domingo, 21 de octubre de 2012

CÓMO GANAR AMIGOS


¡Chico! ¿Tú por aquí? ¿No te acuerdas de mí? Silva, chico, Silvita. El de la escuela. El que acusaron de que había acusado a los otros por el papelito con groserías contra el profesor. Es que no te imaginas el peo que me formaron mamá y papá para que contara. Capulina y Carlitos nunca me perdonaron. ¿Tú me perdonaste? Yo creo que nadie me perdonó. Y eso que me iban a expulsar. Yo siempre te he estimado mucho, pero yo sé que tú no me estimas a mí. Coño esta fiesta está que se acaba. Los músicos bostezan. Los mesoneros se miran el reloj. Lo que falta es que empiecen a poner las sillas sobre las mesas. Ya es hora de beberse el del estribo.

Bueno, dime de una vez que no me estimas. Dímelo a mí que sí te estimo. Yo a ti sí te he estimado siempre. Y eso que no veo por qué coño no me estiman. Cuando los profesores me pusieron a leer el “Agradecimiento de un alumno emocionado”, ahí los hubiera querido ver, que alguien tirara una trompetilla, que sacaran otro papelito con groserías. Pero no, guevones, la vaina era con Silvita porque dijo, pero a la hora de la verdad nadie tiene cojones para hacerlo de frente. Menos mal que papá me envió a estudiar afuera. Ahí no hay esa vaina de que no se acuerdan de tu nombre. No, todos los domingos el oficio religioso, y después reunión social o picnic-party, y todo el mundo con una etiqueta en la solapa con tu nombre.

La primera regla para ganar amigos: el nombre propio es el sonido más dulce para una persona. El primer nombre, guevón, ahí no hay tú o usted, ahí sólo hay you, ahí de un golpe eres Peter, o John, o Richard. Lo dice Dale Carnegie, que Míster Farley se sabía el nombre propio de cincuenta mil personas. Ahí sí se aprende a ganar amigos. Se elegía el muchacho más popular del curso y el muchacho más popular del collage, y todo el mundo se sabía su primer nombre.

Y la segunda regla es sonreír. La tercera es alentar a los demás a hablar de sí mismos. Tras el oficio las muchachas me decían oh Peter háblenos de usted. Pero yo les decía oh Margaret hábleme de usted. La cuarta regla es buscar algo qué hacer cuando nadie se atreve a hablar. Yo sonreía. La quinta regla es no mandar un coño a educarse a nadie al exterior. Así regresan las mujeres que no encuentran hombres a su gusto y los hombres que son demasiado del gusto de los demás. Así te reciben en todos lados. Así sí lo estiman a uno. Así sí lo ponen a uno a leer “Agradecimiento de un alumno emocionado”. Siempre ponen a agradecer al que jodieron, al que va a estar toda la vida diciendo hábleme de usted, al que llaman influyente porque todo el mundo lo influye.

¿De verdad que no quieres otro del estribo? Hay que brindar, soy influyente, formo parte de la directiva del Club, estoy enamorado. Como miembro junior de la Directiva del Club tengo que ir a las fiestas, y aquí la conocí. Ella estaba sentada en una mesa con un vestido que daba risa y un peinado que daba lástima. No sólo eran nuevos ricos: eran muy nuevos y muy ricos. El papá había metido la mano en algo en el gobierno anterior; estaba incómodo con el smoking, a Ella se le notaba la rabia por todos los que no la invitaban, por los jóvenes que se daban en el codo mirando hacia ella y sonriéndose después de bailar con otras. Me quedé y la entretuve. Cómo soy de bueno para entretener. Me contó que allá, en la provincia, todas le tenían envidia. Le juré que todas se la tendrían en la capital. Aproveché mis amistades íntimas con los cronistas sociales. La presenté en una agencia de asesoría de imagen.

No te imaginas lo que es la imagen. Empezaron a aparecer en las crónicas, primero en las tiradas de nombres, luego con adjetivos delante. La mamá me adoraba. El papá ya no me ponía mala cara. Fiesta tras fiesta se relacionaba con todos los que habían metido la mano en todos los gobiernos anteriores. Aparecían en los comités de organizadores de eventos, de preparadores de festejos. La hermana menor ya tenía un flirt con el Font-Jiménez de Brunn. Ella jugaba a la inaccesibilidad. Se reservaba, me decía, y yo adivinaba para quién. Le participé mi jugada maestra. Ella sería Reina del Club, aun en contra de Estelita Gros, biznieta de uno de los fundadores, incluso contra Ramonita, nieta del magnate de la prensa amarilla, aun por sobre Eiriz Josefina, hija del rey de las financiadoras de inmobiliarias.

Divide y vencerás. Una nueva oleada de ladrones recién enriquecidos con todos los gobiernos se resistía a ser ignorada de nuevo. Promoví presentaciones en televisión; Mundo Social le sacaba reportajes; aparecía en las portadas, raqueta en mano y borde de piscina. Se dieron fiestas para anunciar la candidatura. Ella estaba exultante. Llegó la noche de la elección. Ésta noche. Su noche. No te diré cuánto costó el traje. Cecil Paco, el viejo Cecil Paco, como maestro de ceremonias, fue el que la sacó hacia el proscenio, anunció que “por escasa ventaja de dos votos”…

Empezó mi noche, dueño de las miradas agradecidas de la mamá, dueño de la mesa de la “reina entrante y para el año presente”. De lo que no fui dueño fue de las piezas de Ella. Cuando la acorralé por un momento, me dijo “Ay, Silvita, tú eres un muchacho simpático”. Allí me bebí el primer trago del estribo. Yo sólo he bebido tragos del estribo. Hay sitios de los que desde el principio uno sabe que tiene que irse. Yo he debido irme hace años. De la escuela. De todo.

Ahora Ella viene por fin a buscarme. Ya todas las botellas están boca abajo en todas las cubetas. Todos los hielos están derretidos. Pero todavía me doy cuenta de lo que pasa. El chofer salió a llevar al papá que está imposible. Ella me mira ahora para ver si le sirvo de chofer. Ella me mira para ver si le sirvo. Ya no. Son demasiados nombres, demasiados estribos. Ahora voltea, para buscar otro. El que sirvió sólo sirve para dejar paso al que servirá. Allá corren, allá acuden todos los que pueden mantenerse en pie. El servilismo es un instinto ¿De verdad que no quieres el otro del estribo? Es una lástima, porque yo si te estimo, aunque yo sé que tú no me estimas a mí.

Pero ya he hablado demasiado. Ahora que nos encontramos después de tanto tiempo ¡Háblame de ti!

(FOTO/TEXTO: Luis Britto García)