domingo, 11 de octubre de 2026

INVASIÓN IMPERIAL

Luis Britto García 

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Cruza el Caribe la más poderosa flota que jamás surcó sus aguas. Sesenta fortalezas flotantes mortíferamente artilladas transportan quinee mil hombres para avasallar  Tierra Firme. Son veteranos de las más cruentas guerras. El rumbo es Sudoeste, siguiendo las corrientes y los amigables alisios. La escuadra deja atrás raudamente un collar de islotes. Hacia Sotavento se perfilan pequeñas y áridas colinas. Se arrojan anclas, se aprestan cañones. Nada resistirá al torrente de hierro del Imperio.

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El Pacificador don Pablo Morillo y Morillo, recién nombrado  Capitán General de Venezuela y General en Jefe del Ejército Expedicionario y Teniente General de los Ejércitos de la Corona en Tierra Firme, viene como invasor y resiente no ser tratado como salvador. Desde el castillo de popa de su formidable nave almirante San Pedro Alcántara, el 10 de abril de 1815 dicta áspera reconvención para los margariteños: “A mi llegada a este punto me sorprendió el no ver dirigirse al buque de mi residencia con aquella alegría y sumisión de que he tenido repetidos ejemplos en España y en América, las autoridades que gobernasen en esta isla interinamente.  La sospecha  de que Su Majestad Católica el Señor Don Fernando Séptimo no encontraría vasallos en ella, y sí desleales, me puso en la dura obligación de cumplir el precepto de tomar la isla a viva fuerza.”  

3

Los lugareños no tienen una sola pieza de artillería con qué responderle. Piraguas de pescadores no son unidades para enfrentar navíos de tres cubiertas y sesenta metros de eslora de una  flota que abarca los horizontes. La población indefensa huye a las áridas colinas. Las improvisadas autoridades interinas apenas contestan, en pliego remitido bajo bandera blanca: “Pedimos a Vuestra Excelencia las seguridades que prescribe el derecho de gentes... para abrir los tratados que convengan a la seguridad de esta isla... y a la benéfica intención de Vuestra Excelencia...”

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Todo Imperio se presenta como redentor pero su oficio real es el saqueo. En el inexpugnable alcázar del San Pedro Alcántara, el Pacificador habla sin tapujos: “Mi intención es conseguir para esta expedición los auxilios que debe todo vasallo leal, como decís serlo en nombre de los pobladores de la isla. Para adelantar la guerra, las autoridades leales han de proveernos un empréstito de doscientos mil pesos; treinta mil quintales de tasajo; diez mil barriles de harina; noventa mil quintales de galleta; seiscientos cerdos, dos mil gallinas, bacalaos, jabón, jamón, menestras, jarcias, forrajes para reses vivas, según la relación que os entregará el intendente.”

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La pragmática Historia preserva los dictados de los poderosos, disimula o extravía las objeciones de los débiles. Imaginemos las de los infelices convocados para congraciarse con el poder que viene a destruirlos. Uno de ellos apuntará que  después de cuatro años de Guerra a Muerte no queda cosa en toda la Capitanía con qué mantener una aldea. Otro interlocutor incómodo apuntará que la sedición no ha sido reducida porque el hambre la alimenta. Que se mantienen en la Capitanía diez mil lanceros de José Tomás Boves, Caudillo del Rey en Tierra Firme, muerto en Urica. Que son salvajes desnudos. que hacen la guerra en la misma condición de los insurgentes. Que muerto en batalla el Taita, sólo quedan cuarenta y cinco blancos entre comandantes y oficiales. Que susténtanse devorando reses que ellos mismos enlazan. Que gran parte son esclavos fugados. Que desertarán antes que aceptar la esclavitud de nuevo. Que convendría a Usiría mantenerlos en filas pagándoles con el Tesoro  de la Expedición.

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Se mecen las cubiertas. Trepidan los carros del centenar de cañones. El Pacificador calla. Un tenso silencio anuncia que la conversación deriva hacia los puntos incómodos sobre los cuales hay que guardar silencio. El Pacificador trae instrucciones precisas de remitir a España esos oficiales blancos y desbandar las peligrosas compañías de lanceros harapientos. “Para más altos fines está reservado el Tesoro de la Flota- arenga el Pacificador.- Bajo mi mando vienen las tropas peninsulares que han derrotado a Bonaparte. Ellas no pueden maniobrar sin tener numerario y todo lo demás necesario y aun superfluo en abundancia. Impondremos requisas y empréstitos. Señalaremos a cada ciudadano la cantidad de dinero que ha de dar en veinticuatro horas. Apropiaremos cuanto ganado se encuentre para el servicio del ejército. Se prohibirá matar para consumo de particulares”. Pero -objeta algún interino- ello es condenar a morir de hambre a gentes ya estragadas por la guerra. Obligados a dar lo que no tienen se sublevarán de nuevo ¿No sería más fácil ir comprando suministros y voluntades con el tesoro de la flota?...

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En el silencio que sigue trepidan quedamente  los maderos del Imperio, las  olas que besan su casco, la escuadra y el mar mismo. Sobre el Tesoro de la Flota corre a bordo el chisme de que el grumete que cargaba las cajas dejó caer una, de la cual sólo brotaron clavos. Prueba de que el oro habría sido ya robado en Cádiz, antes de embarcar.  Al fin el interino encuentra voz para decir, con pánico acaso demasiado visible:-Mas... cúmplase la voluntad... de Usiría.

8

El Pacificador se incorpora. Saluda secamente. Hace una seña. En las cubiertas de sesenta fortalezas flotantes millares de hombres aprestan los cañones. Los artilleros acercan sus mechas.  El mar relampaguea. Millares de cañones truenan de uno a otro  horizonte. Sopla  humareda de pólvora que nubla  hileras de  bayonetas de húsares en formación y  penachos y morriones  y   uniformes dorados y velas en facha y el vértigo de los elevados mástiles y el blanquísimo parasol de Su Excelencia y  los estandartes y banderolas que por la driza se remontan a los cielos tras la salva de la victoria.

9

El Pacificador abandona en su chalupa el gigantesco San Pedro Alcántara. inútilmente anclado entre Coche y las ruinas de Cubagua, donde el Imperio fundó la primera ciudad cerca de Tierra Firme. Horas después, marinos y soldados se arrojan al mar desde sus cubiertas, huyendo del misterioso incendio que devora la cámara del Tesoro. El San Pedro Alcántara y el Imperio estallan, en una nube de clavos.

Inútilmente he buceado en esas aguas sin encontrar doblones de oro, y sí muchos clavos.



TEXTO: FOTOS: LUIS BRITTO.