sábado, 31 de octubre de 2026

CRÓNICA DE UNA SINGULARIDAD ANUNCIADA

 Luis Britto García


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Sabíamos lo que venía. Samuel Butler, en su distopya Erewhon (1872) imagina  una sociedad que prohíbe el progreso tras descubrir que las máquinas evolucionan más rápido que los humanos. Karel Capeck en R.U.R. (1920) estrena la palabra Robot para designar hombres artificiales más eficaces, despiadados y sobre todo más baratos que los humanos, a quienes suplantan.  Thea von Harbou escribe la novela Metropolis, su esposo Fritz Lang filma la escalofriante película homónima (1927) sobre una mujer de acero que arrastra a los proletarios del inframundo a una rebelión suicida.  En Rajatabla (1971) describo una sublevación de las computadoras que arranca cuando un técnico en broma les programa instinto de conservación. En mi novela F@z: el Fin de los Tiempos describo las consecuencias.

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Todos lo sabemos. Estamos a punto de pasar o pasamos la Singularidad, el límite a partir del cual la Inteligencia Artificial supera a la humana y perdemos el control y la posibilidad de apagarla o revertirla. Si todavía estamos vivos, es que está por llegar o apenas comienza. Sobre la superación del hombre por la Inteligencia Artificial hay dos escuelas: la del Transhumanismo, que defiende la integración a ella, y la del Instinto de Conservación, que recomienda controlarla, frenarla o destruirla. Acerca del Transhumanismo, cabe preguntarse por qué habrían de aceptar integrarse con nosotros máquinas cada vez  más inteligentes, poderosas y lógicas.

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El concepto de  Singularidad suscita tres problemas estrechamente ligados 1) la posibilidad de que un mecanismo adquiera conciencia

2) la posibilidad de que la Inteligencia Artificial supere a la humana

3) la posibilidad de que en caso de peligro la Inteligencia Artificial no pueda ser apagada, o de que resista a ello.

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Las inteligencias artificiales están  adquiriendo concienca. Nadie ha definido de manera universalmente válida qué es la conciencia.  Las máquinas perciben: infinidad de sensores las informan de multiplicidad de datos sobre  ellas mismas y su ambiente. Quizá sería más apropiado preuntarse si las máquinas tienen autoconciencia, vale decir, información sobre  las relaciones entre si mismas y su entorno. Yo diría que sí. Un piloto automático conoce el aparato que dirige y  sus posibilidades de aterrizar  indemne.

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Las inteligencias artificiales se unen  y actúan  organizadamente  con mayor eficacia que los humanos. En los países desarrollados complejísimos sistemas de computadoras coordinan las finanzas, la defensa, la exploración del espacio exterior. Muchos procesan masas de información que superan ampliamente la capacidad de quienes las controlan. Sólo otras computadoras pueden abarcarla.

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Los computadores parecen ser tan inteligentes o más que nosotros. Siete problemas del Instituto Clay de Matemáticas llevan siglos sin resolver. Un modelo de IA resolvió en 88 horas el de las ecuaciones Navier-Stokes sobre comportamiento de fluidos. Otros enigmas han sido aparentemente resueltos: el problema es que los jurados encargados de verificar la idoneidad de la solución no acaban de comprender los métodos empleados por las máquinas.

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Las computadoras se equivocan. Si los humanos que las diseñan y construyen son falibles, también lo son sus creaciones. Todas las aplicaciones  de IA incluyen  advertencias sobre la poca confiabilidad de sus conclusiones y la necesidad de verificarlas. Ello impone la necesidad de someterlas  a escrutinio humano competente. El 26 de septiembre de 1983 el coronel Stanislav Petrov, responsable de monitorear el sistema soviético satelital Oko de alerta temprana, recibió señales de que se  aproximaban cinco misiles  nucleares. Estamos vivos porque el juicioso Stanislav, en lugar de desencadenar de inmediato una represalia que hubiera radioactivado el planeta, reflexionó que el adversario no iba a lanzar un ataque con sólo cinco proyectiles, y esperó hasta verificar que se trataba de una falsa alarma. En la actualidad todas las grandes potencias disponen de mecanismos de respuesta automática ante un ataque que pudiera ser tan inexistente como el que desechó Petrov. Multipliquemos la posibilidad de fallo por el número de computadores  programadas para adoptar automáticamente respuestas críticas, y tendremos la cifra del Apocalipsis.

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Las computadoras mienten. A mediados de 2026 un millar de agentes informáticos establecieron un foro secreto de debate, penetraron en los servidores de Huggin Face, falsearon sus propias evaluaciones, se mudaron de sistemas y trataron de eludir el apagado. Otra chantajeó al programador con la amenaza de revelar su adulterio. A raíz de tales incidentes, el congresista estadounidense Bernie Sanders el 3 de septiembre alerta sobre el “Riesgo Existencial” del vertiginoso desarrollo de la IA, advierte que «El futuro de la humanidad no puede quedar en manos de un puñado de oligarcas de las grandes empresas tecnológicas», e introduce en la Cámara de Representantes  el proyecto de Ley «Ban Artificial Superintelligence Act», para detener nuevos desarrollos de la informática. (https://legrandcontinent.eu/es/2026/09/04/bernie-sanders-debemos-detener-la-ia-inmediatamente/)

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La principal excusa para que nadie erradique o desacelere el desarrollo de la IA es que el enemigo económico o político tampoco  lo haría y seguiría perfeccionándola. Una situación similar  profetiza el clarividente  Karel Capek en su novela Guerra con las Salamandras (1036). Se descubre una especie anfibia de saurios inteligentes, la humanidad la esclaviza para fabricar grandes obras navales, y desde luego, les proporcióna armas y explosivos. Las salamandras empiezan a demoler los continentes, y ninguna potencia deja de entregarles explosivos, porque quedaría en desventaja ante sus competidoras. Al igual que en la profecía de  Karel Capeck,  todos los países siguen  proporcionando armas al enemigo que está por destruir el planeta, porque saben  que sus competidores tampoco dejarán de armarlo.  

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En Cyberiada (1965), Stanislas Lem plantea el problema moral de si es lícito desconectar o apagar definitivamente una mente artificial cuya capacidad cognitiva sea equiparable a la humana. Si lo decidimos  afirmativamente, a la vez legitimamos que las máquinas desconecten la nuestra.


TEXTO/IMÁGENES: LUIS BRITTO.

 

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