domingo, 25 de enero de 2009

EN LOS CAMPOS DE REFUGIADOS PALESTINOS


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El relámpago perfila en la noche la mezquita en la entrada de Burg el Baragneh, uno de los tres campos de refugiados palestinos en Beirut y de los doce en el Líbano. Nos internamos por laberintos de callejuelas resbalosas. Llueve; esquivamos telarañas de cables y mangueras de gas y agua que gotean en la oscuridad. Chispean como luciérnagas las linternitas de los peatones; encandilan faros de motonetas que ascienden o descienden; desmaya el único anuncio luminoso: el del Hospital Haifa del Red Crescent Society, la Cruz Roja islámica. Administran el campo organizaciones palestinas como Al Fatah, Jidah o Hamas, que se reparten tareas por consenso de los refugiados.
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En Burg el Baragneh se hacinan 20.000 refugiados en un kilómetro cuadrado: el campo crece hacia arriba, superponiendo pisos taraceados de ventanucos. Por una estrecha escalera descendemos hasta la salita donde nos recibe la señora Zeinab Mohamad Achuah sentada sobre multicolores alfombras. Está enferma del corazón y no deja de fumar. Su hijo pinta casas. Sus parientes están en Gaza y hace cinco días que no sabe de ellos. El café y los informes son amargos. Los refugiados sólo pueden residir en el campo y trabajar dentro de él. No pueden adquirir propiedades ni contratar. No pueden ejercer 73 profesiones, entre ellas medicina, derecho, ingeniería. Sus hijos que nacen en el país huésped no tienen la nacionalidad de dicho país y no gozan por tanto de derechos políticos. Los campos no disponen de servicios y compran la electricidad, el agua y el gas que circulan por las madejas de tubos. Rara vez hay corriente por más de ocho horas diarias. De repente, se va la luz. Zeinab se yergue, alzando en su mano un cirio parpadeante. Parece la Estatua de la Libertad, en un mundo donde la Libertad ya casi no es más que una estatua.

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