sábado, 21 de diciembre de 2013

LA COLA


JUZGADO DÉCIMO DE INSTRUCCIÓN
En el día de hoy, catorce de noviembre, siendo las nueve y media de la mañana, compareció ante este Tribunal una persona que bajo juramento dijo llamar­se JULIO HERNÁN BAEZ, de veinticinco años de edad, soltero, de profesión vendedor ambulante, de este domicilio, quien dijo haber extraviado sus documentos de identidad. Impuesto de los hechos que se averiguan y  de generalidades de la Ley sobre testigos, expreso que no tenía impedimentos para declarar, y al respecto dijo : "Yo había estado esa tarde haciendo las diligen­cias importantes para la obtención del certificado im­prescindible y desde las dos hacía cola en el patio de la oficina, zona en donde tanto calor, tanto papel, tanta estampilla, tanto vuelva mañana formaban una casi sólida presencia que hacía que la hilera se desviara y que los más próximos solicitantes trataran de ignorarla com­prándole a los vendedores el café café el jugo de parchi­ta o releyendo el comprobante o tratando de adivinar qué había que poner en la casilla cuarta de la línea ter­cera o si era cierto que cada una de las aseveraciones re­queridas anulaba automáticamente las anteriores, o que lo escrito en unas planillas viajaba a veces  hacia .otras y así en millones de casos venía a producir­se un caos que obedecía a ciertas  leyes de ar­monía aplicables a otro orden de la vida. Entre los es­cribientes había escándalos, se revolvían libros con alar­ma, había documentos sobre terrenos que cambiaban de forma y cuyos linderos eran adyacentes a los de fundos no contiguos, otros que comprendían planos que figura­ban partes innominables del cuerpo humano, se temían litigios entre propietarios de inmuebles que se interpe­netraban y eran distintos a pesar de estar en el mismo sitio y en la misma época, se había intentado registrar títulos de propiedad sobre fluyentes franjas de vapor de agua, sobre las corrientes oceánicas, sobre el color de la ictericia, sobre el retardo en los expedientes, sobre el polvo que cayó en un informe extraviado du­rante la sesión ordinaria de la Cámara de Diputados que tuvo lugar el veintidós de abril de mil novecientos trein­ta y ocho. Un perro amarillento iba de un extremo a otro de la fila, jadeando con rapidez cada vez mayor. Temí el momento en que la inspiración y la espiración se confundieran. En efecto, el perro se sentó, su aliento comenzó a cortarse, minutos después nos miraba con esos ojos expansivos de quien ya no está respirando. Desvié el rostro hacia otro lugar. Un calendario colgaba de la pared. El orden  de sus días estaba invertido. En la cola, dos puestos adelante, una señora sollozaba.  Tra­té de localizar  qué era lo que en particular me causaba molestias, y llegué a distinguir, a una cuarta del suelo, y cerca del zapato del solicitante anterior a mí,  una mosca  que se sostenía en el aire sin moverse del mismo sitio, como un colibrí. El zumbido era casi musical, aunque  a veces se dilataba en: un inexplicable silencio que me producía  modorra. En eso, comenzaron a co­rrer los segundos para el vencimiento del comprobante. Advertí que, interrumpida la continuidad de la serie de diligencias, el comprobante comenzaría a sufrir de un asma angustiosa e insoportable que se manifestaría por un doloroso enrollamiento de las puntas un acezar un sufrir que daría grima tenerlo en las manos como si fuera un trozo de cerebro recién extraído o un corazón tibio y no habría remedio no se calmaría ni siguiera pintándolo con tinta para sellos. En algún momento que recuerdo vagamente, la cola comenzó a moverse; terminé por verme frente a una taquilla en la cual sólo dis­tinguí una mano masculina que tomó mis documentos, los selló y me los devolvió. Noté que la mano tenía largas uñas pintadas de un violento rojo. Caminé hacia otra taquilla y esperé. El sello había sido estampado en tinta azul y consistía en un dibujo obsceno. Otra mano me hizo una señal, me aproximé, pagué el derecho, presenté la cédula, firmé la solicitud, entregué el comprobante, inutilicé la estampilla, y vi cómo la taquilla se cerraba, dejando dentro todos mis papeles. Esperé hasta que, tras la ventanilla, creí oir un cacareo. Trabajosamente, me alcé sobre el tabique y no vi a nadie. Un policía me informó que aquella taquilla jamás había funcionado. Entré a la Oficina de al lado. El sol caía sobre archivos vacíos; en algunas gavetas  habían quedado  encerradas rayas de claridad que se conservaban a pesar de que la iluminación había cambiado de di­rección; en el fondo de los cajones de latón, hebras de un amarillo casi transparente delataban los cadáveres de las luces de días anteriores. Durante mucho rato imaginé las noches de aquella habitación, con sus claros hilos torciéndose en las gavetas como peces en remotos acuarios. Sentí sed, encontré un caramelo en un escritorio desocupado, lamenté no haber leído los periódicos, me senté en un taburete giratorio, esperé. Corría un aire con olor a sal. Pero mi atención se dirigía hacia otro objeto. Algunas veces, al viajar, vamos observando las perspectivas anteriores a una cuesta, y a medida que ascen­demos, todo se transforma en una tristeza inerte, fría, como si el tiempo se fuera estirando, hasta que, finalmente, en la cima, todo se ilumina; es la perspectiva mental la que cambia; lo he observado, el cuerpo se alegra de la proximidad de su descanso... Quizá sólo cuando la mente ha llegado hasta la cima desde donde abarca mucho se aviene con alegría también a su descenso ¡Qué sé yo! ¡Qué de cuestas ignoradas aún por escalar dentro de nuestro espíritu, para sentir finalmente que nos descubren paisajes ocultos, sitios de cuya belleza no podemos evadirnos, encantados círculos en los cuales podremos quedarnos! Aquella habitación, por su misma falta de significado, me proponía un vasto sistema de las cosas, una frenética felicidad que podía es­tallar en cualquier momento y cuyo imperio detendría las grandes movilizaciones de los sucesos que se constituían alrededor de mi vida. En eso, una de las puertas chirrió, fue abriéndose lentamente, dejó ver otra oficina. El ocupante, un anciano con lentes montados al aire, estaba sentado en el suelo, con el dedo índice de la mano derecha en un tomacorriente, como señalando al otro mundo en un momento en que del otro mundo un doble suyo debía estar señalando hacia este. La mueca del rostro, el hervor del charco de orina que se había formado en el piso, me hicieron comprender que la electricidad lo había matado. En el escritorio, una caja de lápices de colores y una taza de café, volcada. Un zumbido me sobresaltó. La electricidad derretía los trabajos dentales. Goterones de metal caían sobre la pe­chera del viejo. Me fui, cerrando la puerta cuidadosa­mente. En la oficina contigua, un personal de oficinistas con máquinas de calcular contaba el número  de agujeros existentes en toda la dependencia, en la ciudad, en el país, en el mundo. Salí a un borroso crepúsculo que se convirtió en madrugada mientras yo doblaba esquinas y repartía mis pasos por rincones en donde ha­bía ecos en plena decrepitud o moribundos, u otros ya difuntos, que sólo eran un esponjoso silencio. Cuando la redada me detuvo, ya yo estaba fuera del alcance de toda voz humana. Es todo cuanto tengo que declarar". Fue interrogado así: 1) ¿Diga el sentido de la disposición de las epífitas en los cables del alumbrado? Con­testó: "Escalinatas en las cuales entre escalón y escalón existen a su vez escalinatas en las cuales entre escalón y escalón existen a su vez escalinatas". 2) ¿Diga en qué forma los viejos cortes de casimir, las corbatas mancha­das? Contestó: "Recipientes para almacenar la mayor cantidad posible de Norte y cambiarla por una cantidad equivalente de Sur". 3) ¿Cuántas clases de sombra posibles entre dos cuerpos adyacentes iluminados desde un mismo punto? Contestó: "Dar vueltas durante  la eternidad dentro de un foso de concreto, alrededor de un cubo también de concreto, con la sospecha de que dentro de este cubo intentan volar golondrinas que chocan con las paredes oscuras". 4) ¿En qué lugar los concursos de personas que representan figuras diversas por ejemplo abanicos por ejemplo raquetas por ejemplo bastones, sirviéndose de metros plegadizos? Contestó: "Colocado el pulgar y el meñique cruzados y el medio y el anular yuxtapuestos, se produce la sombra chinesca de una .corbeta con mascaron de proa navegando con los foques recogidos y las culebrinas disparando una andanada de balas encadenadas contra una fragata con el trinquete y el palo mayor seccionados, incendiadas las velas de mesana, seriamente lesionado el ballestrinque y con el capitán herido que da órdenes a las gaviotas a los delfines a las cotorras a los albatros a las focas a los bacalaos al viento a la estrella Polar a los grados medidos con el octante a la invadiente omnipresente espuma". 5) ¿Hacia cuál dirección los pasos los chirridos de los grillos que se oyen durante el sueño? Contestó: "Un tiburón es impredecible. Desde los más reputadamente antropófagos hasta los universalmen­te despreciados por inofensivos pueden tener reacciones que contradigan todas las experiencias anteriores. Así puedes ver cómo a la luz pulsante que descien­de de las olas uno de ellos se pasea con lentitud y sus músculos forman alternativa y perezosamente bultos bajo la piel que es un negro papel de lija y las hende­duras branquiales se agitan pesadamente y sabes que ese tal está perdido en un nimbo de borrachera de mur­mullo de aguas y que no hará caso de ti, similarmente, altos y contra la luz más bien fantasmas debido a la pa­lidez del vientre de goma que contrasta con el lomo de piedra, dos más que pueden estar limitados en esa ronda de la indecisión de la que sólo movimientos espasmódicos, el olor de la sangre de de un pez o un brillo inusitado los sacarán y los moverán a ir cerrando la espi­ral momento en que un avance hacia ellos, gritar bajo el agua o golpear en el hocico pueden o no disuadirlos ya que detenerlos únicamente las puntas explosivas da las que nunca se dispone o el injustamente elogiado sulfato cúprico que parece no ser efectivo y crear sólo confusión y falsas seguridades y finalmente debe ser notada la posibilidad de la llamada embestida lineal conocidamente la más mortífera en donde el animal parece perder su lento cortejo de órganos y aletas por cuanto colocado de frente es sólo un óvalo que se ensancha en un triángulo de categórico plomo que crece como un sueño y la brutalidad y la certeza de ese avance puede hacerte olvidar que es hacia ti que se dirige". 6) ¿Diga si participa de las teorías de la hipóstasis sobre la unión de las dos naturalezas? Contestó: "Una explicación de la estructura de los mundos que a la vez confirma y vence las aporías de Zenón de Elea. Un infinito de mun­dos paralelos y perfectamente inmóviles, que sólo difie­ren en que en éste una gota de sangre está al borde de mis dedos, en aquél, forma una pequeña esfera quieta a algunos milímetros de distancia de ellos, en el otro, un óvalo un tanto más lejano, y así en aproximaciones mi­nuciosas hasta la pequeña estrella radiante en el suelo. La consideración sucesiva por el espectador de estos pa­noramas en sí inmutables es lo que crea la ilusión del desprendimiento, caída y salpicadura, y, por ende, del movimiento en general. Confirmación científica, los des­cerebrados pueden viajar dentro de uno de estos mun­dos petrificados, considerados minuciosamente en todos sus detalles que, a más de inmóviles, no tienen término, ver suspendidas en el aire flechas que no avanzan ni han avanzado ni avanzarán en ninguna de las eternida­des previsibles".
Terminó, se leyó y conformes firman
EL TESTIGO                                EL JUEZ
Julio Hernán Báez                                 Ptolomeo Linares
EL SECRETARIO
Reinaldo Ferrán

De la novela VELA DE ARMAS
(TEXTO/FOTO: LUIS BRITTO)