Luis Britto García
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Durante años
incontables, piratas, corsarios y negreros hicieron fácil presa en nosotros, motilones mansos del Caribe intelectual. Se
entiende el motivo: debido a nuestra endeble autoestima, sólo aceptamos
maltratos de los forasteros. Mientras que a nuestros compañeros de tribu, no
sólo no les toleramos los abusos, sino que hasta olvidamos agradecérselos.
Nadie es pirata en su tierra.
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Sirva de
ilustración la ejemplar historia de Sir Francis Drake. En los años sesenta del pasado siglo, la
juventud venezolana estaba entre fuegos cruzados: el balístico de la policía, y
el lingüístico de Sir Francis Drake. Este había descubierto, en no sé cuál
examen de admisión, que un preinscrito en Medicina no sabía quién era Platón.
Ello le bastó para descalificar públicamente a toda una generación. Como
escuché decirle a un bachiller que le pidió ayuda para una verbena: “No le doy
nada porque usted pide para hacer la revolución, y eso no lo va a hacer la juventud, sino el pueblo”. Verbi
gratia: la juventud no forma parte del pueblo. Y menos puede pretender cambiar
un sistema (político y educativo) que la mantiene en ignorancia más o menos
platónica.
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Certifico que ésta
mezquindad tenía basamentos ideológicos, y no financieros. Sólo como director
de un instituto de filología motilona, embolsaba Sir Francis Drake diez mil
doblones mensuales al cambio de tres cincuenta (el Presidente de la República,
para esa época, apenas tocaba doce mil). Tan miliunanochescos honorarios se
justificaban por su obra: Sir Francis Drake redactaba la Declaración Universal
de Principios del Pirata y del Bucanero Intelectual. La misma figura en la
Introducción a su única obra difundida. En ella, el humilde Azote de los Mares
reconoce (cito del pergamino, que lo aguanta todo) que las páginas de su libro
“representan en gran parte una colaboración abnegada de alumnos y de amigos.
Tengo que resignarme a callar sus nombres, porque nunca podría darlos todos”.
Obviamente. Mal le iría al corsario que confesara los nombres de aquellos a
quienes saquea. Pero a la hora de firmar y cobrar, no tenía Sir Francis Drake
reparo en firmar como suya la “colaboración abnegada” de esa misma juventud a
la cual en público descalificaba.
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Entretanto, su
colega de la Hermandad de los Mares, Sir Walter Raleigh, se dedicaba a otra
tarea si cabe más mortífera: almidonar los discursos de los caciques o
presidentes motilones, lo cual es como llover sobre mojado. Es decir, se
dedicaba al oficio, tan común entre filólogos, de la redundancia. Esta utópica
tarea no dejaba de reportar beneficios. Mientras los autores motilones tenían
que ganarse un premio internacional o cimentar una reputación ídem para
publicar en el exterior, Sir Walter Raleigh se hizo pagar por el cacique de turno
-vale decir, por el Fisco- la edición de sus desconocidas obras completas ¡por
Seix Barral! Al mismo tiempo, vendía al mismo Fisco su biblioteca (seguramente
llena de las susodichas obras completas) por la modesta suma de un millón de
doblones de a 4,30. Pequeños detalles prestigiaban aquel abordaje: el millón
debía ser pagado de inmediato. El Fisco sólo tendría la biblioteca a la muerte
del filibustero (y ya se sabe que los piratas nunca mueren). En el pergamino,
la venta leonina debía figurar como donación, para que Dios, la Patria y usted
la agradecieran.
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Bucanero
implacable a la hora de sacarle el ojo al Fisco motilón, Sir Walter Raleigh era
por el contrario de una generosidad saudita al extenderle patentes de corso a
sus colegas brigantes. Sucedió que no sé cuál institución contrató a Sir Henry
Morgan un aparatoso Diccionario Manual de Motilonia, geográfico, histórico y
biográfico. Como este último, según es práctica bucanera, no sabía nada del
trabajo encomendado, se lo hizo escribir por esclavos. Inevitablemente, Sir
Walter Raleigh redactó el prólogo de la supuesta obra de Henry Morgan e
ineluctablemente, tras un “examen severo”, la consideró “un espléndido
andamiaje en documentación y bibliografía”, “que responde a la mejor técnica”,
de un autor “riguroso, exigente consigo mismo”, ya que contaba con “la
excelente preparación y experiencia traída de otros zodíacos”.
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Pero el negrero
propone, y el esclavo dispone. En el “espléndido andamiaje” de la pirática
fragata, los escritores esclavos engastaron malignamente perlas como las
siguientes: Que Teresa de la Parra es “novelista francesa radicada en
Venezuela”. Que Daniel Mendoza escribió El
Llanero (cualquier motilón digno de su guayuco sabe que el verdadero autor
es Bolívar Coronado). Que Guillermo Meneses es creador de La Musa de Arlequín (Meneses bien vale una Misa). Y que en Mérida hay colosales
cultivos de “arroz, cacao y tabaco”. En resumen: una verdadera Enciclopedia de
Tlon motilónica, que tuvo que ser ocultada vergonzosamente en alguna caleta
ignorada.
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Se me preguntará con qué autoridad discurro sobre profesión tan provechosa y prestigiada. He pilotado todo tipo de veleros, desde los balandros de Otrova Gomás hasta el desmesurado “Alexander von Humboldt” de la Deustsche Stiffund Sailtraining. Repelí ataques de lanchas filibusteras con pistolas de señales. He buceado en casi todos los mares y esquivado todo tipo de ataques corsarios, figurados y reales. Naufragué muchas veces, y renací algunas. Escribí anónimamente un Manual de Estilo para un diario de circulación universal (los manuales de estilo no se firman porque expresan el criterio de una institución). Sin embargo, Pata de Palo Montbars y Mary Read Garfio tatuaron sus inolvidables nombres como “corrector y revisor” en la primera página. Todavía viven de haber firmado lo que no escribieron. Entregué mi obra teatral La Misa del Esclavo al dinámico director Barbanegra y a los pocos meses fue estrenada con ligeras modificaciones, con la firma de Barbanegra como autor. Colecté testimonios para un relato sobre la masacre de Cantaura. Al rato apareció como obra teatral, sin mención de fuentes. De mis nueve guiones, cinco han sido objeto de tentativas de latrocinio, apropiación indebida de proyecto, desaparición del texto o suplantación por escritores fantasmas. En vano mecanismos como Chatbot y GPT, que escriben automáticamente lo que sea, eliminan la necesidad del plagio. A trabajo terminado le sale abordaje en el Caribe intelectual. Me plagian, luego existo.
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En la cuna de todo Imperio está el pirata, y en su velorio la falsa bandera. Pasaron los tiempos de la insolente Jolly Roger, la calavera con las tibias cruzadas de la Muerte Soberana. Nos amenaza la ambigua edad del disimulo. Para facilitar o eludir el pillaje, se multiplica el surtido del cambio de banderas, no para simular lo que no se es, sino para disimular que no se es nada. El recio aparejo del velamen para avanzar contra viento y marea es suplantado por la veleta, que nunca llega a nada. Sólo entonces se dice, con Dylan Thomas: “Y la muerte perderá su imperio/ y los muertos desnudos serán sólo uno/ con el hombre en el viento y la luna occidental/ y sus huesos blanquearán y desaparecerán/ estrellas fulgurarán donde hubo hombros y pies/ y aunque enloquezcan, no perderán la razón/ y aunque se abismen, resurgirán/ y aunque los amantes se extravíen, perdurará el amor/ y la muerte perderá su imperio”.
TEXTO/FOTOS:LUIS BRITTO.


