sábado, 27 de octubre de 2012

EL MAR LIBERA




El imaginario convencional sobre la Independencia insiste en fulminantes cargas llaneras o empeñosos cruces de los Andes. Pero como exiliado o invasor, Bolívar surcó ágilmente el Caribe, consideró puntos claves las ciudades puertos, fundó cerca de Estados Unidos la “República de las Floridas”, selló la Independencia de Venezuela con las batallas del Lago de Maracaibo y de las Bocas del Orinoco, movilizó ejércitos por mar en el Pacífico, planificó el Canal de Panamá, y junto con el Congreso Anfictiónico, preparó una invasión naval para independizar a Cuba, según explico en El pensamiento del Libertador. Pocos autores han levado anclas con este capitán que comprendió que el mar libera.

Literatura sin Odisea

En dos siglos de vida republicana las ciudades puertos exportan cosechas y minerales y reciben desde las nuevas metrópolis instrucciones y modas culturales en barcos extranjeros. Apenas tres novelas narran nuestro mar: Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez; Dámaso Velásquez, de Antonio Arráiz, y Pirata, de quien suscribe. Escasos cuentos describen nuestro mundo marino: “Marina” de Rómulo Gallegos, “La balandra Isabel llegó esta tarde” y “La mano junto al muro” de Guillermo Meneses, “Simeon Calamaris” de Arturo Uslar Pietri, “La perla” de Enrique Bernardo Núñez. Son narrativas que versan más sobre los puertos que sobre el proceloso mar. Más abundante y dispersa es la poesía marina, desde Cruz Salmerón Acosta hasta Andrés Eloy Blanco, pasando por Ana Enriqueta Terán, Miguel Otero Silva, Aquiles Nazoa en su magistral “Polo Doliente” y Ramón Palomares en su ontológico “El hijo pródigo”.

Pantallas sin mar

Escasas películas, Araya de Margot Benacerraf y La balandra Isabel llegó esta tarde de Carlos Hugo Christensen, Simplicio de Franco Rubartelli y Carpión Milagrero de Michel Katz reflejan nuestro mar. Hace tres años espera La Planta Insolente, proyecto fílmico de Román Chalbaud sobre la agresión de acorazados de Inglaterra, Alemania e Italia en 1902. El océano ausente de las pantallas sin embargo salva nuestra vida. Confundimos el mar con la felicidad.

Inmigrantes y revolucionarios
¿Carecen nuestras dilatadas costas de gravitación sobre la vida nacional? Afirma Ferdinand Braudel que durante la Colonia la mitad del comercio con América se hizo por vía ilegal. Igual pasó en la vida republicana. Por el mar llegaron los africanos de Birongo y los sefardíes de Coro y los alemanes de la Colonia Tovar y los corsos de Carúpano y los demás torrentes inmigratorios. Por él zarparon hace un siglo buzos margariteños a pescar perlas en el Mar Rojo. Apenas José Rafael Pocaterra en Memorias de un venezolano de la decadencia, Federico Vegas en Falke y Miguel Otero Silva en Fiebre narran las quijotescas invasiones navales contra Gómez. Para tantos oleajes falta un Homero.

Tanqueros y cargueros

No hay ocupación física del espacio sin generación de un imaginario de magnitud equiparable. En mis tiempos de velerista casi no encontré navegantes venezolanos. Transnacionales de la contaminación sembraron de desechos tóxicos nuestras playas. Multinacionales de la pesca de arrastre devastan nuestros recursos. Transnacionales turísticas instalan enclaves ilegales en parques nacionales como Los Roques. El sabotaje petrolero de 2002 nos recordó cuánto dependemos de tanqueros que exportan hidrocarburos y cargueros que importan alimentos. Desde Curazao apuntan contra nosotros bases estadounidenses. Por el Caribe ronda amenazándonos la IV Flota. Guyana y Colombia nos disputan nuestras aguas. Hace poco recuperamos la Compañía Venezolana de Navegación que nos comunica con el mundo. Apenas en 2011 declaramos Territorio Insular Miranda a nuestras islas y centralizamos en Los Roques su administración. Para que el mar sea nuestro debemos pertenecerle. No basta con surcarlo: hay que pensarlo y soñarlo.

(FOTO/TEXTO: Luis Britto)

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POLO



                                        Limpio estaba el infinito

                                           Cantar margariteño.

Allí comenzaron a contratarnos para pescar perlas en el otro mundo. De madrugada levamos el ancla. Durante días dimos bordadas por el viento contrario de la mar que nos remecía. Al atardecer rumbeábamos por la Cruz de Mayo. Al amanecer se desteñía la Rosa del Escorpión. Toda la noche trabajábamos en el foque arrimándonos a la punzada de los vientos. A mediodía rizábamos la mayor en mares de papel de plata. Saqué un carite, el cuerpo tronchado por el mordisco de un peje que cortaba como machete. Con la Osa sobre la mesana se nos rasgó el trapo de la mayor. Luchamos tapados por drizas y lonas. Cada vez sacábamos pejes menos conocidos. El viento Sur era más furioso a medida que la Cruz se empinaba sobre nuestras cabezas. El agua estaba ya mala en las pipas. Dimos en la más fría de las tormentas. Amarrados sobre cubierta evitábamos que las olas nos barrieran. De madrugada embarcamos una cresta que nos llevó los perros y las gallinas. Por babor nos amenazaba una tierra dura como un puñetazo. Achicábamos día y noche con totumas los escurrideros de las sentinas. Habíamos dejado de ver las grandes tortugas. Los fríos nos serraban las manos cortadas de casar y descasar escotas. A los sesenta días sin pisar tierra la ola se tragó la “Mairena”. Trepado en la cofa la vi desaparecer. Primero el casco, después el mástil, hasta dejar sólo el burbujeo y el ruido de cajas que se rompen de las cuadernas. Con el bichero recogí la pipa de agua que fue lo único que afloró en los remolinos. Por las noches nos persignábamos mirándonos las caras encendidas por el fuego de San Telmo. Bautizábamos estrellas sin nombre que salían de la mar sin término. Dimos bordadas contra la corriente en un mar de leva. Tomamos Norte rumbeando las estrellas de la Osa. Ahora los peces voladores nos daban en la cara. En la mañana venían mariposas desde la tierra. En la tarde volvían hacia la costa, con la luna que elevaba sus cuernos. Comenzamos a hurtarle el casco a los agarrones del coral. Las toninas volvían a celebrarnos. Sufrimos calmas que parecían que el sol se había ahogado en el mar. Las olas arrastraban cuerpos de hombres despedazados por las peleas o los tiburones. Maniobrábamos más rápido que las falúas que se nos pegaban para hundirnos o para saquearnos. Allí fue que ofrecí el barquito de plata si regresaba. Ni los pejes ni la costa ni los hombres nos eran conocidos. El turco que nos había contratado reconoció por fin un minarete en una bahía. En el otro mundo todos vestían de blanco y hablaban una lengua de muertos. Encerrados en sus iglesias cantaban rezos que eran lamentos. Pescamos perlas durante años, entre mujeres que tenían tapada la cara como una luna. Las recuerdo, pero no las palabras con las que quisieron retenernos. Algunos guardamos dijes en forma de luna que nos colgaron al pecho. Yo juré entregarlo en el altar en lugar del barquito de plata. Hasta los corales trataron de retenernos en esas aguas tibias tragándonos las anclas. Picamos sus cabos a la madrugada. Una constelación en forma de cisne se elevaba por proa. La vimos borrarse sobre la aurora a medida que aparejábamos. Tardó mucho ese viaje. Regresé solo. Nadie me reconoce. Nadie me cree.
(FOTO/TEXTO: Luis Britto)




domingo, 21 de octubre de 2012

LA PIEDRA LIBRE DE LA INVENCIÓN


Palabras ante la primera entrega del Premio Municipal de Literatura Luis Britto García

Siempre me ha parecido un enigma que existan Premios de Literatura.

Por su inveterada complicidad con los más horribles aspectos del Poder, las bellas letras no tienen Historia sino prontuario; no merecen honores sino condenas.
Para todos hay impunidad, salvo para el escritor, siempre prófugo o en confinamiento solitario. Literatura es el Crimen y su propio Castigo.


Siempre lo supieron los gobiernos serios que metieron a los literatos serios en la cárcel o bajo tierra.

La escritura es indagación sobre el Ser, esa llama que se extingue al ser contemplada.

La sociedad farisea execra como a la peste al escritor que la desnuda.

El lenguaje, argamasa del edificio social, mantiene cada ladrillo prisionero de su función y de su posición en la Torre de Babel que nunca llegará a los cielos.

Así como los ladrillos del orden social están prisioneros de gramáticas carcelarias, los discursos que emiten son cautivos e intentan recluir a sus receptores.

Todas las formas primitivas de la literatura, Religión, Política, Historia, Ética, Ciencia, tiranizaron pretendiendo ser vehículos de una Verdad superior que las sometía y debía por consiguiente avasallar a quien la recibe.

Los números dominan las cosas; las palabras, las conciencias.

En su incesante reconstitución de simulacros del mundo la mente lo falsifica en el engendro de la creación.


Todo discurso miente: sólo la literatura lo hace a sabiendas.

La literatura es el género que constituye una verdad al proponerla como mentira.


Pero desde el momento cuando la ficción reconoce que es independiente de la verdad, comienza la desmitificación de todos los discursos que pretendieron ser verídicos.


Frankenstein significa Piedra Libre: la literatura es el guijarro suelto, el monstruo que deviene peligroso más por su libertad que por su fuerza.


Participan las letras del pecado de Fausto, el intento de detener el fugaz instante: el pensar que alguna idea, infundio, impresión o sentimiento merece perpetuidad.


Anular el concepto de pérdida, recuperar lo irrecuperable, ir, en fin, contra las leyes de universal decadencia y progresivo desorden que rigen el universo.

Escribir y leer son transgresiones del orden de la vida.


El pecado original es engendrar signos en lugar de actos.

Crear cosmos sin realidad o realidades fuera del cosmos.


Las fantasías del revolucionario modifican la realidad; las del visionario a quien las sueña.


La literatura es el único género que propone la libertad.


El de la literatura es el único discurso honesto; para que la sociedad lo soporte hay que corromperlo.


Sostuvo el dictador Porfirio Díaz que nadie resiste un cañonazo de cincuenta mil pesos. En tiempos de postmodernidad al escritor molesto no se lo fusila, se lo premia.


Premios conferidos con la intención de que el creador deje de serlo, terminan fatalmente premiando a quien nunca ha creado.


Ante estos antecedentes penales de la Literatura con mayúscula, se comprende que los lauros en Venezuela hayan sido casi siempre conferidos por delitos menores.


¿Hablamos como caballeros, o como lo que somos? ¿Seguiremos ocultando que la mayoría de nuestros galardones propinan laureles a la cirrosis hepática y destilan la cantidad y calidad de grados alcohólicos libados entre jurados y homenajeados en tascas, cantinas y botiquines?


¿Reconoceremos que significativa parte de nuestras preseas son partes médicos que recompensan achaques como la hipocondría parasitaria, la flatulencia intermitente y el cólico senil?


¿Ignora alguien que las páginas más premiadas en nuestros certámenes son requisitorias de memorandos y de nombramientos para viceministerios y vicegobernaciones y vicealcaldías y vicecomisiones y viceconcejalías y viceacademias y viceredacciones y viceinstitutos y viceadulantes y vicepanteones?

¿Confesaremos que conferimos homenajes odontológicos al Diente Roto que recompensan, más que a la obra, la inexistencia de ella?


Supongo que al poner mi nombre a un premio literario, éste no exaltará achaques decrépitos, prontuarios burocráticos, esterilidad ni borracheras sociables. La embriaguez es un estado sagrado, que no debe ser banalizado.

Reputaciones consagradas y nulidades engreídas reposaban sobre el agrio secreto de obras inexistentes o creaciones exiguas amparándose en el hecho de que un país de iletrados no podía juzgarlas.

Ahora que se ha cumplido el milagro de que las grandes mayorías lean y escriban, comprendemos por fin el prodigio de la literatura, que es el anticipo del Reino de la Libertad.

No tiene la humanidad otros destinos que la libertad para imaginar y la omnipotencia para realizar.

Dichosa edad y milenios dichosos aquellos a quienes nuestros sucesores darán el nombre de Liberados, pues en ellos no tendrá el ser humano otra tarea que la de suplantar al Creador haciendo realidad todas y cada una de las formas y propuestas de lo que hoy es sólo imaginario.

Este Reino que comienza desde siempre, cada vez que alguien imagina, sueña, crea.

(FOTO/TEXTO: Luis Britto García)

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CÓMO GANAR AMIGOS


¡Chico! ¿Tú por aquí? ¿No te acuerdas de mí? Silva, chico, Silvita. El de la escuela. El que acusaron de que había acusado a los otros por el papelito con groserías contra el profesor. Es que no te imaginas el peo que me formaron mamá y papá para que contara. Capulina y Carlitos nunca me perdonaron. ¿Tú me perdonaste? Yo creo que nadie me perdonó. Y eso que me iban a expulsar. Yo siempre te he estimado mucho, pero yo sé que tú no me estimas a mí. Coño esta fiesta está que se acaba. Los músicos bostezan. Los mesoneros se miran el reloj. Lo que falta es que empiecen a poner las sillas sobre las mesas. Ya es hora de beberse el del estribo.

Bueno, dime de una vez que no me estimas. Dímelo a mí que sí te estimo. Yo a ti sí te he estimado siempre. Y eso que no veo por qué coño no me estiman. Cuando los profesores me pusieron a leer el “Agradecimiento de un alumno emocionado”, ahí los hubiera querido ver, que alguien tirara una trompetilla, que sacaran otro papelito con groserías. Pero no, guevones, la vaina era con Silvita porque dijo, pero a la hora de la verdad nadie tiene cojones para hacerlo de frente. Menos mal que papá me envió a estudiar afuera. Ahí no hay esa vaina de que no se acuerdan de tu nombre. No, todos los domingos el oficio religioso, y después reunión social o picnic-party, y todo el mundo con una etiqueta en la solapa con tu nombre.

La primera regla para ganar amigos: el nombre propio es el sonido más dulce para una persona. El primer nombre, guevón, ahí no hay tú o usted, ahí sólo hay you, ahí de un golpe eres Peter, o John, o Richard. Lo dice Dale Carnegie, que Míster Farley se sabía el nombre propio de cincuenta mil personas. Ahí sí se aprende a ganar amigos. Se elegía el muchacho más popular del curso y el muchacho más popular del collage, y todo el mundo se sabía su primer nombre.

Y la segunda regla es sonreír. La tercera es alentar a los demás a hablar de sí mismos. Tras el oficio las muchachas me decían oh Peter háblenos de usted. Pero yo les decía oh Margaret hábleme de usted. La cuarta regla es buscar algo qué hacer cuando nadie se atreve a hablar. Yo sonreía. La quinta regla es no mandar un coño a educarse a nadie al exterior. Así regresan las mujeres que no encuentran hombres a su gusto y los hombres que son demasiado del gusto de los demás. Así te reciben en todos lados. Así sí lo estiman a uno. Así sí lo ponen a uno a leer “Agradecimiento de un alumno emocionado”. Siempre ponen a agradecer al que jodieron, al que va a estar toda la vida diciendo hábleme de usted, al que llaman influyente porque todo el mundo lo influye.

¿De verdad que no quieres otro del estribo? Hay que brindar, soy influyente, formo parte de la directiva del Club, estoy enamorado. Como miembro junior de la Directiva del Club tengo que ir a las fiestas, y aquí la conocí. Ella estaba sentada en una mesa con un vestido que daba risa y un peinado que daba lástima. No sólo eran nuevos ricos: eran muy nuevos y muy ricos. El papá había metido la mano en algo en el gobierno anterior; estaba incómodo con el smoking, a Ella se le notaba la rabia por todos los que no la invitaban, por los jóvenes que se daban en el codo mirando hacia ella y sonriéndose después de bailar con otras. Me quedé y la entretuve. Cómo soy de bueno para entretener. Me contó que allá, en la provincia, todas le tenían envidia. Le juré que todas se la tendrían en la capital. Aproveché mis amistades íntimas con los cronistas sociales. La presenté en una agencia de asesoría de imagen.

No te imaginas lo que es la imagen. Empezaron a aparecer en las crónicas, primero en las tiradas de nombres, luego con adjetivos delante. La mamá me adoraba. El papá ya no me ponía mala cara. Fiesta tras fiesta se relacionaba con todos los que habían metido la mano en todos los gobiernos anteriores. Aparecían en los comités de organizadores de eventos, de preparadores de festejos. La hermana menor ya tenía un flirt con el Font-Jiménez de Brunn. Ella jugaba a la inaccesibilidad. Se reservaba, me decía, y yo adivinaba para quién. Le participé mi jugada maestra. Ella sería Reina del Club, aun en contra de Estelita Gros, biznieta de uno de los fundadores, incluso contra Ramonita, nieta del magnate de la prensa amarilla, aun por sobre Eiriz Josefina, hija del rey de las financiadoras de inmobiliarias.

Divide y vencerás. Una nueva oleada de ladrones recién enriquecidos con todos los gobiernos se resistía a ser ignorada de nuevo. Promoví presentaciones en televisión; Mundo Social le sacaba reportajes; aparecía en las portadas, raqueta en mano y borde de piscina. Se dieron fiestas para anunciar la candidatura. Ella estaba exultante. Llegó la noche de la elección. Ésta noche. Su noche. No te diré cuánto costó el traje. Cecil Paco, el viejo Cecil Paco, como maestro de ceremonias, fue el que la sacó hacia el proscenio, anunció que “por escasa ventaja de dos votos”…

Empezó mi noche, dueño de las miradas agradecidas de la mamá, dueño de la mesa de la “reina entrante y para el año presente”. De lo que no fui dueño fue de las piezas de Ella. Cuando la acorralé por un momento, me dijo “Ay, Silvita, tú eres un muchacho simpático”. Allí me bebí el primer trago del estribo. Yo sólo he bebido tragos del estribo. Hay sitios de los que desde el principio uno sabe que tiene que irse. Yo he debido irme hace años. De la escuela. De todo.

Ahora Ella viene por fin a buscarme. Ya todas las botellas están boca abajo en todas las cubetas. Todos los hielos están derretidos. Pero todavía me doy cuenta de lo que pasa. El chofer salió a llevar al papá que está imposible. Ella me mira ahora para ver si le sirvo de chofer. Ella me mira para ver si le sirvo. Ya no. Son demasiados nombres, demasiados estribos. Ahora voltea, para buscar otro. El que sirvió sólo sirve para dejar paso al que servirá. Allá corren, allá acuden todos los que pueden mantenerse en pie. El servilismo es un instinto ¿De verdad que no quieres el otro del estribo? Es una lástima, porque yo si te estimo, aunque yo sé que tú no me estimas a mí.

Pero ya he hablado demasiado. Ahora que nos encontramos después de tanto tiempo ¡Háblame de ti!

(FOTO/TEXTO: Luis Britto García)

















domingo, 14 de octubre de 2012

TAREAS DEL NUEVO GOBIERNO BOLIVARIANO


CULMINACIÓN

Entre 1998 y 2006 el bolivarianismo se concentró en sobrevivir a una oposición que intentó desde el golpe de Estado al sabotaje petrolero, desde el cierre patronal hasta el corte de la distribución de alimentos, desde la fuga de divisas hasta la desestabilización mediática, desde el referendo revocatorio al magnicidio con paramilitares. Desde 2006 hasta el presente redujo en forma espectacular pobreza y desigualdad y amplió exponencialmente facilidades educativas, asistenciales y sociales. Hoy debe arrancar una tercera fase, de consolidación, perfeccionamiento, culminación y perduración de la propuesta socialista.

SOCIEDAD

El nuevo gobierno bolivariano debe vencer el 26,7% de pobreza que resta. Articular movimientos sociales fundados en la solidaridad más que en la redistribución. Institucionalizar las misiones. Desarrollar aparatos sindicales enteramente socialistas. Privilegiar organizaciones por ramas productivas antes que por sede geográfica, incorporar las existentes a la lucha contra la inseguridad, comprometerlas plenamente en la solución de los grandes problemas nacionales.

ECONOMÍA

El nuevo gobierno bolivariano debe presidir el paso de una economía mixta a otra netamente socialista. Sustituir el aparato económico importador heredado por otro creador de productos básicos para las grandes mayorías. Culminar de una vez la siempre inconclusa Reforma Agraria. Lograr la seguridad y la soberanía alimentarias. Echar los cimientos de una economía cada vez menos dependiente de los hidrocarburos. Vigilar para que la proliferación de intereses foráneos en las empresas mixtas no concluya por poner bajo control extranjero gran parte de nuestra industria petrolera. Reducir la Deuda Pública, que podría volverse sumamente peligrosa ante cualquier baja de ingresos. Dar la batalla final contra los residuos neoliberales que plagan el sistema fiscal: contra el IVA, impuesto regresivo que castiga a quienes menos tienen, mientras la tasa máxima de tributación para los oligarcas no excede de 34%. Contra los Tratados contra la Doble Tributación, que exoneran de pagar tributos a las transnacionales. Contra los Tratados de Promoción y Protección de Inversiones, que privilegian al capital foráneo sobre el criollo.

POLÍTICA

El gobierno bolivariano debe enfrentar sin rodeos la Reforma del Estado. Institucionalizar las misiones. Ampliar las facultades de contralorías y de la oficina de seguimiento de Políticas Públicas, para someter la ejecución de ellas a un riguroso control de la gestión, evaluando el cumplimiento de metas y programas y exigiendo responsabilidad civil y administrativa por su incumplimiento. Eliminar cajas negras y fondos inauditables. Seguir el proceso para garantizar la seguridad iniciado con la creación de la Policía Nacional y la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad, y compilar las verdaderas cifras de homicidios reales, que permitan descartar las obtenidas en encuestas de percepción subjetiva de la inseguridad. Controlar la infiltración paramilitar manifiesta en cobros de vacuna, alcabalas, toques de queda, dominio de la economía informal, control de empresas de transporte y comunicaciones, sicariato y lavado de divisas en bingos y casinos.

El gobierno bolivariano ha de superar los cuellos de botella creados en ciertos servicios públicos por la desmesurada ampliación de la demanda. Nunca tantos venezolanos disfrutaron de electricidad, agua corriente e Internet; durante el sexenio venidero hay que superar las intermitencias en ellos. Asimismo, debe culminar la informatización del Estado, para que los trámites se resuelvan de manera instantánea y completa por las redes, que se deben fundar en el software libre, impenetrable a los virus transnacionales. No hay excusa para que el Estado se convierta en fortaleza inaccesible atrincherada tras páginas web que nunca abren y que sólo ofrecen formularios ininteligibles que luego hay que llevar a pie ante la misma burocracia de siempre. La mejor recomendación es la eficiencia. Y ésta debe manifestarse ante todo en la lucha contra la corrupción: bajo el poder socialista medran innumerables capitalistas, pero el poder capitalista no dejará sobrevivir ningún bolivariano.

DEFENSA

La Revolución Bolivariana es blanco prefijado y preferencial de los grandes imperios saqueadores de petróleo, de sus agencias de seguridad, del sistema de bases estadounidenses instaladas en la región, de las tropas mercenarias y paramilitares, de los países halcones, de las oligarquías locales. La actual coyuntura de distensión no debe llevarnos a bajar la guardia. Debemos consolidar alianzas defensivas en los organismos de integración: estrategas de alto nivel deben fijar las tácticas de defensa; la revolución no debe descuidar jamás las de guerra del pueblo y resistencia popular, las únicas eficaces para defender a los países en desarrollo.

CULTURA

Una Revolución es cultural o no es. Educación, medios y cultura son tres frentes que a la larga deciden la batalla. La Revolución bolivariana debe coronar sus espectaculares logros educativos adecuando las estructuras para la formación de los profesionales y especialidades que el país realmente necesita, y priorizar en las universidades públicas investigación y docencia por sobre la administración.

El proceso bolivariano debe aplicar rigurosamente las leyes sobre Telecomunicaciones. Al mismo tiempo, ha de emprender la conquista de las audiencias masivas, incursionando con sus medios de servicio público, alternativos y comunitarios en la educación y el entretenimiento. No es posible competir con la programación importada por los medios privados. Pero resulta inconcebible que todo el aparato comunicacional público no sea capaz de emitir una telenovela y un programa humorístico de calidad, si se tiene en cuenta la relevante legión de talentos que apoyan al bolivarianismo. Los medios de servicio público pueden quitarle sus audiencias a los privados no remedando las torpezas de éstos: las incesantes interrupciones propagandísticas o publicitarias, la permanente contaminación de la pantalla con logos, cintillos y publicidad por inserción, la anarquía en la programación. En fin, a una revolución se la conoce por sus intelectuales y gracias a sus intelectuales. El proceso bolivariano, que cuenta con el respaldo de la más numerosa y brillante intelectualidad del país, debe utilizarla a plenitud.

CONQUISTA DEL FUTURO

En los seis años venideros el socialismo ha de consolidar su perduración. Tan hábil es el movimiento bolivariano para cosechar victorias como para no sacarles partido. Ha tenido una Asamblea Nacional con mayoría absoluta de 100% sin crear el marco jurídico de la revolución socialista. Ha coloreado el mapa de rojo varias veces, para que lo destiñeran candidatos a quienes se invistió de poder sin exigirles más credenciales que el oportunismo. Para consolidar los logros revolucionarios hay que fortalecer e intensificar la propuesta socialista que los materializó. El socialismo tiene tal fuerza en la conciencia de las mayorías venezolanas, que la oposición neoliberal se vio forzada a remedar sus consignas, símbolos y promesas para obtener parte de su caudal electoral. Revolucionarios y oposicionistas venezolanos sólo están de acuerdo en que hay una propuesta que lleva al triunfo. Los primeros la encarnan, los segundos la simulan, y triunfará quien mejor la afirme de manera incontestable en los hechos. Una revolución que no avanza siempre, fatalmente retrocede.

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EL SOL Y SESENTA MIL DÓLARES


1
En el taller, sobre los arrumbamientos de tubos de pintura retorcidos, de marcos y de cartón piedra está todavía el cuadro de la montaña del Corregidor, en bermejo, un sol azul, desdibujado, arbitrario, con la tela ennegrecida hacia las esquinas donde la invalorable firma ya no se ve. Todas las horas de todos los días se yergue ante mí como una pirámide apuntando a los cielos cárdenos, al sol venenoso. Cuando en la tarde el reflejo del sol verdadero borra la pesadilla, me pregunto por qué no la vendo.

2

Éramos trece muchachos en París y cuando nos cortaron la beca dirigimos carta abierta a la prensa “El grupo Fósculus al borde de la indigencia ¿Se propone ser ingrato con sus mejores promesas, el país?” El país se proponía ser ingrato. Nuestras becas fueron transferidas a una cuerdita de poetas del grupo Anoniel, que se entrevistaban mutuamente, llamándose las verdaderas esperanzas de la cultura. Ante el cierre del horizonte intelectual, excomulgamos del grupo a dos oportunistas que empezaban a hacerle la corte al capitanejo de Anoniel, brujuleamos hacia un agregado cultural del grupo Laureles y Espigas y empezamos a atar los mazos de pinceles con guaral. Sanchez Álvarez se negó a irse. Cuando le cedí mi colección de Pitigrilli y un atado de sábanas sucias me abrazó, dijo que el grupo Anoniel era flor de un día, que el tenía una palanca en el ministerio, que la fortuna favorece a los audaces. En los parques miraban la nevada con ojos inexpresivos las palomas.

3

Tenía razón. Al ministro lo quitaron en tres meses. Con él naufragó la cuerdita de Anoniel, pero las becas las transfirieron a un agregado cultural de cejas finas que pertenecía al grupo Homunculus. No supe más de Sanchez Álvarez. Yo me había estrellado contra el país. Sucesivos cambios de ministros me desalojaron de consecutivos puestos en las direcciones de cultura; concomitantes intrigas me separaron de la redacción de Erúndula, mensuario pedagógico del ministerio de Educación. Como la beca había interrumpido mi preparación formal, desistí de los bodegones, abominé de los paisajes, abandoné los desnudos que planteaban el irresoluble escorzo de los pies, y después de interminable embadurnamiento en que parecí olvidar todo lo que no había aprendido pasé por los búcaros que apestaban a Cezánne y los chisguetes que hedían a Munck y encontréme impresionista, cubista, expresionista, qué se yo, hasta completar las reseñas, las conferencias, las mesas redondas, la integración en grupos necesarias para el Premio Municipal. Entonces regresó Sanchez Álvarez, Alvarito como le decíamos, sin cuadros y con un ojo en estado lamentable. Le pregunté que si estaba mal de ahí, señalándole los bolsillos, y me contestó tocándose la cabeza. Me declaró que lo perseguían, pero no pudo precisar quienes. Me confió la historia de la pérdida de todos sus trabajos; fui a la aduana y descubrí que el misterio consistía en que por un retardo burocrático todo el bagaje había quedado sin que nadie lo reclamara. Lo rescaté, con perjuicio de mi bolsillo, y Alvarito no dijo más que “¡Miserias!”. Se sentó en un butacón, hundió la cara en las manos, traté de convencerlo de que “expusiera”, empecé a leerle las críticas sobre mi trabajo que destacaban “el sentido de fuerza plástica en la mesurada y estática composición controlada y la máxima simplificación del plano espacial”. Levanté la mirada. Dormía.

4

Si usted me pregunta yo le digo que el atavismo de sus padres agricultores lo hizo volver a vivir al campo. Otro atavismo lo llevaba al ministerio que le había dado la beca, donde se aparecía en plan de pordiosero a vender por miserias lienzos lamentables, que llevaba enrollados. Iban a parar, sin que nadie los desplegara, a un cubículo donde los conserjes guardaban escobas, coletos, baldes. Pasando por allí para tramitar un subsidio escuché a una secretaria que le decía a otra que por qué no se llevaba uno para su casa. “Ay, gran cosa ¿Y por qué no me regalas un López Méndez?” fue la contestación. Volví a ocuparme de Sanchez Álvarez cuando lo atropelló el mismo autobús que lo llevaba de regreso al campo. Un director de Sección del Ministerio que le tenía lástima dio recomendaciones muy eficientes. Una enfermera lo tenía consentido porque, me explicó, era muy niño. Y por otra razón que hubiera preferido no saber: porque se va a quedar ciego. El doctor César me comentaba asombrado la capacidad de recuperación del cuerpo de esos campesinos. Cuando le expliqué que no era conuquero se interesó muchísimo. El doctor César era aficionado, humilde aficionado, insistía, y encontrarse al mismo tiempo con un sumo pontífice con Premio Municipal y un artista del pincel le arrancaba expansiones. Cuando Sanchez Álvarez le borroneó un retrato frunció el ceño.

-Esa alteración de los colores… Esa incapacidad de fijar las formas… ¿No será que…?

-No son los ojos. Es su estilo.

-No debe forzar la vista contra el sol. No quiere ponerse los lentes oscuros que le regalé. Dice que cada cosa tiene un espíritu adentro. La cuestión consiste en encajar con el color que al espíritu le gusta comer. No quisiera que…

-Es inofensivo, doctor.

Allí comprendí que me ocupaba de Alvarito porque era mi consuelo. Yo por lo menos no había terminado como él.

5

Por aquella época se habían declarado no sé cuáles corrientes populistas en pintura de manera que tomé el autobús con Sanchez Álvarez. Quién sabe si su rancho estaba en un arrabal clareado o un desolado virgen. Los cerros pardos, anaranjados, polvorientos, herían la vista, de manera que me puse los lentes oscuros que Sánchez no quería usar.

-Llegamos en las mejores horas ¡Todo está fresquecito!

A la media hora las piedras echaban humo. Desistí y me entretuve cocinándole un menjunje de blanco de zinc con gelatina para que imprimara unas lonas que se había apropiado indebidamente de un templete de Carnaval. Era Semana Santa.

-En ese montículo enterré un perro que murió picado de culebra. Ese maíz se lo comieron todo los pericos. En la iglesia los santos están en la sacristía, porque se murieron las niñas viejas que los vestían. Y esa campana ¡Qué no daría por no oir todos los días esa campana!

Los mosquitos empezaban a picar y se oía como un rezo o un gruñir de cochinos.

-Tú has sido muy bueno conmigo. Has cometido el error de humillarme, siendo bueno. Voy a darte algo. Pásame ese cuchillo, para cortar los guarales de esta tela. ¿Ves? Ah, no, es una guaricha desnuda. Tuve un asunto con ella cuando estaba peleado con mi mujer. Estas otras cosas las ensuciaron las gallinas ¡Fíjate qué pocos colores me quedan! Ésta es una pelirroja que tiene un italiano en el pueblo. En realidad nunca la vi desnuda. Esta que tapona el hueco en el bahareque la hice recién llegado, para dejar de pensar en el paisaje.

Y me pasó, como si tal cosa, la montaña del Corregidor.

-Dios me habló. Y tampoco dijo nada ¡Ya vienen otra vez esos pericos! ¡La bácula, Purificación, la bácula!

Y Purificación vino con la escopeta y al poco rato retumbaban descargas en el crepúsculo lleno de graznidos. En aquél momento yo planeaba mi villanía, y eso fue que le hice tragar al director de alguna revista cultural de las petroleras el cuadro de la montaña a guisa de arte popular, sin mencionar que Sanchez Álvarez había tenido formación académica. Mi plan originario era un ensayo de altos vuelos sobre los pintores “primitivos”, pero puso la montaña del Corregidor en la portada, con texto poético: “Al principio, fue la montaña. Y después, vino el pintor. Y entonces de la caja olorosa a azucenas de ingenuidad, salió como una paloma la obra de arte. Y así quedaron”. Después, el artículo de míster Proudfit sobre nuevos dividendos en el mercado de los crudos. Cuando del fotograbado me llamaron para preguntarme si me interesaba quedarme con el cuadro, dudé si tomarme la molestia de recogerlo. Al fin lo hice. La próxima vez que supe de Sánchez Álvarez fue por carta en la que me solicitaba mover influencias para meter a su hijastro en un reformatorio: el papelito era uno de esos de envolver queso; la letra desigual, “primitiva”… “Como sé que el que pide molesta…” se excusaba. Olvidé contestarle.

6

Pasaron años ¿Cuántos? El arte nacional se entenebrecía en tempestades vibrantes. Vino la gran polémica de los collages. “Nunca como ahora –escribía yo en mis regulares artículos para revistas oficiales- la atmósfera de pasiones que agita nuestra plástica ha desencadenado tal fuerza profunda: los grupos Hipsólides, Guturiel, Síntesis, Carbunclo, Joyante, aun si se toma en cuenta la desgracia de que sus principales representantes hayan emigrado a Europa obsedidos por la incomprensión ambiente, son un fermento…” Y allí me detenía, para no continuar con el “cuya germinación hará estallar al mundo” de los proletarios de Zolá y de las beatas que esperaban el Apocalipsis en la parroquia Candelaria. El fermento fermentó en becas, en bolsas de trabajo, en polémicas de las cuales se hacían plaquettes que sus autores repartían autografiadas en mesas redondas, en reseñas, en grupos de jóvenes que tomaban por asalto las mesas de redacción para declarar que ellos eran “cósmicos” y “se angustiaban”… Lo que me hizo desencantarme de todo aquello fueron los libelos en la revista Símbolo donde se me tildaba de academicista y filisteo. A punto estuve de contestarles que el Arte es Uno, y no varios, cuando la cargada nube se descargó en relámpagos que dividieron en dieciséis grupos la Escuela de Artes Plásticas, sin obras pictóricas realizadas. Al final de aquello, yo, academicista y filisteo, fui uno de los dispensadores del aire de mutua comprensión, de la nueva política, de la mutua complacencia entre istmos y contra-istmos, de nuestra obsesión por adoptar todas las vanguardias en cuanto dejaban de serlo ¿O el Arte es Varios, y no uno? Tantas polémicas marcaron mi ingreso al mundo de la crítica, lo cual determinó una capacidad de inspirar temor que auspició alguna devoción de las galerías hacia mis cuadros que causó que mi obra constara más de artículos que de cuadros que facilitó el abandono del caballete por el ejercicio de la lucidez que sólo se logra desde las gerencias culturales. Supe al final por qué siempre había aborrecido el olor de la trementina. En mis cuadros y por sobre todo en los de otros. Al fin aborreceré la crítica, que termina volviéndose contra uno mismo. Un día se apareció Sanchez Álvarez a venderme un cuadro a doce bolívares, y se lo compré por lástima. Examiné el desdibujamiento de los trazos, y le pregunté por su vista. Me contestó que un ojo todavía le servía. Yo no veo, imagino, me dijo. Estaba muy contento. Uno de los sumos pontífices de la crítica le había comprado en novecientos bolívares un lote de varios años de trabajo.

-¿Tienes más cuadros que quieras venderme?-le pregunté.

-No, le pasé todos los que estaba dispuesto a vender ¿Sabes dónde se compran buenas trampas para zorros?

Cuando me le puse a la orden al crítico para todo lo concerniente a la documentación, a la preparación de los catálogos, me confesó que, igual que yo, se daba el lujo de darle algún dinero por lástima. A veces Sánchez le mandaba algunas telas o trapos con uno de sus hijos, pero el crítico no sabía qué hacía el muchacho con los reales.

7

No sé tampoco cuántos años pasaron antes de que Sánchez volviera. El rancho y la salud se le habían venido abajo. No le quedaba más que un atado de lonas pintadas.

-Son un fraude-me dijo.-Nunca se llega a ninguna parte.

Pero llegamos puntualmente, él para venderle el último lote al crítico y yo donde el doctor César para suplicarle que le consiguiera cama en el hospital a un colega, usted sabe, un colega que no ha tenido suerte.

Ello marcó el comienzo de la serie de artículos que el crítico publicó en la prensa: “Viejo y sin recursos, vive sus últimos días en la capital el más representativo valor de la generación pionera”. Y bajo un cliché borroso: “una nueva búsqueda feroz e incansable del sentido de un espacio vibrante de luz”. Lo de los “últimos días” puso en crisis a Sánchez. Pintando en el patio pescó una pulmonía, murió, y sólo mil bolívares, que el crítico cambió por todos los cuadros que en vida nunca había querido vender fue lo que le quedó a Purificación y los cuatro muchachos. Entonces pasó lo que siempre supe que pasaría y se desató en artículos visionarios y alucinatorios el señor crítico y vino la monografía y advino la biografía y sobrevino el álbum de lujo y cayeron ávidas sobre el bastimento de lienzos telúricos las petroleras y pujaron las grandes familias en las subastas y de mi paso por la región del genio quedó sólo la guaricha que vendí a la Creole y la pelirroja por la cual se pelearon largamente la Texaco y la General Motors y por la montaña Corregidor a pesar de la ruina química inminente sigue la puja entre la Shell y el Museo. Cuando la oferta llegue a sesenta mil dólares podré por fin dejar de pensar en esta historia.
(Los Fugitivos)
(TEXTO/FOTO: LUIS BRITTO)











sábado, 6 de octubre de 2012

EL DRAMATURGO




De joven amó la poesía y escribió a su padre que comenzaba a redactar un drama, el cual nunca fue encontrado. Al final se supo que el drama hundía sus raíces en el pasado, transcurría en el presente, y continuaba y resolvía el futuro. El drama comprendía multitud y acaso infinidad de personajes: casi todos los grandes nombres del pasado eran invocados en él, y mucho más, los que nunca tuvieron nombre. El drama requería para su escenario todos los países. Sería representado cotidianamente en cada taller, en cada hogar, en cada fortaleza. El gran drama debía involucrarnos a todos, y todos jugaríamos en él nuestro papel, incluso los que pretendiéramos la indiferencia. Golpeando un hierro sobre un yunque, regando un campo o dejando constancia de una fantasía sobre un papel estaríamos, de una forma u otra, cumpliendo nuestros roles. También en el desenfreno de la asonada y en la madrugada de los fusilamientos. En el universo creeríamos percibir los ritmos escénicos fundamentales: en las grandes conmociones, intentaríamos encontrar el reflejo de una que otra frase. Los actos de la representación estaban prefijados, pero su interpretación, dada la vastedad de los decorados y la infinitud de sus intérpretes, era libre y casi impredecible. La trama crece en espiral, abierta e ilimitada. Le es propio el salto de un extremo a otro, la siempre negada pero siempre reemprendida búsqueda que es la esencia de todos los argumentos. La ascensión hacia esa totalidad gloriosa que, siendo el fin, queremos creer que es el principio. Amigos míos, tan vivos como lo estás tú, fueron muertos en el torbellino. Mañana tocará a tu puerta quien ha de salvarte o de aniquilarte, según las funciones, según los papeles, y a lo mejor esto es la realidad, y no es ningún drama. Y a lo mejor ambas son una cosa. Y a lo mejor la última condición del drama es su indistinguibilidad de la vida. Este instante, esta mano mía, estas letras.
(La orgía imaginaria, 1984)
(FOTO: Luis Britto. Grafito en calle de Jena)