domingo, 17 de agosto de 2014

LA ORGÍA IMAGINARIA/LOS CONSTRUCTORES DE BABEL


        
              Vamos a construirnos una ciudad y una                  torre, cuya cúspide toque los cielos y nos               haga famosos, por si tenemos que
              dividirnos por la faz de la tierra.
                                                       Génesis, 11
Cada quien contará esta historia a su manera. En tiempos en que los hombres eran muchos y muy sabios, por soberbia quisieron construir una torre que les permitiera invadir los cielos. Éste no fue el verdadero milagro. El verdadero milagro consistió en que todos sin discrepancia aceptaran la erección de la torre; todos sin pugna acordaran el mismo sitio para elevarla, todos sin disputa aceptaran el mismo diseño, y todos sin discusión la titánica esclavitud a una reina de piedra que aún no existía.
Los constructores de la torre empezaron desde entonces a andar erguidos, como apuntando a los cielos, a considerar la vida misma como una construcción en progreso, que debía avanzar cada día, a sentirse cada instante más lejanos del suelo, como si ya sólo debieran abrir las ventanas de sus párpados para permitir el paso de cometas o
estrellas fugaces o pájaros. Cada día de sus vidas y cada piso de la torre los acercaban a una geometría del ser más perfecta e irrespirable —pues si la base del monstruo podía ser chata y cloacal y sobredecorada, su cima habría de ser espectral y casi sin forma a fuerza de depurada.

Sin duda llegaron a concluirla. El último día de las obras, verificaron que bajo las bases de la torre no quedaba ni un solo grano de tierra que transportar a la cumbre para acrecentar su altura —océanos, cordilleras, canteras, continentes y desiertos habían sido molidos e integrados en el alfiler desmesurado cuya punta no conducía a otro sitio que el vacío. Desde la última atalaya, el Arquitecto Supremo contempló la negrura sin atenuaciones que se extendía sin término por encima de la cumbre desolada. El Arquitecto Supremo gritó, se cubrió el rostro con las manos y, volviéndose hacia el abismo, ordenó la demolición de las bases de la torre para añadir aun pisos suplementarios a la vertiginosa aguja —la torre crecería devorándose a sí misma, violando la Nada con su ariete siempre en crecimiento y siempre en destrucción.
En alguno de los pisos resonó un alarido que era casi un eco. Con un frenesí hasta entonces desconocido entre los constructores, un albañil propuso demoler los pisos superiores para reconstruir la mole de detritus planetarios que en el comienzo había servido de punto de apoyo a la torre. Reía o lloraba, nunca se supo, pues el maestro de construcción que tomó la palabra para apoyarlo terminó proponiendo demoler la torre para reconstruirla exactamente, pero con las bases en
el lugar de la cima, y ésta en el lugar de la base. La gritería subsiguiente fue dominada por los alaridos de un oficial de andamios que proponía demoler la torre (que no podía ser infinitamente grande) para construir con ella una miríada de torres infinitamente pequeñas. A su lado, un ingeniero de poleas propuso la demolición de la torre para construir a su alrededor un muro que bloqueara la visión devorante del vacío. A cuyas espaldas los aprendices canteros comenzaron a darse bofetones
discutiendo de cuál lado de tal muralla convendría dejar aislado el vacío. Pero todo recuento sería ocioso. Baste decir que cada constructor emitió un proyecto, y que cada proyecto difería de los restantes como la Nada de la torre que apuntaba hacia ella, como un índice cuya presencia nadie parecía poder tolerar. Las tergiversaciones posteriores hablan de un acto divino que nos
redujo a la falta de cooperación, la incomunicabilidad y la incoherencia, que desde entonces nos han impedido concluir cualquier otra torre, porque cuando un constructor empieza a abrir una ventana, ya otro está tapiándola, y un tercero sustituyéndola por un túnel, y un cuarto
comienza por encima de éste un puente, y un quinto lo destruye todo. O el mismo constructor que comienza a tallar un paralelepípedo, prosigue
devastando un icosaedro y concluye dejando en la cantera una piedra esférica cuyo propósito ha olvidado. Por modo que siempre estamos
solos, nunca comprendemos nada, y nuestro trabajo nunca termina.

La explicación es otra, más sencilla. Los primeros hombres no fracasaron. La torre originaria alcanzó su destino. Esto es el cielo.
(TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO)