viernes, 5 de septiembre de 2014

LA ORGÍA IMAGINARIA/LOS EXÁMENES



Su ciencia puede ser igualada, pero su fingida ignorancia, no.
Confucio: Tercer Libro Clásico.

Hijo de campesino, Wu Mei descolló en la pequeña escuela campesina de ventanas octogonales donde llegaron los enviados del Emperador a hacer los exámenes para reclutar funcionarios. Su caligrafía fue tan excelente, su conocimiento de los clásicos tan firme, su interpretación de ellos tan atrevida y a la vez tan ortodoxa, su vuelo poético tan delicado, que los examinadores al principio sospecharon del maestro, y sólo la zafia ignorancia de este último pudo convencerlos de que Wu Mei había triunfado sin ayuda indebida. El venerable examinador, juzgando que el caso podía ser calificado como de firme y clara lámpara, recomendó un traslado a la ciudad, para determinar los alcances y el peso de tan señalado mérito. Allí, un cónclave de ancianos escudriñó implacablemente los méritos de Wu Mei, que se extendían, no sólo al conocimiento y manejo de los cásicos, sino además al intrincado curso de las ceremonias del arco, el tiro, la danza de la espada, la pintura y el tañido de las delicadas arpas, en un grado tal que la junta debió declararlo firme y transparente astro. El más erudito de los examinadores advirtió, sin embargo, que algunos toques de excelencia en las pruebas, o más bien la pareja y aterradora perfección demostrada en el conjunto de ellas, ameritaba dejar de lado los prescritos años de espera antes de someter a Wu Mei al tercer escrutinio de talento, aquél que se tiene sólo entre los maestros supremos en cada arte, donde el rencor de los jueces debe batallar con su admiración. El corto lapso de preparación no impidió a Wu Mei presentar excelsas demostraciones en improvisación poética, teatral y musical, en disputa astronómica, interpretación de horóscopo y augurios, danza cortesana, etiqueta, artes marciales y administrativas, y en la compleja ciencia del equilibrio entre tan descollantes talentos. En ceremonia solemne y secreta —pues los mecanismos del secreto se espesaban a medida que progresaba la mecánica de los exámenes— los maestros vencidos lo declararon bondadosa y dadivosa luna. El cuarto creciente destellaba sobre los jardines de palacio, y, mirándolo, Wu Mei intuyó que también acortarían los plazos para la cuarta y más rigurosa serie de los exámenes del insuperable mérito. Se lo transportó en una silla de mano tapada, hasta un palacio amurallado, donde, vendado, llegó a un pabellón sin otra luz solar que la que lucía por escondidas rendijas. Se lo vigilaba, quizás. Una o dos veces cruzaron con él palabras que no parecían tener sentido sabios disfrazados de criados, o criados disfrazados de sabios. Acaso se lo juzgaba por los abanicos que elegía, o por el orden en que plegaba las túnicas. Toda una tarde estuvo frente a él un ermitaño, contemplándolo sin decir palabra. El ermitaño dejó caer de su mano una piedrecilla; Wu Mei evitó contemplarla, pero sin hacerse violencia, y logró por el contrario que el ermitaño contemplara una hoja seca que horas antes el azar había hecho caer en la recámara. Pasó un tiempo quizá infinito. Un canto lejano comenzó a surgir de los pabellones más remotos del palacio. Wu Mei escuchó que criados sutilmente silenciosos quitaban de las ventanas del pabellón las pantallas que habían impedido el paso de la luz. Wu Mei comprendió que había vencido el cuarto orden de las pruebas, y que sería declarado sol incomparable y cimero apenas la claridad enceguecedora eclipsara la constelación de la carpa, que rayaba el horizonte de la noche invernal, mientras los criados extinguían una a una las lámparas de papel del palacio. Entonces, adivinó que había fallado. El artífice de todo sistema de exámenes debía necesariamente disponerlo, no sólo para desechar la falta de mérito, sino también para excluir el peligroso exceso de éste. Wu Mei inclinó la cabeza, mucho antes de que el primer rayo de luz hiciera visible la metálica formación de soldados que hacía un círculo alrededor del pabellón, y del verdugo.
(TEXTO: LUIS BRITTO/FOTOS: ANTONIETA SOSA)