento se perfilan pequeñas y áridas colinas. Se arrojan anclas, se aprestan
cañones. Nada resistirá al torrente de hierro del Imperio.
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El Pacificador don Pablo Morillo y
Morillo, recién nombrado Capitán General de Venezuela y General en Jefe del
Ejército Expedicionario y Teniente General de los Ejércitos de la Corona en Tierra
Firme, viene como invasor y resiente no ser tratado como salvador. Desde el
castillo de popa de su formidable nave almirante San Pedro Alcántara, el 10 de
abril de 1815 dicta áspera reconvención para los margariteños: “A mi llegada a este punto me
sorprendió el no
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Los lugareños no tienen una sola
pieza de artillería con qué responderle. Piraguas de pescadores no son unidades
para enfrentar navíos de tres cubiertas y sesenta metros de eslora de una flota que abarca los horizontes. La población indefensa
huye a las áridas colinas. Las improvisadas autoridades interinas apenas
contestan, en pliego remitido bajo bandera blanca: “Pedimos a Vuestra
Excelencia las seguridades que prescribe el derecho de gentes... para abrir los
tratados que con
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Todo Imperio se presenta como
redentor pero su oficio real es el saqueo. En el inexpugnable alcázar del San
Pedro Alcántara, el Pacificador habla sin tapujos: “Mi intención es conseguir
para esta expedición los auxilios que debe todo vasallo leal, como decís serlo
en nombre de los pobladores de
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La pragmática Historia preserva los
dictados de los poderosos, disimula o extravía las objeciones de los débiles. Imaginemos
las de los infelices convocados para congraciarse con el poder que viene a
destruirlos. Uno de ellos apuntará que después de cuatro años de Guerra a Muerte no
queda cosa en toda la Capitanía con qué mantener una aldea. Otro interlocutor
incómodo apuntará que la sedición no ha sido reducida porque el hambre la
alimenta. Que se mantienen en la Capitanía diez mil lanceros de José Tomás Bo
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Se mecen las cubiertas. Trepidan los
carros del centenar de cañones. El Pacificador calla. Un tenso silencio anuncia
que la conversación deriva hacia los puntos incómodos sobre los cuales hay que
guardar silencio. El Pacificador trae instrucciones precisas de remitir a
España esos oficiales blancos y desbandar las peligrosas compañías de lanceros
harapientos. “Para más altos fines está reservado el Tesoro de la Flota- arenga
el Pacificador.- Bajo mi mando vienen las tropas peninsulares que han derrotado
a Bonaparte. Ellas no pueden maniobrar sin tener numerario y todo lo demás
necesario y aun superfluo en abundancia. Impondremos requisas y empréstitos.
Señalaremos a cada ciudadano la cantidad de dinero que ha de dar en
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En el silencio que sigue trepidan
quedamente los maderos del Imperio,
las olas que besan su casco, la escuadra
y el mar mismo. Sobre el Tesoro de la Flota corre a bordo el chisme de que el
grumete que cargaba las cajas dejó caer una, de la cual sólo brotaron clavos.
Prueba de que el oro habría sido ya robado en Cádiz, antes de embarcar. Al fin el interino encuentra voz para decir,
con pánico acaso demasiado visible:-Mas... cúmplase la voluntad... de Usiría.
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El Pacificador se incorpora. Saluda
secamente. Hace una seña. En las cubiertas de sesenta fortalezas flotantes
millares de hombres aprestan los cañones. Los artilleros acercan sus mechas. El mar relampaguea. Millares de cañones truenan
de uno a otro horizonte. Sopla humareda de pólvora que nubla hileras de
bayonetas de húsares en formación y
penachos y morriones y uniformes dorados y
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El Pacificador abandona en su chalupa
el gigantesco San Pedro Alcántara. inútilmente anclado entre Coche y las ruinas
de Cubagua, donde el Imperio fundó la primera ciudad cerca de Tierra Firme.
Horas después, marinos y soldados se arrojan al mar desde sus cubiertas,
huyendo del misterioso incendio que devora la cámara del Tesoro. El San Pedro
Alcántara y el Imperio estallan, en una nube de clavos.
Inútilmente he buceado en esas aguas sin encontrar doblones de oro, y sí muchos clavos.
TEXTO: FOTOS: LUIS BRITTO.
