sábado, 27 de abril de 2013

LAS ESTÉTICAS DE LA EPOPEYA COLECTIVA EN EL CARIBE


PONENCIA EN EL III ENCUENTRO DE LA ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DEL CARIBE, GUADALUPE 

         Caribe, vorágine de vientos y corrientes, nación indígena,  Mediterráneo americano cuya posesión significó el dominio del mundo, caleidoscópica diversidad, manera de ser. Este piélago habla.  Amo el Caribe, dice André Pyeire de Mandiargues, porque es el paraje geográfico más próximo a la alucinación. La cultura es el paisaje, añade Lezama Lima. No deberíamos ser demasiado diferentes del ámbito que vivimos y de la historia que nos engendra. Pensemos  en este mundo sobre el cual  evitan meditar tantos de sus habitantes.  El mar lo agobia de infinito. Las aguas separan y  comunican islas que brotan del abismo como dientes de una desgastada mandíbula de tiburón. La costa deviene patria de todos los que no tienen ninguna:  mercaderes,  filibusteros, demagogos. Late el Caribe con la sístole y la diástole de lo unitario y lo diverso.  El Caribe no es una topografía, sino una geografía del estilo.

Sensualidad

Nuestros antepasados apenas tienen algo más que sus cuerpos. La piel es experiencia. El éxtasis es la desnudez.  El trópico,  dice Gabriel García Márquez, huele a guayaba podrida. Todo exhala materia de la vida a la cual la proximidad  de la muerte exacerba y exalta. El sol es chisporroteo o destello.  El calor infunde a lo inanimado  tibieza corporal y al agua  calidez de sangre.  Hasta la muerte mineral del mar palpita. El Caribe es el modo de vida de la fiebre.

Musicalidad

         Para indios y  africanos  la música es el centro de la vida social. También para el marino, cuyas faenas  acompasa la melodía.  Andar y baile tienen cadencia de ola. El habla del Caribe canta, y por momentos danza. No porque  su literatura  ficcionalice  alguna estrella de la canción o  parodie su culto. No en balde pertenecen al ámbito del Caribe los grandes precursores del modernismo, José Martí y José Antonio Pérez Bonalde. No por casualidad lo que viene después suena a tambor: Nicolás Guillén y Boom. No por nada la postmodernidad sobrevive en novelas con nombre de partituras: Los reyes del mambo tocan canciones de amor, de Oscar Hijuelos; Que viva la música de Andrés Caicedo, Bolero de Lisandro Otero
Barroco
Durante medio milenio se exterminan en un mismo mar arawaks, caribes, españoles, alemanes, franceses, ingleses, holandeses, daneses,  africanos, católicos, calvinistas, libertinos, absolutistas, republicanos, utopistas, anarquistas. Todos lo hacen en nombre de sus propios fetiches.  Menos feroces que sus cultores, sus ídolos hacen las paces. En la cultura resultante coexisten sin rechazo inmunológico signos antagónicos. Según Lezama Lima, el barroco  es lo que interesa de España y de España en América. En el Caribe todo se sincretiza. Los dioses de la mitología caribe, Akodumo, el Señor de las Aguas; Ioroska, el Señor de la Muerte; Maware, el Señor de las Cumbres, Kaputano Tumonka, el Señor de los Cielos, junto con Aché de Imbangala, renacen infinitamente como santos. Los exterminados caribes insulares, los galibis, renacen en los esclavos fugados que acogen, y éstos se vuelven garifunas, caribes negros cuyo lenguaje resume cuatro idiomas.  Idiomas en guerra engendran mestizos, como el papiamento. Toda ceremonia desposa el paroxismo barroco y el desmadre conceptista. El barroco, arte oficial de la Contrarreforma que salva las almas mediante la abrumación sensorial, en el Caribe las pierde  por vías de la confusión sensible.

Utopía

La Utopía es la partida de nacimiento del Caribe moderno. En él encuentra Colón “indicios certísimos de Paraíso”. Tomás Moro hace que su Utopía sea narrada por Rafael Hitloday, tripulante de Américo Vespucio. Francis Bacon sitúa en el Nuevo Mundo su Nueva Atlántida. El Caribe ofrece al europeo el escándalo de seres que parecen vivir en la Edad de Oro, sin diferencia de castas, autoridades ni jerarquías. Son los buenos salvajes que servirán de paradigma para  Montaigne,  Voltaire y Rousseau, y de modelo para todas las revoluciones. Mientras son libres, no imitan a los europeos. Éstos los mimetizan cada vez que se liberan: se unen a los indios, como el conquistador Martín Tinajero en Venezuela, fundan la igualitaria y fraternal Hermandad de la Costa en las Antillas o la colonia comunista de Nueva Plymouth.
         Delirio
Todo en el Caribe estimula el asombro. Lo real parece inverosímil. Lo inverosímil es el nombre de lo verídico. En su abismo fulgura el coral de la alucinación. En su orgía luminosa, es el Caribe camposanto de terribles fantasmas: el caribe, el cimarrón, el bucanero, el dictador, el zombi, el santero. De allí el realismo mágico, lo maravilloso, lo real maravilloso.  No surgen de observar las creencias africanas y las mitologías indígenas con óptica europea.  Similar es el resultado de examinar la catedral barroca y la fortaleza  estrellada con los ojos del hombre primigenio.  En ningún otro sitio se rechaza tan visceralmente la lógica cartesiana o la Razón instrumental. Ambas son armas del enemigo: del tumulto de enemigos. La invasión europea, que en Tierra Firme impuso una religión católica y dos lenguas romances, fragmentó el Caribe en una miríada de lenguas y una proliferación de sectas. La profusión de signos los descontextualiza mutuamente.
Fatalidad
 Los europeos reestrenan la tragedia de Caín mediante hecatombes atroces, desarraigos planetarios,  poderes  devoradores. Los pueblos originarios son exterminados, se dejan morir o se suicidan. Refiere el padre Labat que  los esclavos negros también se matan en masa, esperando resucitar en África. Los amos les cortan cabezas y brazos, para infundirles el temor de que revivirán acéfalos y sin miembros.  En el Caribe los imperios juegan el mismo papel que el destino en la tragedia griega. Sobre la inocencia de la playa vela el laberinto  de la fortaleza. Por la fiesta del mar discurren el tiburón y la cañonera. Sobre ellos amenaza la catarsis del huracán celeste o humano.

Desasimiento
La comparsa desfila por fuera, la procesión anda por dentro. Tras el fastuoso carnaval atisba la distancia. El tumulto es reverberante silencio. La extroversión es barrera que protege el estoicismo del Yo de todo  vasallaje. Ni caribes ni arawaks admiten jerarquías distintas de las familiares. No reconoce el caribeño más estructuras que las de la solidaridad tribal. Su devoción nunca va hacia lo hereditario, lo institucional ni lo abstracto. Lo solemne es picúo para el cubano y pavoso para el venezolano. Guasa es rebelión.  En el principio no  hubo en el Caribe  jerarquías, ni las habrá al final.
Caribe, nombre secreto de la felicidad.

TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO
LA ÚLTIMA IMAGEN ES DE ANDRE BANSART