domingo, 16 de diciembre de 2012

FUGITIVOS



-Reanímelo.

-Lo acabo de inyectar, mi coronel.

-Alúmbrelo con la lámpara ¿Se le podrá preguntar? Inyéctelo. Primera pregunta. Quiénes lo financiaron.

-Quítele la cacha de la pistola de la herida, mi coronel. El corazón no le resistirá.

-Inyéctelo otra vez.

-No… me inyecte…

-Afloje el brazo. Ya está.

-¿Los… otros?

-Enterrados.

-¿Periodistas...?

-No saben nada. Esto nunca pasó.

-Ah…

-¿Le duele?

-Ah...

-¿Duele mucho así?

-Ah…

-¿Y así?

-Déjele eso… a la policía…

-¿Y así?

-Si sigue… me muero…

-Hablará. Todos hablan.

-Si me permite, mi coronel. A la larga, vale más vivo.

-A la larga, no. Ahora no quiere hablar. Después habrá que callarlo.

-¿Los… presos...?

-No piense más en ellos. Estaban custodiados. Hasta les habían dado cigarros. A uno el tiro le entró desviado, pero se murió lo mismo. Los desvestimos. Pensé quemar los cuerpos, pero podíamos delatar la posición. Sólo echamos gasolina en las manos y la cara. Se quemaba muy rápido. Había que rociar más. Cuando los hicimos pararse para dispararles se sorprendieron.

-Sorprendido… será usted…

-¿Qué fue eso?

-Lejos. Un tiro.

-¿De nosotros?

-¿De afuera?

-¿Y eso?

-Los ecos. Retumban. Retumban.

-Pinga. Es plomo.

-¿Por dónde se oye?

-Por todos lados.

-Averigüen a quién se le fue un tiro.

-Nadie dirá, por miedo.

-Si no fue nadie, fue de afuera.

-Habla, coño de madre. Habla.

-Ah…

-Si no hablas, por lo menos oye. No se le puede ganar a un ejército moderno. Si lo vences, viene otro, y otro. Muévete en la ciudad por las buenas, y te ilegalizamos. Muévete por las malas, y aprende lo que son los sectores militares. Si estás liquidado en las ciudades, cuélate por el monte, y los aviones te encuentran. Sólo puedes moverte de noche, como ahora. Pero somos muchos más.

-Malo el pulso, mi coronel.

-Ah…

-Atrinchérate para retrasarnos. Para eso están los obuses, que arrancan brazos.

-Ah…

-Tampoco es bueno disparar desde el monte. Para eso hay lanzallamas.

-Ah…

-Al poco tiempo tu columna se mueve en círculos, como una cucaracha pisada. Esta no es guerra de astucia, sino de paciencia. Basta con sentarse en todas las vías hacia el agua y los alimentos. Cazador no corre tras la presa. Se sienta en su vía y espera. Aquí y allá los sargentos desvisten, rocían con gasolina, remiten ropas y armas. Vea estos inventarios. Ni una carta. Ni un papel. Los muertos no necesitan nombres.

-Está inconsciente otra vez, mi coronel.

-No…

-Debían estar locos.

-Algunos… no todos. Teníamos… planes… agrarios… educativos…

-Se acabaron los planes.

-El malestar…no…

-¿Redacto el informe, mi coronel?

-Ponga: acabamos con todos.

-Apunte… mataron… cuarenta y ocho…

-No, cuarenta y tres. Espere ¿Dijo cuarenta y ocho?

-No… cuarenta… y tres.

-Usted dijo cuarenta y ocho.

-Cuarenta… y tres… dije…

-Yo lo oí.

-Y… tres…

-Con perdón, mi coronel. Un despacho.

-¡El coño de la madre!

-Sí, mi coronel.

-¡El coño de la puta madre! ¡Cinco minutos me entretengo y dejan pasar por el cerco!

-Pero dice que no están seguros, mi coronel.

-¡Y cerca de un puesto de vigilancia!

-Pero no están seguros. Son reclutas. De noche oyen y ven cosas por todos lados.

-¿Ustedes no tienen oídos? ¿No sintieron el otro tiro distinto?

-De noche todos los tiros son iguales.

-¡Y los dejan pasar para la montaña! ¿Para dónde coño no había que dejarlos pasar?

-Para la montaña, mi coronel.

-¡Para eso era el tiroteo por acá! ¡Plomo parejo y sin sentido! ¡Para atraernos como unos pendejos! Teniente, le doy una orden. Acábeme esta vaina en veinticuatro horas.

-No… podrá…

-Mi coronel, podemos conseguir cuerpos para completar la cuenta.

-Podríamos… haber sido… noventa…

-¿Noventa?

-O… doscientos… O…

-¿Doscientos?

-Con la pistola… allí… me desmayo…

-¿Cuántos eran?

-Cuarenta… y tres…

-Mi coronel ¿Nos movilizamos?

-Paciencia… sentarse sobre… los alimentos… incluso… los que enterramos el año pasado… sentarse sobre las pozas… sobre las lluvias… hasta que lleguemos… donde vamos…

-Dijo cuarenta y ocho para que pensemos que son sólo cinco y caigamos en la trampa.

-Doscientos… o uno…

-Dice doscientos para que no nos movamos y dejemos escapar a los cinco.

-Diga… lo que le diga…

-Habla, carajo.

-No va a… creerme…

-Habla, coño.

-Mi coronel, ya no habla.

-Inyéctalo.

-Ya no vale la pena.

-¿Doscientos? ¿O cinco?

-¿Avanzamos?

-No, es lo que quiere. Que avancemos y caigamos en la trampa. Esto fue una trampa.

-¿Nos retiramos?

-Es lo que quiere. Que nos retiremos ante fuerzas que no existen.

-Habla, coño, habla, habla, habla.

-Ya no habla.

-¿Lo acabo?

-No es necesario. Se va él solo.

-Alúmbrale las pupilas. Ábrele el ojo para que la luz le de en la pupila.

-Como usted diga, mi coronel.

-¿Reacciona?

-No sé.

-Pero juraría que tiene pulso. Trata de encontrarle el pulso. No te mueras, coño de tu madre. No te mueras. Tú te vas a morir cuando yo diga. No cuando tú quieras.

-Mi coronel, qué hacemos.

-¿No oyeron? Nos retiramos.

-¿Dónde?

-A la posición de ayer.

-Fue sólo un eco de un tiro, mi coronel.

-Mi coronel, no hay un coño de nada.

-Mi coronel, si me permite, no hay que hacerle caso.

-Esto se acabó, mi coronel.

-O empieza.

(Del libro Los fugitivos, de Luis Britto García. Foto Luis Britto).