domingo, 12 de octubre de 2008

AUTOBIOGRAFÍA DE UN DÓLAR


Dólares de plata, balas de plomo
Ante todo, nadie debe confundirme con mi tatarabuelo, el sonoro dólar de 4l2 granos de plata que se acuña desde 1837 hasta l885 y con el cual se financia la matanza de pieles rojas y la invasión que quitó la mitad de su territorio a México.
Mucho menos se me ha de confundir con mi bisabuelo, el tintineante dólar de 42O granos de plata que se acuña entre 1837 y l890, quee pagó la intervención en Cuba, en Puerto Rico y en Panamá.
Y tampoco se me puede confundir con mi padre, el dólar de papel impreso sobre la cureña de los cañones que obligaron a los países reunidos en 1944 en Breton Woods a tener respaldo en dólares para sus divisas, mientras que el dólar no requeriría respaldo en ninguna de ellas. Con un multígrafo que imprimía papelillo verde se pagó la bomba de Hiroshima y el endeudamiento de Europa llamado Plan Marshall; el bombardeo de aplanadora en Corea, la invasión de Guatemala, la intervención en Santo Domingo, la intentona de Bahía de los Cochinos, la craterización del sureste asiático y la invasión de Afganistán e Iraq. El mundo entero financió estos horrores entregando recursos, conciencias y países a cambio de papel pintado. Postula la ley de Gresham que la moneda mala desplaza a la que tiene valor. Pocos años después de Breton Woods, en ninguna parte se conseguían dólares de plata. A diferencia del slogan de los chinos, el imperialismo no era un tigre de papel, sino un billete de papel.
Dinero de papel
Pero tanto va el signo monetario a la impresora, que se devalúa. La tentación de gastar un papel que no cuesta nada es demasiado grande. El resultado es la extensión del gasto, y el déficit. Los delirios de Estados Unidos de ser el policía del mundo lo llevaron a una dispendiosa ocupación militar de Europa mediante las tropas de la Otan, a una carrera armamentista que le costó anualmente cerca del 15% de su Producto Interno Bruto, y a una ruinosa guerra en Asia.
El l5 de agosto de 1971, tras la vergonzosa devaluación de 1968, Richard Nixon declaró que el dólar no sólo no tenía respaldo en divisas extranjeras, sino que tampoco tendría respaldo en oro. Al mismo tiempo, el país campeón de la libertad de comercio impuso una sobrecarga del 10% sobre las importaciones, para eliminar creciente déficit comercial. En respuesta, la divisa estadounidense fue devaluada en otro 10% por el Grupo de los Diez. Así nací yo: el dólar vacío, el dólar cero, el dólar nada. Financié la llovizna de napalm sobre Vietnam, el bloqueo a Nicaragua y la incineración del barrio de Chorrillos en Panamá. Sembré el mundo con 6.000 ojivas nucleares; costeé la Bomba Sólo Mata Gente. Erigí el Imperio de la Droga; calciné millón y medio de civiles en Iraq para saquear su petróleo; destiné los depósitos de los jeques sauditas a préstamos irresponsables que originaron la Deuda Impagable del Tercer Mundo.
El dinero burbuja
Pues desde mi nulidad total he construido un sistema financiero hecho a mi imagen y semejanza. No sólo no soy nada, tengo el poder de multiplicar infinitamente la vacuidad. Supongamos que tienes dólares y que los puedes poner en un banco estadounidense. Por cada mil dólares que deposites, el banco puede prestar 850; de modo que mil dólares parecen haberse transformado en 1850. Al ser gastado, ese dinero de embuste va a parar a otras cuentas; en cada una genera prestamos que duplican falsamente lo depositado. Y así sucesivamente, hasta que por cada uno de los dólares en efectivo que circulamos en el sistema bancario estadounidense, otros diecinueve fantasmas están inscritos en diversas cuentas, fingiendo ser dinero. Sobre ese 95% de cifras de embuste se emiten cheques, y tarjetas de crédito, y títulos, y letras de cambio, cheques de viajero, y pagares y bonos, que no corresponden a ningún dinero real, y así hasta que la economía financiera ficticia supera más de setenta veces el valor de la economía que produce bienes reales. Como el sapo de la fábula, estoy inflado setenta veces veces por encima de mi valor, que de todos modos es ninguno.
Los bancos vacíos
Se alegará que los bancos estadounidenses tienen reservas en efectivo para hacer frente a sus pasivos. Pero desde 1913 los niveles de esas reservas requeridas no han hecho más que disminuir. Hacia 1970 no tenían, en promedio, más de un 8,4% de respaldo; en 1980, un 6,8%. Bajo la Monetary Act de ese mismo año, fueron fijadas en un 12%; pero en 1983 estaban en realidad en un 4,3%, y desde entonces no han hecho más que bajar. Soy un equilibrista que hace piruetas sobre una cuerda que no está allí.
Otra cosa es la calidad de esas reservas. En 1960 Walter Wristow, anterior presidente del Citibank, invento el "certificado de depósito", que permite a los bancos crearse su propio crédito. Las autoridades monetarias yanquis han permitido progresivamente que los bancos creen compañías de holding, a las cuales los propios bancos les pueden vender sus papeles crediticios, de tal manera que las reservas consistan en créditos contra esas mismas compañías inventadas por ellos. De allí a las hipotecas incobrables vendidas como fondos subprime no hay más que un paso. Como dice el refrán, se cobran, se pagan y se dan el vuelto. Soy un saltimbanqui que cruzo el vacío sosteniéndome agarrado de mis pelos.
El dinero sin valor
El público espera que, en todo caso, el acróbata que resbala aterrice en la pandereta. Lo malo es que la mía no tiene lona ni red. Se llama Sistema Federal de Reserva: un grupo de 12 bancos regionales, cuyo capital es propiedad de unas 600 entidades bancarias miembros de la institución. Es un débil amortiguador para los eventuales saltos mortales,cabriolas y sobregiros de mas de 14.000 bancos estadounidenses, de los cuales, por cierto, menos de la mitad están afiliados a ese Sistema de Reserva.
Aparte de él, existe la precaria Federal Deposit Insurance Corporation, (Corporación Federal de Seguros sobre los Depósitos) cuyas pólizas debían responder por más de 750 mil millones de dólares en préstamos: para eso sólo disponía de unos 6 mil millones de dólares, a los cuales el Tesoro podrá prestar otros 3 mil millones en caso de emergencia extrema.
Ello significa que cada 83 dólares en depósitos tenían menos de un (1) dólar de cobertura. Y ese dólar estaba depositado en los mismos bancos contra cuya bancarrota debe supuestamente asegurar! Bastara con que se retirara cerca del 1,2 % de todas las cuentas de la nación, para que el Fondo de Depósitos quedara totalmente vaco. Y los bolsillos de los ahorristas también.
El dólar quiebra
Un acolchado muy tenue para los inevitables porrazos. Cada depresión trae consigo una cadena de quiebras de bancos estadounidenses. En la de 1929 colapsaron 9.000. El crack de 1987 precipitó otro naufragio financiero; en 1990 hubo una hecatombe de cerca de 500 bancos. Hacia la misma fecha se disparó un colapso en cadena de cajas de ahorro y de crédito que costó al público unos 230.000 millones de dólares, y en el cual estuvo involucrado el hijo del entonces presidente George Bush, y hoy Presidente de Estados Unidos gracias a los méritos acumulados en la colosal quiebra fraudulenta de Enrom. El gobernador de Nueva York, Mario Cuomo, definió el de 1990 como "el mayor robo bancario del mundo". El 4 de octubre de 1992 The Washington Post publica un reportaje en el cual Alan Whitney, portavoz de la Corporación Federal de Seguro de Deposito (FDIC), señala que hay más de un millar de bancos con problemas financieros, de los cuales 111 podrían cerrar en breve plazo. En octubre de 2008 en cuestión de días colapsan los más grandes colosos financieros de Estados Unidos, arrastrando consigo a los del mundo. El dólar se viene abajo en todas las bolsas de los países desarrollados.
El dólar acreedor
Los mandatarios tercermundistas celebran danzas de la lluvia dedicadas a asegurar el llamado clima favorable para las inversiones, cuyo resultado se supone que será un chaparrón de dólares que asegurará la felicidad eterna de todos los mojados. Pero el clima favorable para las inversiones es desfavorable para los habitantes de esos países. En el mejor de los casos, significa miseria; en el peor, miseria con dictadura.
Pues sobre el Tercer Mundo Yo el dólar -Yo El Supremo- ni desciendo ni condesciendo. Rodolfo Stavenhagen ha demostrado que, en la mayoría de los casos, las trasnacionales se establecen en los países subdesarrollados sin significativos aportes de capital: meramente recaban los fondos locales mediante cartas de crédito. O compran empresas "privatizadas", y las pagan con el aumento de tarifas o de precios. Es, de nuevo, la compra de un mundo a cambio de espejitos o pedazos de vidrio.
Cuando caen, mis garúas son selectivas. Nunca aparezco para financiar el centro educativo que prepara ciudadanos o él laboratorio que descubre la cura para el mal o la salvación del millón de niños latinoamericanos que según la Unicef muere cada año por desnutrición, violencia o enfermedad. Siempre estoy allí para pagar el equipo militar obsoleto, el soborno del funcionario que subasta su país, la operación usuraria del 40% sobre el bono cero cupón, el 2.000 % de la tasa overnight y la bala que liquida al Presidente que defiende a su pueblo.
El dólar Drácula
En todos esos casos, antes de tocar el suelo ya estoy convertido en deuda y transfigurado en dividendos que retornan al exterior. Mi pasaje de vuelta a casa son las cláusulas de libre exportación de capitales en las Cartas de Intención que impongo dondequiera que voy, en los Tratados contra la Doble Tributación que me exoneran de pagar impuestos en los países donde gano dividendos. Ya no necesito mover ningún proceso productivo para chupar utilidades. Hasta hace pocas décadas, los peones agrícolas eran esclavos de facto por las deudas impagables en las pulperas de las haciendas. Ahora lo son sus países por las deudas eternas con la banca trasnacional. ¡Por cada dólar recibido en préstamo, en diez años cada nación deudora ha pagado cerca de tres dólares en intereses y todavía adeuda el dólar original, o más! A finales de los setenta, los países latinoamericanos debían cerca de 350 mil millones de dólares. Hoy, adeudan más de 700 mil millones. Mientras Estados Unidos recomienda austeridad a los deudores, él mismo contrae una deuda de US$59.000.000.000.000.000, lo que representa un 65,5% de su Producto Interno Bruto y una carga de US$516.348 por cada familia. Esta es la verdadera industria sin chimeneas: dentro de poco, habrá devorado tanto chimeneas como industrias.
El dólar terminal
Mis adoradores me presentan como un coloso. La verdad es que soy un agonizante al cual mantienen con vida dos médicos: el Estado y la Guerra. Para auxiliarme, el gobierno de Estados Unidos crea nueva deuda pública por más de 700.000. millones de dólares, para recompensar a los banqueros que me llevan a la tumba. La salud del mundo es mi agonía: la paz me aniquila. Sólo estoy fuerte cada vez que una guerra arrebata decenas de millones de vidas. Entonces el Tesoro estadounidense me desembolsa a raudales para pagar armamentos que -como los seres humanos- sólo sirven para ser destruidos en los campos de batalla. Estados Unidos gasta en armamentos cada año 623.000.000.000$; más que todo el resto del mundo; diez veces más de lo que según la UNICEF bastaría para acabar con el hambre en el mundo.
El dólar ideología
Por la plata baila el perro, y por la propina mueve el rabo el intelectual. Todo poder tiene adulantes: el mío financia una teología que postula que sólo hay un Dios, que es el dólar, y que el mercado es su profeta. Su altar son los cinco monopolios que confiscan la información en el planeta. Predica que todos los valores, todo lo humano -ética, historia, política, estética, cultura, compromiso- sólo existirán en la medida en que sean reducibles a cotización, y por tanto, a comercio.
Por el contrario, la humanidad comienza donde termina el mercado. Todo lo que es humano y forma parte del ser es, por definición, no negociable. Cuando el trabajo creativo, el hombre y la mujer son subastables, se convierten en mercancía, esclavo y prostituta.
Como todo acelerador, pasado cierto límite soy mortífero. Quien me usa para ganar el control termina perdiéndolo. No soy una causa, sino un síntoma. No soy riqueza: soy el mecanismo mediante el cual pierde su riqueza todo aquél que la crea. Gracias a mí, el 75% del capital estadounidense ha sido acaparado por las quinientas empresas más poderosas de ese país. Gracias a mí, el país dueño del planeta tiene 40 millones de pobres, y los 400 estadounidenses más ricos poseen 1.600.000.000.000 de dólares, más, dinero que los otros 150 millones de compatriotas. Gracias a mí, la economía real ha sido destruida por la de papel: por la mía. Si no perezco en esta crisis, la humanidad será algún día propiedad de un papel con el que intentó comprar todas las cosas. Así paga el diablo a quien le sirve.
Por lo mismo que pretendo representar todas las cosas, no soy ninguna de ellas. Para los que me entregan el alma, está reservado un infierno donde soy su única compañía.

domingo, 5 de octubre de 2008

PAREN EL CAPITALISMO, QUE ME QUIERO BAJAR


· Los beatos que le rezan a la Mano Invisible del Mercado se asombran de que el capitalismo esté en crisis.

· Por el contrario: las crisis son la esencia del capitalismo; éste lleva en sí mismo la semilla de su propia destrucción.

· La supuesta libertad del mercado, que Marx llamó anarquía de la producción, lleva a los capitalistas a competir hasta rebasar la demanda relativa (la de quienes necesitan un bien y tienen con qué comprarlo).

· A partir de allí, el excedente relativo no encuentra compradores, los productores quiebran y despiden trabajadores, la abundancia se convierte en miseria.

· La epidemia de quiebras sólo deja en pie a las empresas más poderosas, con lo cual el capital se concentra en un número cada vez menor de manos.

· De hecatombe en hecatombe, el capital comercial termina siendo dominado por el industrial, y éste por el financiero.

· El capital financiero, última aberración del monstruo que sólo gana con la pérdida de todos, no necesita producir bienes concretos para multiplicarse y perder contacto con la realidad económica.

· Abusando de su poderío militar durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos obligó en 1944 en Breton Woods a los países de Occidente a respaldar sus monedas con reservas en dólares, a partir de lo cual compró al mundo pagándo con papel verde impreso.

· Ahogado en la inundación de papel verde, en 1974 Richard Nixon reconoció que el dólar que obligaba a aceptar al mundo como respaldo de sus monedas a su vez no tenía respaldo, lo cual según Noam Chomsky aniquiló el sistema económico mundial de la posguerra “en el cual Estados Unidos era de hecho el banquero del mundo, papel que no pudo retener en adelante” (Chomsky: El beneficio es lo que cuenta; 1999, 24).

· Pero la especulación con papel sin respaldo se desató al punto de que, durante la década que concluye en 2004, la cuarta parte de las 500 mayores multinacionales estaban dedicadas a la economía monetaria; pero poseían más del 73% de los activos, copaban el 24% de los ingresos, el 35% de las utilidades, el 32% del capital y el 16% de la fuerza de trabajo de dicho medio millar de gigantes (Gastón Parra Luzardo, El poder global y la integración, 2006, 11).

· Según Chomsky, la producción de bienes reales ocupaba en 1971 el 90% de la economía y sólo el 10% era especulativo, mientras que “En 1990 los porcentajes se habían invertido y en 1995 alrededor del 95 por 100 de unas cifras incomparablemente mayores era especulativo, con unos movimientos diarios que superaban la suma de las reservas en divisas de las siete mayores potencias industriales” (Chomsky: 1999, 25).

· Jean de Maillard añade que para 1999 el intercambio financiero no productivo de bienes reales representa “1.300 millardos de dólares diarios: casi cinco veces el presupuesto anual de un Estado como Francia... Esta escala de magnitud está completamente desconectada de la economía real ya que las exportaciones mundiales de bienes y servicios no representan más que 18 millardos de dólares diarios, es decir, una cantidad setenta veces menor” (Maillard: Un monde sans loi, 2000, 28).

· En este carnaval de cifras garantizadas por papeles respaldados por nada, para ganar comisiones los agentes financieros reparten una piñata de papelillo de créditos hipotecarios mal garantizados que luego venden y revenden inflándolos a cada operación hasta que la burbuja estalla dejando a deudores, acreedores y banqueros en el aire.

· Bancos tras bancos caen como piezas de dominó. Los más fuertes devoran como hienas a los débiles. El Bank of América compra a precio vil al arruinado Merril Lynch. El cuarto banco de inversión del planeta, Lehmann Brothers, quiebra hundido por 50.000 millones de dólares en créditos hipotecarios. Pierden su trabajo 30.000 personas.

· En lugar de rezar a la milagrosa Mano Oculta del Mercado, los estafadores exigen a la Mano Cómplice del comprensivo Estado neoliberal que les regale paracaídas de oro pagados por los contribuyentes. La Reserva Federal de Estados Unidos les entrega 85.000 millones de dólares de fondos públicos para comprar 80% de la quebrada aseguradora AIG, lo que constituye la mayor privatización de una entidad financiera del mundo.

· Bush exige a la Cámara de Representantes y luego al Senado un fondo de 720.000 millones de dólares (mayor que la Deuda de América Latina) para comprarles a buen precio a los pobrecitos banqueros sus arruinados negocios. Así aplica el punto 5 del programa de Marx en el Manifiesto Comunista, “Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio”.

· En la petición de fondos ni una letra prevé castigo para los especuladores ni los obliga a devolver las sumas desfalcadas ni protege a los deudores hipotecarios contra el desalojo. El socialismo, apuntó Eduardo Galeano, después de todo no es tan malo a la hora de repartir las pérdidas.

· En estas raterías se entretiene la cúpula de ladrones que gobierna el mundo mientras el Banco Mundial, que considera pobres a quienes subsisten con menos de un dólar al día, revela que son pobres más de 3.000 millones de personas, la mitad de la humanidad, y también lo es la cuarta parte de la población de los países desarrollados, y 40 millones de estadounidenses.
· Señaló Marx que la burguesía “remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas”.
· A estos remedios peores que la enfermedad, añade el capitalismo la alimentación del sistema bancario con el narcotráfico, la aceleración del holocausto ecológico, las guerras que reactivan la producción armamentista y ocupan desempleados como carne de cañón.
· La crisis desmorona la economía ficticia especulativa para ajustarla a la economía real: Reajustemos la tiranía de la elite de especuladores parásitos a la democracia de la productiva humanidad.

domingo, 28 de septiembre de 2008

PARA VIAJAR SIN PASAPORTE


1

Si el viajero es imagen del viaje, el camino es imagen del viajero. Cuando el chamán vaga por otros mundos, se traslada dentro de su propio cuerpo. Delató Freud con sagacidad la similitud entre nuestra anatomía y los parajes divisados en los sueños. Alicia cae al País de las Maravillas por un túnel húmedo para flotar en un mar interno de líquido, amniótico o lacrimal. Es la misma operación que cumplen los espeleólogos del Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne. Entrando por la boca del volcán Scartaris, son tragados por cavernas contorcidas como entrañas hasta mares internos que pueden ser de líquidos digestivos o de sangre, para ser expulsados entre gases y materias cálidas por otro cráter en erupción en Italia. Toda una narrativa preludia o remeda esta travesía endoscópica, como el Voyage de Nicolas Klimius dans le monde subterrain, de Louis de Holberg (1788) o la serie sobre Pellucidar de Edgar Rice Burroughs (1922). El truculento Emilio Salgari nos arrastra por úteros abominables o ilimitados en el río sumergido que conecta Kentucky con el lago Titicaca en Duemila leghe sotto l´ America (1888); en el canal subterráneo que atraviesa Italia desde el mar de Liguria al Adriático en I naveganti delle Meloria (1903), o en El laberinto infernal, (1904) donde Sandokan vaga durante toda una novela por un interminable dédalo subterráneo. Pero también se peregrina por la mente al recorrer los infiernos matemáticos del interior de una computadora o un cerebro en los films animados Tron y Reboots.
2
El viajero imaginario intenta resolver el mismo problema que se plantea el real: el de si todos los sitios son iguales y el mundo por tanto es absoluto, o si todos los sitios son diferentes y el mundo por tanto es relativo. La interrogante inquiere además si es relativo o absoluto el ser humano. Montesquieu en Las cartas persas nos revela que nada es más parisino que la corte del Gran Sultán en Turquía o viceversa. Voltaire en sus Cartas Inglesas nos predica la abominación de trasladar Londres a París, aunque en “Micromegas” nos advierte que debemos ser tan humildes y considerarnos tan ignorantes como los gigantes dotados de cien sentidos que viajan en la cabellera de los cometas. Pero así como un periplo nos exilia del amable confín de lo conocido para amenazarnos con los pavores de lo ignoto, puede revelarnos los riesgos de lo cotidiano. Todos y cada uno de los parajes del Gargantúa y Pantagruel, incluso la utopía libertaria de la Abadía de Telesma, son refutaciones o demostraciones de los asertos de Rabelais; el planeta Solaris de Stanislas Lem, al igual que nuestra mente, corporeiza recuerdos e ideas hasta el extremo de hacer dudar de la realidad material. No en balde está punteada de cíclopes la ruta de Ulises, de aves Rock la de Simbad, de aviesos enanos y benévolos gigantes la de Jonathan Swift. El viaje fracasado, vale decir, aquél del cual se regresa, tiene el efecto perverso de hacernos ver lo cotidiano como incomprensible.

3
Todo viaje es trayecto a los suburbios del ser. No debemos despreciar los paseos a los arrabales de la literatura, zonas marginales donde no imperan preceptivas ni leyes. Todas las utopías son antípodas de la organización social presente, y por lo tanto requieren una travesía para visitarlas. En las romerías a otros planetas o de otros planetas al nuestro nos encontramos sin mayor sorpresa a nosotros mismos. Cyrano de Bergerac nos traslada a un Sol en el cual las viajeras son las ciudades y no sus habitantes. H.G. Wells nos lleva a la luna para pasearnos por un hormiguero de seres llegados al último extremo de la especialización, que al igual que los burócratas cumple cada uno con una función y solamente con ella. Sus marcianos son seres llegados al pináculo de la evolución civilizada, en los cuales la enorme cabeza pensante ha reducido el cuerpo a una decena de tentáculos que fungen de manos y a un pico con el cual succiona el alimento digerido por sus víctimas. El viajero en el tiempo se adentra en un futuro que parece al principio de infantil decadencia y es al fin de explotación devoradora, para luego seguir hasta el umbral de la muerte del sol, o de la propia. Se nos predica que el viaje en el tiempo es una paradoja imposible, cuando la única paradoja es el tiempo, la mutación, vale decir, el viaje.
4
También nos encontramos con uniforme predecibilidad a nosotros mismos en los viajes fantásticos. Como a Ulises, nos atraen cantos de sirenas y nos animalizan hechiceras. Los científicos de la isla volante de Laputa, que visten trajes geométricos e inventan lenguajes que consisten en mostrar los objetos, son los mismos académicos que pululan en nuestras universidades. Robinson no saca mayor utilidad de su exilio que confirmarse colonialista y esclavista. El peor monstruo que encuentra el capitán Nemo tras veinte mil millas de viaje submarino es la flota imperialista sin bandera que destruyó su país. El mundo geométrico en dos dimensiones de Flatland, de Abbot, es un teorema sobre las clases sociales y la revolución, definida como revuelta de los polígonos de pocos lados contra aquellos que tienen tantos que se confunden con la esfera. “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” no es más que doctrinaria ejemplificación del idealismo de Borges. Los alucinantes cosmos del Hacedor de estrellas de Olaf Stapledon son, puntualmente, nuestros triviales errores magnificados a talla inconmensurable.

5
Así como hay individuos fundados sobre un viaje, hay países constituidos por la relación de un Éxodo. El Descubrimiento de América, que resulta de la fantasía de Marco Polo, y su Conquista, que se alimenta del delirio de El Dorado, paradójicamente sujetan la literatura de viajes al trivial pragmatismo de instructivos para el apoderamiento del mundo. Colón confunde el Delta del Orinoco con el Paraíso y Walter Ralegh las fuentes del Caroní con Manoa, pero sólo como señuelos de una literatura promocional que predica la conquista, la colonización y la inversión provechosa en los dominios ultramarinos. Sobre cada uno de estos textos se construyen imperios. España en expansión escribe la Crónica de Indias, Inglaterra predatoria las errabundas parábolas de Daniel Defoe, de Jonathan Swift, de Robert Louis Stevenson.
6
El mito central de Estados Unidos parte de dos viajes: uno fundacional, el del Mayflower, y otro expansivo, la infatigable acometida hacia los territorios ajenos que llamaron fronteras. Casi no hay obra maestra estadounidense que no narre una trashumancia. Desde Moby Dick hasta Huckleberry Finn, desde Hojas de hierba hasta Arthur Gordon Pym; desde On the road hasta The movable feast, intentan todas escapar de una frontera o un destino que se cierra. Y sin embargo, en algún momento las marchas occidentales acompañadas de aparatosas fanfarrias de carga dudan de si mismas. Si Ridder Haggard, Rudyard Kipling, Jack London, Joseph Conrad en sus primeros textos parecen complacerse por la intrépida penetración del civilizado en las vastedades, en sus narrativas maduras arrojan una atroz duda sobre la conveniencia de perturbar al pagano, que Kipling apostrofa como “medio demonio y medio niño”. Pero el niño Kim aprende del Lama el vértigo de la visión de la totalidad, sin poder enseñarle ninguna de sus estratagemas de espía. El demonio Kurtz se extingue en El Corazón de las Tinieblas sin haber podido iluminarlas ni iluminarse; el capitán Spender, de Crónicas marcianas, vuela al planeta rojo y muere transmutado en marciano. Quien viaja para convertir al otro, termina convertido en él.
7
La modernidad inaugura otro avatar del viaje. No es ya el peregrino quien va a ser asombrado por la vastedad del mundo. Es el mundo el que debe quedar atónito ante la inagotable exhibición de los utensilios mediante los cuales el civilizado afirma su irresistible ascensión al dominio del planeta. Encerrado en el útero del Nautilus, perforando la selva en el elefante mecánico movido a vapor, surcando los aires en la cabina del Albatros, circundando la luna en el proyectil disparado por el Columbiad, pasando de vehículo en vehículo para completar la vuelta al mundo en ochenta días, el viajero mide, pesa, cataloga, registra un mundo sometido a la avasalladora conquista del progreso, Construir la máquina es hacer el viaje, cuya finalidad última es anular la diferencia entre el punto de partida y la meta.

(texto/fotos: Lbg)