domingo, 8 de octubre de 2023

BAJO LA SOMBRA DE MONROE

 (Pedimos disculpas a nuestro lectores: una prolongada falla de internet impidió actualizar este blog durante cinco semanas. Publicamos a continuación en forma continua los artículos que debieron aparecer durante ese lapso)

EL DESTINO MANIFIESTO 


       
Dos Integraciones

La cuestión no es si América Latina y el Caribe se integrarán: la cuestión es si lo harán bajo el signo de la fraternidad o el del coloniaje. Así como el proyecto más generalizado y persistente de Nuestra América desde que se plantea la Independencia es el de integrarse, el plan más continuo de la América anglosajona es el de dividirnos en fragmentos económicos, sociales, políticos, estratégicos y culturales reservados para su dominación. Para ejercer a plenitud su hegemonía sobre el mundo, Estados Unidos necesita adueñarse casi en exclusiva de nuestros recursos naturales,  nuestra fuerza laboral,  nuestros Estados, ejércitos y  creación cultural.

 Y así, a los intentos de consolidar grandes bloques  tras la Independencia se enfrentó la doctrina Monroe; a los planes de Bolívar de independizar Cuba y Puerto Rico se opuso la doctrina del Destino Manifiesto; a la América Nuestra se contrapuso el Panamericanismo, al Mercosur el ALCA. Desde el inicio de su historia  Estados Unidos considera como objetivo constante de su política la integración de América Latina y el Caribe bajo el estandarte de la subyugación. 

   Congreso  en Verona 

   En otoño de 1822 las monarquías europeas reúnen  delegados en Verona para considerar un plan de intervención militar en gran escala que devuelva a España sus dominios americanos. Gran Bretaña espera que éstos caigan bajo su hegemonía mediante el predominio comercial que le asegura su inmensa flota; manifiesta su desacuerdo con la intervención y se retira del Congreso, lo cual clausura  el proyecto. En marzo del año siguiente, el primer ministro George Canning advierte a Francia que Inglaterra no toleraría la adquisición de nuevas colonias francesas en América; en agosto propone a Estados Unidos una declaración conjunta de oposición a la reconquista o adquisición de nuevas colonias americanas por las potencias europeas. La exclusión de estas últimas permitiría a Gran Bretaña y Estados Unidos una hegemonía sin competencia en el Nuevo Mundo.

         Declaración en Washington

El proyecto es de tal interés para los estadounidenses, que el presidente James Monroe se adelanta a formular una declaración unilateral en tal sentido el 2 de diciembre de 1823, en su séptimo mensaje anual al Congreso. Dicho texto, en primer lugar, excluye la intervención en América de cualquier potencia europea, sin dispensar a los británicos: “Afirmamos, como un principio en que los derechos e intereses de los Estados Unidos están involucrados, que los continentes americanos a raíz de haber asumido y de mantener su condición libre e independiente no deben ser considerados como sujetos de futuras colonizaciones por cualquier potencia europea”. Tal interdicto contra Europa lo lleva a declarar que “consideraríamos cualquier intento suyo de extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligro para nuestra paz y seguridad”. Y añade que “Igualmente, y por las mismas razones, es imposible que nosotros tomemos tal interposición con indiferencia”(Steele Commager, Henry, editor: Documents of American Heritage: Appleton-Century-Crofts, Inc. Nueva York, 1958, p.235).

          Intervenciones toleradas 

La velada amenaza de declaración de guerra reserva el espacio de un hemisferio para los intereses de la potencia que lo formula, pero en manera alguna garantiza la inmunidad continental. Estados Unidos la maneja de acuerdo con sus intereses, y la condiciona a que otros asuman la tarea de defenderlos. En 1849 se limita a protestar contra la anexión por  Inglaterra de la Costa de Mosquitos en Nicaragua, y a requerir el apoyo de Brasil, el cual adhiere a la protesta estadounidense, pero deja en claro que no participaría en una guerra y se reserva su “facultad de obrar conforme a sus intereses y a la dignidad de la Corona Imperial”. Asimismo, en 1861 Estados Unidos se limita a manejar vagos planes de intervención contra la invasión francesa de México; pero no los activa porque su secretario de Estado W.H. Seward tampoco consigue el apoyo del emperador don Pedro II del Brasil, el cual, aunque no aprueba la intervención de las fuerzas de Napoleón II, no considera entre los intereses brasileños embarcarse en la contienda. (Moniz 2003, 145). (Moniz Bandeira, Luiz Alberto: “Brasil, Estados Unidos y los procesos de integración regional”, Nueva Sociedad, julio-agosto 2003, p. 145).   De igual modo permanece inactivo Estados Unidos en 1981 ante la intervención armada del Reino Unido contra Inglaterra para retener la ocupación de las Islas Malvias.     

     El Destino Manifiesto 


Que la doctrina Monroe está enfilada contra las potencias europeas sólo para preservar la dominación estadounidense del Nuevo Mundo lo declara sin ambages Johhn Quincy Adams, en ese entonces secretario de Estado de James Monroe, en su carta de 28 de abril de 1823 al embajador estadounidense en España, Hugh Nelson. Refiriéndose a Cuba y Puerto Rico, para ese entonces bajo el coloniaje español, declara Adams que “debido a su posición natural, estas islas son apéndices naturales del continente norteamericano y una de ellas, casi visible desde nuestras costas, se ha convertido, desde múltiples consideraciones, en un objeto de trascendental importancia para los intereses comerciales y políticos de la Unión”. Tras detallar codiciosamente las ventajas de Cuba, tales como el amplio y seguro puerto de La Habana y sus pingües productos, concluye Adams que “es casi imposible resistirse a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República Federal será indispensable para la continuidad y la integridad de la Unión misma”. La extensión de la hegemonía comienza a ser invocada como indispensable para la subsistencia estadounidense;  y a pesar de que Adams reconoce que “existen numerosas y formidables objeciones acerca de la extensión de nuestros dominios territoriales hacia ultramar”, afirma que “tanto como existen leyes de la gravitación física, existen leyes de la gravitación política y si una manzana, separada de su árbol originario por una tempestad tiene que caer inevitablemente al suelo, entonces Cuba –desunida por la fuerza de su propia conexión antinatural con España e incapaz de mantenerse a sí misma- sólo puede gravitar hacia la Unión Norteamericana, la cual, en virtud de esa ley de la naturaleza, no puede expulsarla de su seno” (Commager,  237). La ley de la naturaleza se invoca para excusar el colonialismo sin ley.

 

 EL PANAMERICANISMO


         Intervencionismo

Desde sus orígenes, el coloso norteño no descuida ejercer por la diplomacia o la violencia una política intervencionista y expansionista. Durante la Independencia latinoamericana asume una acomodaticia actitud de no intervención mientras permite que sus naves contrabandeen armas y suministros para los ejércitos de  la monarquía española en el Nuevo Mundo. Ejerce todas las iniciativas para bloquear el Congreso de Panamá; se opone diplomáticamente a los planes de Bolívar de liberar Cuba y las Antillas, invade México en 1848, le arrebata más de la mitad de su territorio e interviene en varias oportunidades en las repúblicas latinoamericanas y del Caribe para hacer prevalecer sus intereses y derrocar gobiernos nacionalistas.

          El expansionismo de acero

 La expansión trae problemas consigo. La anexión de más de la mitad del territorio mexicano incrementa desmesuradamente la superficie de los llamados estados del Sur, dedicados a la agricultura de plantación, y exacerba sus diferencias económicas con los industrializados estados del Norte, los cuales les impiden el libre comercio internacional, les compran a bajos precios sus productos agrícolas y valiéndose de regímenes proteccionistas les venden a precios altos sus manufacturas. La desavenencia económica se convierte entre 1861 y 1865 en Guerra de Secesión. Mientras tantos países latinoamericanos se fragmentan, Estados Unidos no vacila en sacrificar 600.000 vidas por la causa de su unidad. Antes de incorporar nuevos territorios dentro de su esfera de gravitación política, debe asegurar primero que no escapen de ella  los estados sureños, en gran parte anexados de México o comprados a Francia. El sangriento conflicto impone una breve pausa en el expansionismo, pero reafirma la fe del coloso del Norte en su poderío militar y en la capacidad de sus industrias para suplirlo. Durante la conflagración se ensayan redes de suministro ferroviario, buques enteramente acorazados con acero, rudimentarios submarinos, obuses de un poder hasta entonces desconocido. Los financistas se percatan de que la guerra es un negocio superior a cualquier otro, por los desmesurados dividendos de la producción armamentista y la apropiación a precio vil de los medios de producción de los vencidos. La maquinaria expansionista tiene ya colmillos de acero.

 Conferencia Panamericana

Uncido el Sur de Estados Unidos a las leyes proteccionistas del Norte y a la venta en baratillo de productos agrícolas y pecuarios, Washington se apresta a disputarle a Inglaterra la dominación comercial que ejerce sobre gran parte de América Latina y el Caribe. El secretario de Estado James G. Blaine promueve  la I Conferencia Panamericana, que se celebra en la capital norteña entre 1889 y 1890 con representantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Estados Unidos, el Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Perú,  Uruguay y Venezuela. Los delegados son paseados por las principales ciudades industriales del anfitrión, para que aprecien el poderío de sus fábricas y su evidente necesidad de disponer de mercados sin  trabas. El encuentro se realiza simbólicamente en Washington, pero las reuniones sucesivas eligen escenarios menos evidentes. 

         En manos de su único enemigo

Sobre este “Congreso Internacional de Washington” que se inicia  en 1889,  comenta ásperamente José Martí, deslindando los campos que se quiere confundir con la expresión de “Panamericanismo”: “¿Y han de poner sus negocios los pueblos de América en manos de su único enemigo, o de ganarle tiempo, y poblarse, y unirse, y merecer definitivamente el crédito y respeto de naciones, antes de que ose demandarles la sumisión el vecino a quien, por las lecciones  de adentro o las de afuera, se le puede moderar la voluntad, o educar la moral política, antes de que se determine a incurrir en el riesgo y oprobio de echarse, por la razón de estar en un mismo continente, sobre pueblos decorosos, capaces, justos, y como él, prósperos y libres?” (Martí: “Congreso Internacional de Washington” La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1889, NA, p. 57). Pasa más de un siglo sin que esta arenga pierda vigencia.

           Que ondee la bandera de las estrellas 

         Y en efecto, desnuda José Martí el turbio ambiente de maniobras internacionales y golpes de fuerza que Estados Unidos maneja mientras convoca a sus víctimas para decorativos debates: “En tanto, el gobierno de Washington se prepara a declarar su posesión de la península de San Nicolás, y acaso, si el ministro Douglas negocia con éxito, su protectorado sobre Haití: Douglas lleva, según rumor no desmentido, el encargo de ver como inclina a Santo Domingo al protectorado: el ministro Palmer negocia a la callada en Madrid la adquisición de Cuba: el ministro Migner, con escándalo de México, azuza a Costa Rica contra México de un lado y Colombia de otro: las empresas norteamericanas se han adueñado de Honduras: y fuera de saber si los hondureños tienen en la riqueza del país más parte que la necesaria para amparar a sus consocios y si está bien a la cabeza de un diario del gobierno un anexionista reconocido: por los provechos del canal, las visiones del progreso, están con las dos manos en Washington, Nicaragua y Costa Rica; un pretendiente a la presidencia hay en Costa Rica, que prefiere a la unión de Centroamérica la anexión a los Estados Unidos: no hay amistad más ostensible que la del presidente de Colombia para el congreso y sus planes: Venezuela aguarda entusiasta a que Washington saque de la Guayana a Inglaterra, que Washington no se puede sacar del Canadá: a que confirme gratuitamente en la posesión de un territorio a un pueblo de América, el país que en ese mismo instante fomenta una guerra para quitarle la joya de su comarca y la llave del golfo de México a otro pueblo americano: el país que rompe en aplausos en la casa de representantes cuando un Chipman declara que es ya tiempo de que ondee la bandera de las estrellas en Nicaragua como un Estado más del Norte.”  (Martí: “Congreso Internacional de Washington” La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1889, NA, p.57).

     La sombra de Monroe  y la de su bandera pesan desde entonces sobre Nuestra América.

  EL GRAN GARROTE

 


         Eres el futuro invasor

José Vasconcelos increpa duramente la organización surgida del Congreso Internacional de Washington de 1889, afirmando que: “El despliegue de nuestras veinte banderas de la Unión Panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. Sin embargo, nos ufanamos, cada uno, de nuestro humilde trapo, que dice ilusión vana, y ni siquiera nos ruboriza el hecho de nuestra discordia delante de la fuerte unión norteamericana. No advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos” (José Vasconcelos: “El mestizaje”, Obra selecta, Biblioteca Ayacucho, Caracas 1992, pp 89-90). Podemos comparar la falta de prevención de los concurrentes a dichas conferencias con la de los ostiones convidados por la morsa a un banquete donde serán devorados, en Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll.

La conferencia mueve un aparato de propaganda periodística tan intenso que  desorienta a intelectuales como Rubén Darío, el cual le dedica a la Unión Panamericana su poema “Salutación al Águila”, del cual abjura en su magnífica y deprecatoria “Oda a Roosevelt”: “Eres los Estados Unidos/ eres el futuro invasor”.

         Todo principio de conquista queda excluido

Sobre los acuerdos de la Conferencia, apunta en 1912 Francisco García Calderón que “Con excepción de Chile, aprueba América las conclusiones del proyecto de Mr. Blaine: todo principio de conquista queda excluido del derecho público americano mientras conserve su fuerza el Tratado general de arbitramento; serán nulas las cesiones de territorio que se hicieren mientras dure ese Tratado; si se efectuaren bajo la amenaza de guerra o como consecuencia de la presión ejercida por la fuerza armada, la nación obligada a tal cesión de territorio, tendrá derecho a exigir que se decida, por arbitramento, de su validez; carece de eficacia la renuncia a recurrir a ese medio pacífico, hecha en las mismas condiciones de violencia armada” (García Calderón, Francisco: “La creación de un continente”, en: Las democracias latinas de América, Biblioteca Ayacucho, Caracas   1979, p. 234).

        El canal de Panamá


Asimismo, aprueban despreocupadamente los delegados el canal de Panamá, el ferrocarril panamericano. No saben, o quizá saben pero no les importa, que el primero significará la secesión de una república, y que el otro podría reportar intervenciones dondequiera tienda sus rieles.

         Unión aduanera

Y sin embargo, los resultados del evento no resultan del todo al gusto de Washington. Éste no reúne  consenso para la otra propuesta fundamental de Blaine: la unión aduanera en una zona que abarcaría toda América. Ésta dejaría a los países latinoamericanos sin una de sus principales fuentes de ingresos y sin posibilidad de establecer medidas proteccionistas ante las mercancías estadounidenses, y afectaría las todavía estrechas relaciones con Inglaterra, Francia y Alemania (Boersner, Demetrio: Relaciones internacionales de América Latina; Nueva Sociedad, Caracas, p.141).  Se anticipan en más de un siglo a la resistencia contra el ALCA, que luego dejarán sin efectos entreguistas  políticas de exención tributaria para las transnacionales.

         Una creación imperialista

         Entre proclamaciones formales sobre fraternidad y cooperación continental,  la Conferencia  suscribe otros acuerdos relativos a materias económicas, comerciales y legales y aprueba la creación de una Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas con sede en Washington, sobre la cual comenta García Calderón que “ha inquietado a nuestras democracias este órgano administrativo, que parece ser una creación imperialista, una oficina centralizadora, como el Ministerio de las Colonias, en la obra de Mr. Chamberlain” (García Calderón 1979, 234). La conferencia  que delibera en Buenos Aires en 1910 la  oficializa como Unión de Repúblicas Panamericanas, la cual adopta a la Unión Panamericana como órgano.

          Intervencionismo, anexionismo, secesionismo

Así avalados los planes de la gran potencia, ésta pasa a su realización. Apenas una década después de la Conferencia de 1890, Estados Unidos interfiere en la guerra de liberación de los patriotas cubanos contra España, somete a Cuba a la soberanía restringida de la enmienda Platt, anexa Puerto Rico y las Filipinas, apoya la secesión de Panamá para reservarse el dominio sobre la construcción y administración del canal transoceánico,  interpone sus oficios diplomáticos para mediar en el bloqueo impuesto a los puertos venezolanos en 1902 por las flotas de Inglaterra, Alemania e Italia con el pretexto de cobrar por la fuerza la deuda externa. Las proclamaciones teóricas del panamericanismo cristalizan en  prácticas de tutela de la soberanía, conquista territorial e injerencia en las relaciones internacionales.

     Policía de garrote y dólar

         Tras convertir la intervención en los países latinoamericanos en práctica consuetudinaria, en 1906 Theodore Roosevelt postula una suerte de corolario a la doctrina Monroe, afirmando que: “la maldad crónica, o una impotencia que resulta en un aflojamiento general de los vínculos de la sociedad civilizada, en América como en otras partes, últimamente puede requerir la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede obligar a Estados Unidos, aun con renuencia, al ejercicio de una política policial internacional”(Marini, Ruy Mauro:América Latina: democracia e integración; Editorial Nueva Sociedad, Caracas, 1990, p. 97). Roosevelt había resumido su política externa en la máxima: “Habla bajito y lleva un gran garrote”.  Desde entonces, sobre América Latina y el Caribe  no cesan de llover estacazos.

       Nuestra América

Contra el panamericanismo que intenta confundir integración y coloniaje y fundir en un mismo concepto hegemonía y sumisión, debemos oponer el preciso apelativo de José Martí: Nuestra América. Hay en efecto una América de orígenes indígenas, africanos e ibéricos, e incluso cimentada en las complejas hibridaciones caribeñas, distinta y contrapuesta económica, política, social y culturalmente a la anglosajona. A cada una de sus agresiones debemos oponer un nítido deslinde.

  

 OEA Y CEPAL

 

Dólar y cañoneras

El diluvio de intervenciones de Estados Unidos sobre América Latina y el Caribe corresponde a una política exterior definida y pertinaz, que los financistas bautizan como “Diplomacia del dólar” y los diplomáticos como “Diplomacia de las cañoneras”, mantenida como regla inflexible durante las administraciones de Theodore Roosevelt, William Howard Taft, Woodrow Wilson y prácticamente todos los  presidentes norteños. Sostiene la necesidad de expandir las inversiones estadounidenses en el exterior; el pretexto  de que éstas son mutuamente beneficiosas para inversionistas y receptores; la afirmación de que requieren  la estabilidad política en una zona de inestabilidad persistente, y la exhortación para intervenir militarmente a fin de garantizar la estabilidad e impedir la intromisión extracontinental en zonas críticas, como las adyacentes al canal de Panamá.  El dólar de plata muestra colmillos de acero. 

Organización de Estados Americanos

 
Bajo tales auspicios doctrinarios se celebran cuatro  Conferencias Interamericanas entre  1901 y 1910. La Primera Guerra Mundial marca un largo paréntesis, tras el cual se celebra una Quinta Conferencia en Santiago de Chile en 1923, y otra en La Habana en 1928, bajo los auspicios del dictador Gerardo Machado.  La Conferencia de Lima sanciona en 1939 la Declaración de Lima, para convenir la solidaridad entre las naciones en caso de agresión extranjera. Con este piso defensivo Estados Unidos estabiliza su retaguardia y puede intervenir desde 1941 sin preocupaciones en la Segunda Guerra Mundial. Tras ésta, la Conferencia de Santiago de Chile aprueba la convención  promovida por el ex presidente paraguayo Manuel Gondra para prevenir conflictos interamericanos, y la IX Conferencia Panamericana  crea en 1948 la Organización de Estados Americanos, cuya inauguración en Bogotá coincide con los aciagos sucesos del Bogotazo, desencadenados por el asesinato del dirigente popular Jorge Eliécer Gaitán. Como "Ministerio de Colonias de Estados Unidos" calificó el Che Guevara a la OEA, y los hechos no han desmentido su aserto.    

          Carta Económica de América

 


Señala Noam Chomsky que las funciones que la gran potencia le señala a la región latinoamericana quedaron clarificadas en una conferencia del hemisferio celebrada en febrero de 1945, donde Washington propuso una “Carta Económica de América” que eliminara el nacionalismo económico “en todas sus formas”. Añade Chomsky que los planificadores de Washington se daban cuenta de que no iba a ser fácil imponer este principio, que los documentos del Departamento de Estado advertían que los latinoamericanos prefieren “políticas pensadas para mejorar la distribución de la riqueza y elevar el nivel de vida de las masas “, y están “convencidos de que los primeros beneficiarios del desarrollo de los recursos de un país deben ser sus habitantes”, ideas que según Chomsky para los estadounidenses “son inaceptables” ya que los “primeros beneficiarios” de los recursos de un país “son los invasores estadounidenses y América Latina cumple perfectamente su papel de sirvienta mientras no se ocupe más allá de lo razonable del bienestar general ni de un ‘excesivo desarrollo de la industria’ que podría colisionar con los intereses norteamericanos” (Chomsky: 1999, 23-24).

  CEPALC

Concluida la Segunda Guerra Mundial, se crea la Organización de las Naciones Unidas, inspirada en el ejemplo de la inoperante Liga de las Naciones que el presidente George Wilson promovió para evitar una nueva conflagración mundial. La ONU debió crear varias Comisiones regionales: su Consejo Económico y Social (ECOSOC) estableció así el 28 de febrero de 1948 la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), llamada desde  1985 Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPALC), a fin de no excluir a las repúblicas caribeñas.  Sus tareas fundamentales son: desarrollar y apoyar las iniciativas que faciliten acciones concertadas para la rápida solución de problemas económicos; incentivar el desarrollo en América Latina y el Caribe y ampliar y profundizar las relaciones económicas entre los países del área; llevar a cabo y financiar estudios e investigaciones sobre los problemas científicos y tecnológicos de éstos, y cooperar en el planteamiento y ejecución de políticas coordinadas. También, la promoción de la reforma monetaria internacional, la transferencia de recursos y el mejoramiento de la producción agrícola y los niveles de nutrición en el área.


Desarrollo económico y proteccionismo

Desde el inicio de sus funciones la CEPAL  sostiene  la necesidad del desarrollo económico mediante la industrialización y la sustitución de importaciones; el indispensable  papel ductor del Estado en la economía y la conveniencia de la  instauración de políticas públicas de estímulo y barreras proteccionistas. El organismo apuntó la conveniencia de incrementar el comercio entre los países de la región, y Raúl Prebisch, uno de sus más connotados colaboradores, sostuvo que “el mercado común responde al empeño de crear un nuevo módulo para el intercambio latinoamericano adecuado a dos grandes exigencias: la industrialización y la necesidad de atenuar la vulnerabilidad externa de los países latinoamericanos” (Salazar, José Manuel: “El resurgimiento y el legado de Prebisch”, Revista de la CEPAL, Santiago de Chile, agosto 1993, p.25-27, cit por Wettstein 2003, 90). Prebisch también sostuvo que “el desarrrollo se ha extraviado desde el punto de vista social y gran parte de esas energías vitales del sistema se malogran para el bienestar colectivo. Trátase de fallas de un capitalismo imitativo. Se está desvaneciendo el mito de que podríamos desarrollarnos a imagen y semejanza de los centros. Y también el mito de la expansión espontánea del capitalismo en la órbita planetaria. El capitalismo desarrollado es esencialmente centrípeto, absorbente y dominante. Se expande para aprovechar la periferia. Pero no para desarrollarla”.

Lamentablemente, muchos gobiernos de la región han decaído en la incondicional entrega de recursos naturales y humanos a transnacionales a las cuales se otorgan más privilegios que a los nacionales y se exonera de pagar impuestos y de reconocer derechos laborales y sociales a sus trabajadores. 

 La  sombra de Monroe todavía oscurece nuestro destino.

TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO

sábado, 19 de agosto de 2023

EL DOGMA LIBERAL Y LAS CRISIS ECONÓMICAS

 

   1. EL DOGMA LIBERAL Y  NEOLIBERAL 


          Las crisis periódicas

      Desde que hay  capitalismo  hay   crisis económicas: recurrentes, destructivas, cada vez más graves.  Tres soluciones se han propuesto para remediarlas: la liberal, la keynesiana, la socialista. Cada una comporta una posición con respecto al papel del Estado y del Gasto Público.

El liberalismo contra el Gasto Público

La solución liberal,  basada en ideas de Stuart Mill y Adam Smith, rechaza la intervención estatal como perniciosa, la gestión económica de los entes públicos como ineficaz y el  Gasto Público  como negativo, porque amplía la actividad del Estado y  disminuye la ganancia  del capitalista que lo financia con  impuestos. En consecuencia condena la emisión monetaria, el alza de los tributos, el crédito público, las medidas de protección al trabajador y las de estímulo o restricción de ciertas actividades económicas.  El Estado debía ser reducido a su mínima expresión;  la economía, enteramente regida por la Ley de la Oferta y la Demanda. Ante la crisis, había que esperar a que la demanda se reactivara por  creación de un nuevo sector productivo, por una guerra, o por un milagro.

El gasto de consumo del Estado es proporcional al desarrollo

El capitalismo  proclama estas panaceas como dogmas indispensables para el desarrollo y la abundancia. Tal  leyenda es de  falsedad palmaria. Estado y capital siempre han actuado en complicidad y crecido acompasadamente. El uno garantiza al otro la propiedad privada de los medios de producción, la paz laboral y la expansión imperial que asegura recursos económicos y mercados. En los países desarrollados, el Estado protege, estimula y  a veces financia la economía, y consume magnitudes del PIB muy superiores a las que apropian los sectores públicos de los países en vías de desarrollo. Las estadísticas del Equipo Banco Mundial sobre “Gasto de consumo final del gobierno general (% del PIB)” muestran que la participación de los Estados en el PIB no ha hecho más que crecer. Para 1960, la media mundial era de 13,7% del PIB; para 2015, es de 17,1% del PIB. A mayor participación del Estado en el PIB, mayor desarrollo. Para  2015, Alemania   presenta  19,4%, Estados Unidos    14,3%, Japón  20,4 %,  Venezuela  12,01%. Según la misma fuente, los Estados de los Países de ingreso alto tienen en promedio una participación de 18,2% en el PIB; los Países menos desarrollados (según clasificación de la ONU)  el 11,9%. El desarrollo es proporcional a la participación del Estado en el PIB.

El gasto público es  proporcional al desarrollo

El satanizado gasto público es también proporcional al desarrollo. Alcanza 31% del PIB en promedio en los países de América Latina y el Caribe, comparado con 41.5% en los países de la Organización del Comercio y el Desarrollo Económico (OCDE (2016), Panorama de las Administraciones Públicas: América Latina y el Caribe 2017, Éditions OCDE,Paris. http://dx.doi.org/9789264266391-es).  Son más de diez puntos de diferencia.

 

Las crisis del liberalismo


El sistema fundado sobre los falsos postulados liberales de Smith presenta sistemáticamente síntomas indeseables: superproducción que supera la demanda relativa (la de quienes necesitan un bien y disponen de medios para comprarlo) contracción de la demanda absoluta, quiebras masivas, pauperización de los trabajadores,  desempleo. Según apuntó Marx en El Capital: “La marcha característica de la industria moderna, la forma de un ciclo de diez años, interrumpido por pequeñas oscilaciones, de mediana animación, producción a alta presión, crisis y estancamiento, se basa sobre la constante formación del ejército industrial de reserva o población excedente industrial, su absorción más o menos completa y su nueva formación” (El Capital. Capítulo XXIII. Ley General de la Acumulación capitalista. Producción Progresiva de un exceso relativo de población o ejército industrial de reserva. Pág. 459 y ss.).   

A su vez las crisis generan  desastres económicos, políticos y sociales, éstos desembocan en guerras, y éstas a veces en revoluciones. La Soviética y la China surgieron del caos del sistema capitalista  que acompañó la Primera y la Segunda Guerra Mundial, implantaron el socialismo  en vastas regiones, y amenazaron con extenderlo al resto del planeta.   


2. CÓMO SE SUPERAN LAS CRISIS ECONÓMICAS

El gasto público compensador

Para paliar las deficiencias del capitalismo sin desecharlo, surgieron los partidarios del “gasto compensador de la actividad económica” como John Maynard Keynes,  Alvin H. Hansen, Gunnar Myrdal y Harold. M. Groves,  según los cuales el gobierno debe gastar lo que sea necesario a fin de asegurar un alto nivel de ingreso nacional, y para asegurar asimismo el pleno empleo o “full employment”: el uso integral de todos los factores de la producción. Afirman  que en un sistema de empresa privada el sector público puede elevar el nivel de la demanda total incrementando el volumen de los gastos públicos, y en consecuencia alterando el  nivel de ingreso, empleo y precios.  Keynes indica que “al aumentar la utilización de factores, la renta total y real aumenta. La psicología de la comunidad es de tal naturaleza que al aumentar la renta real total el consumo total aumenta; pero no aumenta tanto como la renta. De aquí que los empresarios incurrirán en pérdidas si el aumento total de la utilización de factores se destina a la producción de bienes de consumo. En consecuencia para justificar un volumen determinado de utilización de factores se requiere un monto de nuevas inversiones suficiente para absorber el exceso de producción sobre el consumo de la población a ese nivel de utilización de factores” (KEYNES. John Maynard. General Theory of Employment. Interest and Money. Pp  27 y ss.).

En resumen: adiós a la satanización del Estado y a la condena de su intervención en la economía; bienvenido el incremento de la inversión y el gasto públicos. Aplicando estas políticas ha sobrevivido el capitalismo a duras penas a las gravísimas y sucesivas crisis que él mismo  provocó durante el siglo pasado y el presente. Pero la disolución de la Unión Soviética alejó el miedo al socialismo, y algunos de los más obtusos reaccionarios volvieron a las políticas del liberalismo primitivo, generando la catástrofe que todos padecemos.

 El Multiplicador

John Maynard Keynes expresa el efecto positivo de las inversiones públicas sobre el monto de la ocupación a través de una relación a la cual se denomina “el multiplicador”,  desarrollada por primera vez por el economista R. F. Kahn, y resumida por  Keynes en el sentido de que “si la propensión a consumir en varias circunstancias hipotéticas (juntamente con otras condiciones) se da por conocida y concebimos que las autoridades monetarias u otras públicas tomen medidas para estimular o retardar la inversión, el cambio en el monto de la ocupación será función del cambio neto en el volumen de la inversión”. Según  el mismo resumen, Kahn “pretendía sentar principios generales para calcular la relación cuantitativa real entre un incremento de la inversión neta y el aumento de ocupación total que le acompañará”. De acuerdo con  Keynes, el multiplicador de inversión (k), indica que “cuando existe un incremento en la inversión total, el ingreso aumentará en una cantidad que es k veces el incremento de la inversión”. En su aplicación a las Finanzas Públicas, Harold R. Somers lo define como “el número por el que un incremento inicial de los Gastos Públicos debe multiplicarse a fin de obtener el aumento del ingreso atribuible a esos Gastos Públicos” (HAROLD R.SOMERS: Finanzas Públicas e Ingreso Nacional. P. 54).

El   Multiplicador de la Producción


Esta nueva concepción de la utilidad del Gasto Público no se fundamenta necesariamente en las ventajas  para la comunidad de los bienes o servicios costeados con él. Define la utilidad de tales erogaciones en relación de su eficacia para poner en marcha procesos de producción, no importa cuán estéril pueda ser su resultado inmediato. Así, Keynes  indica que “los gastos ´ruinosos´ (wasteful) de préstamos pueden, no obstante, enriquecer al fin y al cabo a la comunidad. La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza, si la educación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor”. En el mismo orden de ideas,  propone el célebre ejemplo conforme al cual “si la Tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes (naturalmente obteniendo el derecho de hacerlo por medio de concesiones sobre el suelo donde se encuentran) no se necesitaría que hubiere más desocupación, y con ayuda de sus repercusiones, el ingreso real de la comunidad y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena medida su nivel actual”. El economista sueco Gunnar Myrdal opina que “nada es técnicamente más fácil que poner en marcha un auge”, y que esto “podría hacerse, por ejemplo, sembrando billetes de a dólar a manera de abono desde aviones” (GUNNAR MYRDAL: El Reto a la Sociedad Opulenta. Cap. IV. Pág. 78. Fondo de Cultura Económica. México, 1964).

Pirámides, catedrales, ferrocarriles


El que el gasto público fuera aplicado a fines inmediatamente productivos podría, paradójicamente dificultar el objetivo deseado de estimular la inversión privada y el consiguiente proceso económico, por cuanto, como señala Keynes, “desde el momento en que el valor de una casa depende de su utilidad, cada casa que se construya sirve para reducir la renta probable que puede obtenerse de las futuras construcciones y, por tanto, disminuye el atractivo de futuras inversiones similares, a menos que la tasa del interés esté bajando pari passu”. Este contraste entre la inversión directamente productiva y aquella aplicada a un fin sin utilidad inmediata, es planteado por el mismo autor en los términos siguientes: “El antiguo Egipto era doblemente afortunado, y, sin duda, debió a esto su fabulosa riqueza, porque poseía dos actividades: la de construir pirámides y la de buscar metales preciosos, cuyos frutos, desde el momento que no podían ser útiles para las necesidades humanas consumiéndose, no perdían utilidad por ser abundantes. La Edad media construyó catedrales y cantó endechas. Dos pirámides, dos misas de réquiem, son dos veces mejores que una; pero no sucede lo mismo con dos ferrocarriles de Londres a York” (Op. cit. pp. 130 y ss).

Estas medidas que amplifican la intervención económica estatal dentro de límites moderados, constituyen, según Keynes, “el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes”, es decir, del sistema capitalista de propiedad privada de los medios de producción (Op. cit. Cap. 24: Notas Finales sobre la Filosofía Social a que podría conducir la Teoría General. Pág. 364).

Sólo cuando la disolución de la Unión Soviética disipó el temor de los capitalistas por “la destrucción total de las formas económicas existentes”, regresaron éstos a la ortodoxia liberal bajo la forma de  recetario neoliberal que prohíbe  el gasto social, sataniza el gasto público y pauperiza a los trabajadores arrebatándoles una tras otra todas las conquistas de varios siglos de lucha. Bajo tales principios, arrancó un proceso de “desindustrialización” de los países desarrollados que dejó sin empleos a gran parte de su clase trabajadora en aras de una economía dedicada a la especulación financiera y la extrema concentración de capital en las élites. De ello resultan las desastrosas crisis económicas de fines del pasado siglo y de comienzos del presente.

Keynesianismo militar

La aplicación de las ideas keynesianas sacó temporalmente a las economías occidentales del foso en el cual las habían sepultado tanto sus propias dinámicas destructivas como el anatema liberal contra el gasto y la intervención del Estado. Ambas herramientas ayudaron  al capitalismo a sobrevivir a las sucesivas depresiones del sistema, y de paso permitieron una relativa elevación del nivel de vida de los trabajadores. Lamentablemente, también se aplicó un “keynesianismo militar” consistente en provocar guerras para justificar la sobreproducción de bienes que, como los armamentos, “no podían ser útiles para las necesidades humanas consumiéndose”, y “no perdían utilidad por ser abundantes”. Así, de las crisis económicas surgen guerras, y de las guerras, crisis económicas. 

Revolución o Nada

En resumen, nunca se ha salido de una crisis económica aplicando medidas liberales o neoliberales de extrema restricción del gasto público, disminución del circulante y pauperización radical de los trabajadores mediante salarios inferiores al nivel de la subsistencia que paralicen o clausuren la demanda de bienes y servicios. Keynesianismo, Revolución o Nada. Y para los países en vías de desarrollo, mejor Revolución, que  llevó en pocas décadas a la Unión Soviética al estatuto de segunda potencia del mundo, y a China al sitial de primera.


FUENTES:

Sobre los gastos públicos considerados como justificados en la doctrina liberal, véase ADAM SMITH: “La Riqueza de las Naciones”, Libro V, Ingresos del Soberano y de la Comunidad, particularmente el Capítulo I. Editorial Aguilar, Madrid, 1961. V. asimismo: JOHN STUART MILL: Principios de Economía Política; Libro V: De la Influencia del Gobierno; Capítulo I: De las funciones del Gobierno en general; págs. 681 y 22.; y Capítulo X: De las intervenciones del Gobierno basadas en doctrinas erróneas; págs. 782 y siguientes; Fondo de Cultura Económica, México, 1951. Para exposiciones generales sobre la doctrina liberal, se recomienda consultar: EMILE JAMES: Historia del Pensamiento Económico, Parte II, Capítulos II y III, págs. 76 y siguientes;  y Parte III, Capítulo VI, páginas 157 y siguientes, Editorial Aguilar, Madrid, 1961; ROBERT L. HEILBRONNER: The Wordly Philosophers Caps. III y IV, págs. 28 y ss. Simon and Schuster, New York, 1961; BERTRAND RUSSELL: Storia delle Idee del Secolo XIX, Parte III; Biblioteca Moderna Mondadori, Milano, 1961; HAROLD J. LASKI: El Liberalismo Europeo, Fondo de Cultura Económica México, 1961. ALVIN H. HANSEN. Política Fiscal y Ciclo Económico. Fondo de Cultura Económica, 1955.

En general, sobre el empleo del gasto público para compensar los ciclos económicos, se recomienda consultar: GUNNAR MYRDAL: Los efectos económicos de la Política Fiscal; Partes II, III y IV; Editorial Aguilar, Madrid, 1962;  MAURICE MASOIN: Los Gastos Públicos, y KURT HEINIG: Los Gastos Materiales del Presupuesto Público, ambos en el Tratado de Finanzas de Gerloff y Neumark, Editorial BCE, El Ateneo, 1961; KJELD PHILIP: La Política Financiera y la Actividad Económica, Segunda Parte: La relación recíproca entre los ingresos y los gastos del Estado, Cap. IX, págs. 134 y ss, Editorial Aguilar, Madrid, 1955; HAROLD M. GROVES: Finanzas Públicas, Parte 3, Cap. 21, págs. 617 y ss., Editorial F. Trillas, México, 1965; PHILIP E. TAYLOR: Economía de la Hacienda Pública, Cap. III: Gastos Públicos, sus tendencias y su significado, págs. 41 y ss.; Editorial Aguilar, Madrid, 1960; CHALLIS A. HALL, r.: Política Fiscal y Crecimiento Estable; Ediciones Deusto, Bilbao, 1964; EARL R. ROLPH: Teoría de la Economía Fiscal; Cap. V: Bases Monetarias de la Teoría Fiscal, págs. 116 y ss., Editorial Aguilar, Madrid, 1958.

TEXTO/ IMÁGENES: LUIS BRITTO

 

sábado, 12 de agosto de 2023

PROMETEO

 Luis Britto García 

Resumamos el caso a ser estudiado todos los agostos y preferiblemente todos los días de la vida, mientras ésta perdure.

En la mitología griega, el titán Prometeo entrega el fuego a los humanos, por lo cual Zeus lo encadena y lo condena a que sus vísceras sean eternamente devoradas por un ave.

El brillante y progresista físico Robert Openheimer por encargo del complejo militar industrial de Estados Unidos  crea una bomba capaz de incinerar ciudades. Calcinadas  las dos primeras, se pronuncia contra la construcción de armas más destructivas, aboga por un acuerdo para impedir su proliferación, y el gobierno lo despoja de su credencial de seguridad, impidiéndole  por siempre todo acceso a las investigaciones de su especialidad.

Prometeo es alegoría de lo que los antropólogos llaman héroes culturales: los inventores de civilizaciones. El ave, según unos un águila, según otros un buitre, es emblema de aquellos incapaces de crear cultura, que viven devorando a quien la genera y matando de hambre al resto.

Los mitos se repiten eternamente; tenemos la eternidad para aprender de ellos.

No hay más  Dios que quien enciende la llama del conocimiento. Lo único Divino del hombre es la chispa que  alumbra lo desconocido.

Las ideas son la fuerza más poderosa, porque iluminan la forma  de constituir y operar el poder.

Las civilizaciones  son pensamientos materializados.

Intelectual es quien usa la prominencia obtenida en la  generación de ideas para intervenir en el debate público.

Idea es intelección viviente; el ave de rapiña devora al pensador y se aprovecha de ella  porque es incapaz de crearla.

A cada quien su embriaguez: la del intelectual, ver como su pensamiento mueve voluntades.

Dos   atroces rasgos tienen los efectos del conocimiento: que son impredecibles, y que son predecibles.

Trabajar con ideas es tener conciencia de esta dualidad, que  convierte la vida en encrucijada.

María Sklodowska de Curie  no podía predecir que su descubrimiento de los elementos radioactivos le causaría cáncer. Robert Oppenheimer sabía que la atroz arma que confeccionaba destruiría ciudades y que sus cómplices la perfeccionarían para hacerla capaz de destruir la tierra.   

Peca Prometeo por acción al entregar el fuego a quienes lo usarán para el mal y por omisión al callar ante su uso pervertido: todo el que juega a Prometeo pone sus vísceras en riesgo.



Situémonos un instante al lado del Titán encadenado, del ave que  cotidianamente devora sus entrañas.

Dispensemos el lado demoníaco de Prometeo: es él quien nos convierte en humanos al entregarnos el fuego.

Su llama  podría devolvernos a las cavernas, pero sin ella estaríamos  todavía en ellas.

De las manos de Leonardo surgen el Cielo y el Infierno.

Se  gestan de manera perpetua las ideas, y nadie sabe cuál es la que clausurará el mundo.

Einstein escribió una carta al Presidente de Estados Unidos afirmando que los alemanes preparaban un arma capaz de desintegrar ciudades, e instándolo a construir más pronto otra, para los cual lo urgía a controlar los yacimientos disponibles de uranio.

La única excusa del dador del fuego o de la extinción masiva consiste en que si no lo hace él, otro lo hará.

Pero la excusa del otro es la misma, y así todos devenimos demonios.

Pues siempre en el espíritu prometeico hay algo demoníaco, siempre dudaremos y dudará él de su arrepentimiento.

Prometeo claudicante siempre encontrará cómo venderse a quienes explotan su fuego. Werner von Braun, que asestó contra las ciudades inglesas sus bombas V1 y V2, terminó dirigiendo el programa espacial de Estados Unidos. Albert Speer,  el arquitecto del Tercer Reich que con sus campos de millones de trabajadores esclavos prolongó más de dos años la Segunda Guerra Mundial, a fuerza de golpes de pecho fue el único jerarca nazi que purgó condena comparativamente leve y sobrevivió para llevar una vida feliz bien acompañado.

Santos Dumont, el verdadero inventor del aeroplano, se suicidó cuando supo que su invención era empleada para bombardear Rio Grande do Sul.

Calvario ejemplar el de Oppenheimer al recibir cada noche la visita de doscientas mil almas de no combatientes  incineradas por el fuego de su intelecto.

Siempre las relaciones son difíciles entre Prometeo y el Poder que su fuego desencadena, el cual sólo se siente seguro encadenándolo todo.

En lo profundo del alma de Prometeo está la soberbia: la que lleva a Adán a probar la fruta del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal,  impide a Giordano Bruno abjurar ante la hoguera de su doctrina de los infinitos mundos habitados, mueve a Galileo a murmurar para sí mismo “Eppur si muove” ante el tazón de plomo fundido. Molesta  virtud, sin la cual no seríamos hombres, sino ovejas.

Prometeos tranquilos como Charles Darwin incendian el mundo desde un refugio campestre. Iracundos, como  Marx y Engels, lo inflaman desde una buhardilla londinense. Lo  que llamamos Historia Universal, en cuanto constante revolución de la existencia,  no es más que crónica  prometeica.

No debe sentirse tranquilo quien en lugar de jugar con átomos lo hace con palabras o  ideas. Un solo adjetivo logra que América sea Nuestra, una sola figura retórica potencia  las armas de la crítica como Crítica de las Armas.

El crimen por el cual es condenado el Titán no es tanto la  invención del fuego, sino intentar ponerlo a disposición de la totalidad de los humanos para que decidan su manejo. 

Todo iba bien con Oppenheimer hasta que decidió que no se debían construir bombas más poderosas, hasta que propuso una organización internacional para que el género humano evitara ser destruido por ellas.

Todo Prometeo atrae buitres disfrazados de herederos.

Tormento de Prometeo  recibir a cambio del fuego devoradores de vísceras. Tormento de los buitres que no sabrían subsistir sino  devorando entrañas ajenas.

Ahora Prometeo  no sólo entrega a los humanos el poder de destruirse, sino también el de crear seres artificiales conscientes destinados a suplantarnos.

Pesado insomnio el de Prometeo. Profundo sueño el de los poderes fácticos que creen dominar a los hombres devorándolos.

“Tengo sangre en las manos”, dice Oppenheimer a Harry S. Truman. “Él no arrojó la bomba, fui yo”, dice el Presidente.

La prisión de Prometeo es la de nosotros  y su liberación la de todos.

Mirémonos las manos constantemente.