viernes, 22 de agosto de 2014

LA ORGÍA IMAGINARIA/LOS CONSTRUCTORES DEL CUBO


A = 12
V = 13
Sobre Mileto pasaron los persas, derribando por igual muros y seres, hasta borrar toda huella de acto humano, como sobre un tablero. Cuando por fin los persas fueron también borrados sobre el mar, los sobrevivientes de Mileto llamaron al arquitecto Hipódamo para que les construyera una nueva ciudad. Hipódamo paseó sobre la ladera del puerto, cuya hipérbole le sugirió la sinuosidad del lecho, y cuya playa la secreta curvatura de la carne. Enfebrecido por la redondez solar, Hipódamo apoyó su cráneo esférico sobre la arena blanquecina del patio donde hacía sus trazados, y soñó una ciudad de cubos. A los ciudadanos que se quejaron del disparate, les replicó evidenciándoles la exacta aprehensibilidad del rectángulo y la simétrica repetibilidad del cubo. No bastaría toda la biblioteca de Atenas para describir la forma de una flor —les dijo— y yo, con una sola medida y tres potencias, encierro ya en la cúpula de mi cabeza la exacta dimensión, forma y volumen de Mileto. En vano le argumentaron que el cubo no existe en la naturaleza, que las carnes esféricas padecerían rebotando en paredes rectangulares, heridas por esquinas rectas, sumidas en rincones rectangulares. Que las mentes miléticas enloquecerían por la monotonía de los trapecios precediendo a trapecios y medidos por trapecios; que estar en una sola de las moradas de la ciudad sería ya estar en todas, y que acaso ser uno de sus ciudadanos sería ser al mismo tiempo todos ellos. Este argumento, que la envidia aguzó contra Hipódamo, fue al cabo la irresistible palanca que le aseguró el apoyo de los gobernantes. Por encima de los senos carnales y de las apófisis biomorfas de la ladera, se instauró el cuadriculado del plano regulador de Mileto. En adelante, bastará multiplicarlo hacia el naciente y hacia el poniente, hacia el austro y el septentrión, y todo el mundo será Mileto, dijo Hipódamo, entre la polvareda de la colina aplanada. ¿Y hacia abajo, maestro? preguntó uno de sus oficiales, elevando los andamios ¿Y hacia arriba? ¿También los astros serán cubos? Preguntó uno de los aprendices, midiendo los cúbicos bloques de piedra. Cuando veas cubos en los astros —contestó el arquitecto— sabrás que Hipódamo los ha conquistado. ¿Y en la flor, Maestro? preguntó el geómetra, sacudiendo dientes de león de sus cordeles, y estirándolos para que dieran la intersección mágica del ángulo recto. La razón me convence —contestó el Maestro— de que la misma argucia empleada por un visionario para construir una morada fue usada por los dioses para construir este pétalo.

Esa noche, Hipódamo soñó la medida y las potencias que harían aprehensible la geometría de la flor y las operaciones que permitirían repetirla hasta el infinito. A la mañana siguiente, las trazó en la arena del patio, y miró como el viento las borraba, sin contestar las preguntas de aprendices, oficiales y maestros. —Si los astros florecieran— dijo para sí, mientras la esfera solar era bisectada por el metálico plano del mar— nadie sabría que Hipódamo los ha conquistado.


(TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO)