domingo, 11 de agosto de 2013

ADMIRABLE


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El 15 de diciembre de 1812 en Cartagena escribe afiebrado un joven brigadier maltrecho por la vida atropellada y los trajines. Viene del abismo de la derrota y el exilio. Algunos le atribuyen la pérdida de Puerto Cabello, que Miranda calificó de puñalada en el corazón de Venezuela, y que precipitó la caída de la Primera República. Podría rendirse. En lugar de eso escribe: “El soldado bisoño lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez; porque la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna”.
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Habilidad es extraer enseñanzas de la derrota, y aplicarlas ¿Por qué cayó esa Primera República que será luego llamada Patria Boba? Ante todo, escribe Bolívar,  por “la fatal adopción que hizo del sistema tolerante; sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo sensato, la impunidad de los delitos de Estado cometidos descaradamente por los descontentos, y particularmente por nuestros natos, e implacables enemigos, los españoles europeos. Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar”. Los republicanos se dejaron llevar por convicciones utópicas sobre la bondad natural del hombre, o bien por un temor a la confrontación que los hizo esperar que las buenas razones o la contemporización postergarían o evitarían el conflicto. Por lo cual Bolívar añade: “Los códigos que consultaban nuestros magistrados, no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes; filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios, y de cosas, el orden social se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada”. Sin ser jurista, comprende Bolívar a la perfección que la diferencia entre una norma ética y otra jurídica es que esta última puede ser aplicada por las autoridades legítimas bajo la amenaza de una sanción coercitiva. Leyes sin sanción no son más que buenas palabras, y en ello terminaron casi todas las de la Primera República. Por otra parte, y aquí parecería escucharse un eco de las doctrinas de Montesquieu, las leyes han de ser conformes con “la ciencia práctica del gobierno”, vale decir, con el conocimiento de las condiciones reales de los pueblos, y no con imaginarias “repúblicas aéreas”.
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Otra causa del desastre, la renuencia a defenderse: “La oposición decidida a levantar tropas veteranas, disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla”. Otra más grave: el federalismo extremo: “La subdivisión de la provincia de Caracas proyectada discutida y sancionada por el Congreso federal despertó y fomentó una enconada rivalidad en las ciudades, y lugares subalternos, contra la capital: La cual -decían los congresantes ambiciosos de dominar en sus distritos- era la tiranía de las ciudades y la sanguijuela del Estado». Por lo cual concluye: “Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas”.
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A estas causas, se ha de sumar el desangramiento financiero: “La disipación de las rentas públicas en objetos frívolos, y perjudiciales; y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios, jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales, dio un golpe mortal a la República, porque le obligó a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otra garantía, que la fuerza y las rentas imaginarias de la Confederación”. El terremoto de 1812 está entre las causas imprevisibles; en cambio, muy previsible fue la prédica de algunos sacerdotes “abusando sacrílegamente de la santidad de su ministerio en favor de los promotores de la guerra civil”.
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Constancia es no darse por vencido. Las razones que expresa  Bolívar en el Manifiesto de Cartagena son tan persuasivas, que los neogranadinos le confían mando de tropas. Como un rayo toma Tenerife, Plato, Zambrano, Mompós, Guamal, Banco, Chiriguaná, Tamalameque y finalmente Ocaña y Cúcuta, dominando el Magdalena y reabriendo la vía entre Bogotá y Cartagena. Autorizado finalmente por el Ejecutivo de Nueva Granada, el 14 de mayo sale de Cúcuta y en arrolladora operación toma La Grita, y Trujillo. El 23 de mayo es aclamado en Mérida como Libertador. La inocua defensiva de la Primera República ha sido sustituida por relampagueante ofensiva; el incoordinado gobierno federal por el mando centralizado: las vacilantes milicias por guerreros que a cada batalla adquieren más ímpetu y experiencia: el inaceptable papel moneda por la confiscación de las riquezas del enemigo. Así llegan del calor cartagenero al frío de Trujillo.
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Valor es enfrentar al adversario. En Trujillo el 15 de junio de 1813 el brigadier Bolívar tirita, medita y una vez más escribe ¿Qué falta por concretar? El primer acto de un organismo, de un cuerpo político, de una República, es definir qué forma parte de ella y qué no. La media tinta de la Primera República trató  enemigos como amigos y amigos como extraños. El enemigo envalentonado por la impunidad perpetró atrocidades en la confianza de que jamás serían sancionadas. En su escrito, Bolívar fulmina contra adversarios “que os han aniquilado con la rapiña y os han destruido con la muerte; que han violado los derechos sagrados de las gentes; que han infringido las capitulaciones y los tratados más solemnes; y en fin han cometido todos los crímenes”. La muerte soberana reina  sin que nadie se atreva a nombrarla. Bolívar rasguea  un párrafo que divide la Historia como un tajo:Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”.  Entre opresión y libertad no hay sistema mixto. O la una o la otra, nunca todo lo contrario.
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Bolívar refrenda el Decreto de Guerra a Muerte con el envolvente ovillo de su rúbrica, da unas cuantas órdenes precisas, salta sobre el caballo. Los patriotas vencen en Aguas del Obispo, Boconó, Barinas, Niquitao, el Tocuyo y Los Horcones, Taguanes, Valencia y La Victoria. El 6 de agosto de 1813 Bolívar libera Caracas, donde lo esperan  su casa natal, el nombramiento de Capitán General de los ejércitos de Venezuela y la ratificación del título de Libertador, que él considera el más honroso de cuantos existen en la tierra.

PD: El TSJ decide la demanda sobre las elecciones justo a tiempo para que la oposición pueda apelarla ante una Corte de la OEA que siempre sentencia contra Venezuela. Gracias TSJ, por favor concedido.

FOTO/TEXTO: LUIS BRITTO

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