sábado, 12 de enero de 2013

GALÁPAGOS



Olas como arietes blancos  disgregan  costas de dolorida oscuridad. Hace millones de años el centro de la tierra escupió lava color fuego que cristalizó roca color  carbón. Me petrifico para poder advertir las presencias. Entre grietas oscuras se escurren casi invisibles cangrejos negros. Más allá se calientan al sol crepuscular  iguanas marinas color de noche. De roca en roca enlutada vuela un pajarito sombrío. Los vulgarizadores presentan las islas Galápagos como Paraíso donde las especies no conocen predadores ¿Por qué todas juegan a la invisibilidad? Contra el poniente  surfistas acuclillados  se pasan cigarrillos  con olor de trueno.
Itabaca
Madrugar en Puerto Ayora, cargar  equipos de buceo en la camioneta perforar la niebla andina que cubre la vegetación de trópico, plátanos, cocos, lechosas, esquivar vacas y perros que no se apartan como si no conocieran predadores, acelerar por la reserva desértica donde brotan colinas como fumarolas hasta el canal de Itabaca y la lancha Vaya con Dios, navegar entre vientos que cortan el aliento hacia bahías heladas, islas arenosas donde nos asestan  sus miradas  curiosas los lobos marinos.

Santa Cruz
Me interno isla adentro. Las especies juegan a la evolución para esquivar la  muerte. Cactus gigantescos  desarrollan  troncos leñosos para que las espinosas tunas estén fuera del alcance de los hervíboros. Iguanas terrestres elaboran pieles color de  tierra rojiza. Por el suelo arcilloso picotean pajaritos color de barro. Los galápagos rumian fortificados con  descomunales caparazones de casi metro y medio de largo. Un pájaro vistoso se posa sobre ellos, picotea, vuela. La vida perdura con la máscara del engaño, el refugio de la coraza, el ala de la huída, el simulacro de la multiplicación.
Dafne
En medio del  mar helado dos peñascos volcánicos como montes lunares demolidos que levantan a los cielos  formas  devastadas. Me sumerjo en aguas inescrutables por el  acantilado tapizado de algas otoñales: rojas, amarillas, anaranjadas, castañas. Cruza un perezoso tiburón martillo. Desciendo tras él hasta que los colores  entristecen. Un lobo de mar danza en círculos mientras bajamos.

Darwin
 Veo esplendores sabiéndome invidente. En las caparazones de los galápagos donde sólo percibo corazas discriminó en 1835 Charles Darwin once especies, cada una de la cuales habita en específicas islas. Donde  me aturde la algarabía de los pájaros, distingue Darwin que cada isla aloja una especie distinta de pinzón, algunas comedoras de semillas, otras insectívoras, otras perforadoras de madera. Charles Darwin garrapatea en una libreta: “cuando veo estas islas, próximas entre sí y habitadas por una escasa muestra de animales, entre los que se encuentran estos pájaros de estructura muy semejante y que ocupan un mismo lugar en la naturaleza, debo sospechar que sólo son variedades... Si hay alguna base, por pequeña que sea, para estas afirmaciones, sería muy interesante examinar la zoología de los archipiélagos, pues tales hechos echarían por tierra la estabilidad de las especies”.
         Plaza
Buceamos contra la corriente en faena extenuante que acentúa la soltura de la raya, la gracia de los cardúmenes, el éxtasis de los caracoles rojizos. A la profundidad en que la luz se esfuma, un fantasma evolutivo, el pez murciélago, camina  sobre aletas o patas que se doblan o agitan, con grotesca nariz que secreta líquidos que atraen las presas. Seis tiburones dejan una caverna disparados como torpedos hacia la superficie plateada. Uno medita bajo la madriguera, inmóvil, sus branquias resoplantes.
Darwin
La estabilidad de las especies. En cinco palabras compendia Darwin la desestabilización de los dogmas supersticiosos y la estabilidad de la vida. Criaturas inmutables sufrirían una aniquilación eterna. La vida  elude la muerte haciéndose inestable. Cuando la muerte persigue al pez, éste se vuelve cuadrúpedo y salta a  tierra, y cuando la aniquilación lo sigue se torna reptil y vuela, y cuando la muerte llueve desde el cielo, se hace mamífero y perdura. Sólo lo mutable permanece.

Seymour
Los lobos marinos juguetean alrededor como para burlarse de la torpeza con que buceamos sobrecargados con las escafandras, los gruesos trajes térmicos, lastrados con dieciséis kilos de plomo. Exaltados en la gloria de su propia gracia trazan arcos, curvas, espirales, ayudándose apenas con gestos de sus perfectas aletas.  Al pasar, por un instante miro su ojo abierto como un perfecto disco con pupila negra que me inspecciona, desaparece, queda para siempre clavado en el recuerdo.
Darwin
Se yergue Charles Darwin sobre la desolada  isla que algún día llevará su nombre. ¿Comprende que en la evolución ocurre otro inenarrable salto? ¿Qué  la vida que se transmuta en todas las especies produce al fin una especie que asume todas las transmutaciones de la vida? Por vía del intelecto -un mecanismo que, como la evolución, funciona por ensayo y error- el hombre se hace fiera u hormiga y  pájaro y pez y Dios ¿Adivina que el intelecto creará máquinas intelectuales que lo superarán, que dotarán a un individuo con los poderes de su especie entera?

Pacífico
La helada  corriente de Humboldt me arrastra a  treinta metros de profundidad. La computadora sentencia que el aire se acaba. Emerjo entre  crestas de avalanchas de espuma. Entre ellas sobrenadan Phill y Pete. Nos entendemos con miradas. Debemos chapalear lejos de las trituradoras de los acantilados, y contra la corriente que nos arrastra hacia el infinito Pacífico. Los trajes de neopreno de ocho milímetros de espesor nos salvan de la congelación. Su rigidez nos paraliza. Tras la máscara veo el cielo diáfano tachonado de albatros. Falta saber si llegará primero el rescate o la fatiga terminal. Tras cada ola sólo viene otra ola y  otra y otra. Me pregunto por qué no comienzo a ver  mi vida entera. Invento un cuento sobre alguien que en el último momento vuelve a ver su vida entera hasta ese último momento de su vida en que vuelve a ver su vida entera hasta ese último momento en que vuelve a ver su vida entera y así sucesivamente sin final posible.
(TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO).