domingo, 14 de julio de 2013

¿TRESCIENTOS AÑOS DE CALMA NO BASTAN?


Ningún sentido tiene recapitular  hechos si no se aprende de ellos. En toda Venezuela se afanan cada año las comisiones protocolares para celebrar el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811. Sabemos que en la primera fecha se destituye al capitán general del gobierno de España –quien había sido nombrado por el invasor francés José Bonaparte- con la excusa socarrona de conservar los derechos del rey Fernando VII. No hay que descalificar la estratagema: por lo general toda Revolución comienza como un intento de reforma moderada que es brutalmente atropellado por el poder. Para nuestras independencias aprovechamos un juego de poder planetario que se libra desde el Descubrimiento: cada vez que una potencia va en camino de la hegemonía en Europa y por consiguiente en el mundo, Inglaterra se alía con las demás para impedírselo. Así  desbarata las emergentes hegemonías de España, de Holanda y de Francia. Para inhabilitar las flotas de su rival, Napoleón declara un bloqueo de los puertos europeos. Portugal, cuyo comercio está literalmente en manos de los ingleses, se niega a unirse a él. Con la excusa de cerrar los puertos lusitanos, Francia invade la península ibérica. Cuando pelean los imperios, hay oportunidad para las revoluciones. La indefinición no es eterna. Nacemos dos veces: cuando venimos al mundo, y cuando tomamos el control de nuestra vida. Pasan quince meses desde el desconocimiento del capitán general Emparam. Llega la hora de la verdad.

Libre comercio y exención de impuestos
¿Qué hace la Junta Suprema instalada el 19 de abril de 1810  durante este interregno? En lo político, trata de consolidar la unidad entre las provincias, pero paradójicamente les reconoce autonomías federativas.    En lo económico dicta medidas que favorecen el anhelado  libre comercio:  permite la libre importación de instrumentos para la producción agrícola, elimina los impuestos de alcabala sobre bienes de primera necesidad y alimentos, y el de exportación. En lo social, exceptúa de impuestos a los indígenas e ilegaliza el tráfico de esclavos, pero no la esclavitud.

Diplomacia impetuosa
En lo internacional, la Junta envía misiones a Estados Unidos e Inglaterra. La última, integrada por Andrés Bello, López Méndez y Simón Bolívar, es financiada por el futuro Libertador. El 17 de julio de 1809  el impetuoso joven expone  ante sir Richard Wellesley, titular del Foreign Office, la posición de la Junta de Caracas de defensa de los derechos de Fernando VII, pero añade que para ello se ha de desconocer a las Cortes de Cádiz. El funcionario británico le señala que las instrucciones que la misión lleva no se extienden al desconocimiento de la Corona de España (Parra-Perez, 247). Y en efecto Inglaterra, principal interesado en la libertad de comercio con Iberoamérica, no puede en ese momento obrar abiertamente contra España, que es su aliada en el conflicto contra Napoleón.


Preparación de la Defensa
El fracaso de las misiones diplomáticas hace temer un conflicto armado. En lo estratégico, la Junta reorganiza el gobierno militar, que para noviembre de 1811 cuenta con 23.064 efectivos, la mayoría sin armas y dirigidos por una oficialidad clasista (Febres Cordero, 55). El 31 de diciembre de 1810 nombra teniente general de los Ejércitos de Venezuela a Francisco de Miranda, a quien Bolívar ha convencido de regresar desde Londres.

Representantes oligarcas
La Junta podría prolongar su cómoda indefinición. En lugar de eso, decide apelar la misma voluntad popular que invocó el 19 de abril, para constituir un órgano que la exprese de manera más perfecta.  Entre octubre y noviembre de 1810 convoca a elecciones. Durante la Colonia funcionaron  instituciones con algunos visos representativos, como los cabildos, pero los cargos en ellos terminaron siendo comprados y ejercidos a perpetuidad por los blancos.  Según  principios ya republicanos, la Junta convoca a elegir  representantes para un Supremo Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela, con un diputado por cada 20.000 electores. Pero sólo pueden elegir y ser elegidos en estos comicios los ciudadanos libres mayores de 25 años, varones y propietarios de inmuebles. Están excluidos indígenas, esclavos, pardos y mujeres. La suerte del país la decidirá una especie de club de propietarios. El plan es que todo siga igual, salvo la sujeción a España.  El resto de la población decidirá otra cosa.  

Oponeros a toda otra dominación
Al encargarse, los flamantes elegidos se dirigen en procesión hasta la Catedral de Caracas, donde el arzobispo Coll y Prat les impetra:
“Juráis de Dios por los Santos Evangelios que vais a tocar, y prometéis a la patria conservar y defender sus derechos y los del señor Don Fernando VII sin la menor relación, o influxo con la Francia;
independientes de toda forma de Gobierno de la Península de España; y sin otra representación que la que reside en el Congreso General de Venezuela: oponeros a toda otra dominación que pretenda extender soberanía en estos países, o impedir su absoluta y legítima independencia, cuando la Confederación de sus Provincias lo juzgue conveniente (…)”(Pino Iturrieta, 124).

Facultades para esta declaratoria
Los elegidos se reúnen desde el 2 de marzo de 1811  en Caracas para integrar el Supremo Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela, con 3 diputados  por Barcelona, 9 por Barinas,  24 por Caracas,  4 por Cumaná, 1 por Margarita,  3 por Mérida y 1 por Trujillo. Se niegan a integrarlo las provincias de Coro, Maracaibo y Guayana. Los revoltosos caraqueños dominan la asamblea. Las barras agitan a favor de la Independencia, e incluso amenazan a sus adversarios. Todavía  discute el diputado Francisco Javier Yanes  si la abdicación de Fernando VII fue violenta, en cuyo caso sus derechos debían permanecer incólumes, o sostiene el diputado de la Grita Manuel Vicente  Maya que sobre la Independencia que  “no considera al Congreso con facultades para esta declaratoria, porque la convocación hecha a los pueblos fue para que eligiesen sus representantes para formar el cuerpo conservador de los derechos de Fernando VII”  (Pino Iturrieta, 126).

La  píedra  fundamental de la libertad americana
Paralelamente con esta asamblea de representativos funciona otra, la Sociedad Patriótica, compuesta por los más vehementes independentistas,  cuyas deliberaciones no producen acuerdos obligatorios, pero  ejercen tal influencia que en su célebre discurso del 3 de julio, Simón Bolívar se ve obligado a aclarar: “No es que haya dos congresos  ¿Cómo fomentarán el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es traición”. Y a título seguido, corta el nudo gordiano de las cavilaciones con una arenga memorable: “Se discute en el Congreso Nacional  lo que debiera estar decidido. Y ¿qué dicen? Que debemos comenzar por una Confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma. ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía? La Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la nación; pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana. Vacilar es perdernos.” (Liévano Aguirre, 50).


Había más luces e ilustración que en Caracas
El fogoso orador solicita que una comisión transmita sus conceptos al Congreso. Éstos producen tal efecto, que el 5 de julio se plantea el debate exigido. La sesión es tumultuosa; las barras gritan lemas favorables a la autonomía. Para disipar incertidumbres sobre el paso decisivo que enfrentan, Francisco de Miranda afirma que en ninguna ciudad de Estados Unidos  “había más luces e ilustración que en Caracas”. A excepción del diputado Maya, todos se pronuncian por la independencia total.  Recoge lo esencial de los debates la llamada Acta de Declaración de Independencia, que redactan posteriormente el diputado Juan Germán Roscio y el secretario Isnardi.  Terminan trescientos años de calma; empiezan doscientos de combate.

Imposible al gobierno de España, y funesto a la América
Todo nuevo poder comienza deslegitimando el anterior. El Acta que resume la sesión empieza afirmando que no se alegarán “los derechos que tiene todo país conquistado, para recuperar su estado de propiedad e independencia; olvidamos generosamente la larga serie de males, agravios y privaciones que el derecho funesto de conquista ha causado indistintamente a todos los descendientes de los descubridores, conquistadores y pobladores de estos países, hechos de peor condición, por la misma razón que debía favorecerlos”. Pero el mismo hecho de mencionarlos es alegarlos. Viene a continuación otro argumento, de orden geopolítico:  “Es contrario al orden, imposible al gobierno de España, y funesto a la América, el que, teniendo ésta un territorio infinitamente más extenso, y una población incomparablemente más numerosa, dependa y esté sujeta a un ángulo peninsular del continente europeo”. Adviértase que se habla en nombre de un proyecto americano continental.
Seguidamente el Acta debate las cuestiones circunstanciales de los esfuerzos de los americanos “para no abandonar la causa de sus hermanos, mientras tuvo la menor apariencia de salvación”. De los efectos de la abdicación de Bayona, en la cual los soberanos españoles “abandonando el territorio español, contra la voluntad de los pueblos, faltaron, despreciaron y hollaron el deber sagrado que contrajeron con los españoles de ambos mundos, cuando, con su sangre y sus tesoros, los colocaron en el trono a despechos de la Casa de Austria; por esta conducta quedaron inhábiles e incapaces de gobernar a un pueblo libre, a quien entregaron como un rebaño de esclavos”.

Estamos libres y autorizados para no depender de otra autoridad
Para justificar el fin de un orden y el comienzo de otro, recurren los asambleístas a  argumentos  de la modernidad, propios de  Hobbes y Rousseau: la autoridad deriva de un pacto, que puede ser roto por incumplimiento de las partes. Y así, proclaman  que “en uso de los imprescriptibles derechos que tienen los pueblos para destruir todo pacto, convenio o asociación que no llenan los fines para que fueron instituidos los gobiernos, creemos que no podemos ni debemos conservar los lazos que nos ligaban al gobierno de España, y que, como todos los pueblos del mundo, estamos libres y autorizados para no depender de otra autoridad que la nuestra, y tomar entre las potencias de la tierra, el puesto igual que el Ser Supremo y la naturaleza nos asignan y a que nos llama la sucesión de los acontecimientos humanos y nuestro propio bien y utilidad”.


Estados libres, soberanos e independientes
Esta ruptura viene por una parte del gobierno español, que ha abdicado, pero por la otra, y más importante se sustenta en la soberanía del pueblo. Por lo cual proclaman los delegados que “Nosotros, pues, a nombre y con la voluntad y la autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, declaramos solemnemente al mundo que sus Provincias Unidas son, y deben ser desde hoy, de hecho y de derecho, Estados libres, soberanos e independientes y que están absueltos de toda sumisión y dependencia de la Corona de España o de los que se dicen o dijeren sus apoderados o representantes, y que como tal Estado libre e independiente tiene un pleno poder para darse la forma de gobierno que sea conforme a la voluntad general de sus pueblos, declarar la guerra, hacer la paz, formar alianzas, arreglar tratados de comercio, límites y navegación, hacer y ejecutar todos los demás actos que hacen y ejecutan las naciones libres e independientes”.

Tremoleó la bandera de la Libertad e Independencia
El borrador que  expresa estas razones es leído, aprobado y suscrito el día siguiente a las tres de la tarde. Los asambleístas recorren gozosos plazas y calles de la ciudad,  incitan al arzobispo Narciso Coll y Pratt a manifestar el debido júbilo por la ocasión, y según testimonia fray Juan Antonio Navarrete, el generalísimo Francisco de Miranda «...tremoleó la bandera de la Libertad e Independencia como teniente general de las Tropas Caraqueñas...».  Grupos recorren las calles dando vivas a la Independencia, desgarrando y arrastrando  enseñas realistas y retratos de Fernando VII.

Igualdad y libertad ilimitadas
El mismo día son arrestados varios pardos que se reunían bajo el comando de Fernando Galindo para discutir, según Juan Germán Roscio, “las materias de gobierno y de la igualdad y libertad ilimitadas”. En otros sitios la reacción es más contundente. En Los Teques se sublevan algunos pulperos canarios, más de una decena son ejecutados. En Valencia pardos y negros protagonizan saqueos. Numerosos esclavos se toman la libertad por sus propias manos, o por sus propios pies, a tal punto que el  26 de julio  el Supremo Poder Ejecutivo organiza una milicia para capturarlos, en cumplimiento de un  bando en el cual expresa: “La esclavitud honrada y laboriosa nada debe temer de  estas medidas de economía y seguridad, con que el Gobierno procura el bien de los habitantes del país" (Duque, 2011,16). Alarmados por la inestabilidad social, los notables de Valencia se sublevan contra la Junta en diciembre de ese año.  Por definición, la libertad  no conoce límites: desde el comienzo la Independencia política plantea la emancipación social.

Dependencia e Independencia
¿Qué sentido tiene esta ilusionada Declaración de Independencia? ¿Puede el Nuevo Mundo independizarse del Viejo, o el Viejo Mundo desvincularse del Nuevo? Las improntas del uno en el otro se advertirán mientras exista la Historia. Gracias a las masivas transferencias de metales preciosos americanos, España pudo mantener una hegemonía europea de dos siglos. Esta circulación de efectivo a su vez permitió a los reyes contratar ejércitos mercenarios que consolidaron los Estados modernos. Con él se pagaron las flotas que triunfaron en la batalla de Lepanto, lo cual quizá impidió que Europa se hiciera musulmana. Para adquirir de España las riquezas americanas florecieron en Europa empresas y fábricas; esta riqueza constituyó una de las fuentes de la acumulación primitiva que dio lugar el capitalismo. Vegetales americanos,  como la papa y el maíz, alimentaron a las multitudes de trabajadores de la revolución industrial. El ejemplo de la Conquista de América estimuló el asalto colonial e imperial del mundo por las potencias europeas. Pero también las sociedades comunitarias del Nuevo Mundo replantearon el tema de la Utopía y de la Revolución Social.
¿Desvanecieron las Independencias la impronta ibérica en el Nuevo Mundo? En él predominan todavía, desde el Río Grande hasta el Cabo de Hornos, una religión católica y dos lenguas romances. En las huellas de la lengua y de la catequesis encontramos las vías para la posible integración latinoamericana. Por otra parte, esas Independencias en la dilatada extensión de Iberoamérica y el Caribe demostraron a escala continental la factibilidad de la forma de gobierno republicana, alternativa, democrática, con división y equilibrio de poderes y soberanía popular. Con  los desaciertos  y retrocesos propios de toda obra humana, nuestras repúblicas se convirtieron en un laboratorio de procesos políticos y sociales, protagonizaron rebeliones agrarias triunfantes, y en la actualidad presentan modelos alternativos a la gran crisis que sacude a los países desarrollados. La Independencia es la voluntad y la capacidad de proponer lo nuevo. Como dijo Simón Rodríguez, el maestro del Libertador Simón Bolívar: “O inventamos o erramos”.
(TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO)

FUENTES:
Duque, José Roberto: “5 de julio de 1811: ¿qué hacía el pueblo pobre mientras sus amos gritaban ‘independencia”?  Suplemento Bicentenario 200 - Edición Especial del diario Ciudad Caracas 05-07-2011.
Febres Cordero, Julio: El primer ejército republicano y la campaña de Coro; ediciones de la Contraloría, Caracas, 1973.
Liévano, Aguirre, Indalecio: Bolívar, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana. 2010.
Parra-Pérez, Caracciolo: Historia de la Primera República de Venezuela; Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1992.
Pino Iturrieta, Elías: “Discurso de Orden con motivo de la clausura de las actividades conmemorativas del Bicentenario de la Independencia 5 de julio 1811 - 5 de julio 2011”, Aoün Soulie C, Briceño-Iragorry L, editores. Colección Razetti. Volumen XII. Caracas: Editorial Ateproca; 2012.p.123-142.

 


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