sábado, 12 de noviembre de 2011

LA OCULTA VICTORIA




De no explicarlo yo, nadie entendería mi genio militar, por lo tanto, en estas memorias, lo explico. El objetivo de la guerra, según Clausewitz, consiste en imponer nuestra voluntad al enemigo. Sus discípulos han variado infinitamente sobre el tema: para ellos, nuestra voluntad se impone al enemigo mediante nuestra victoria; éste se doblega ante ella únicamente en la derrota. Sólo yo me he atrevido a variar los términos, aparentemente incontestables, de esta ecuación estúpida. Sólo yo he conducido a mi pueblo a imponer su voluntad no obstante la certeza —la necesidad, diría— de la derrota. Derrochado inútilmente contra un enemigo imbatible, dirán los historiadores. Pero no. Derrochado, no. E inútilmente, menos. Lo afirmo ahora, mientras el fuego calcina sus cuerpos inanimados.
¿Cuántos seres humanos es lícito sacrificar a la consecución de un objetivo? Las respuestas de los tratadistas son inconsistentes. Para ellos, si el pueblo consta de doscientos millones, el sacrificio de cincuenta millones parecerá razonable. Pero si el pueblo consta de cincuenta millones, entonces el sacrificio de esa cantidad resulta excesivo. Yo no veo que estas consideraciones modifiquen en manera alguna los factores objetivos de la situación. Los pueblos existen, pero se cuentan hombre a hombre, y el objetivo que justifica la muerte de un solo ser, automáticamente justifica la muerte de todos, y esto es lógico, e irrefutable. Si la cifra de sacrificios que requiere un objetivo militar iguala a la cifra de integrantes de una nación, y si ese objetivo es deseable, ello no es óbice para que la guerra sea.
Y la guerra ha sido. No para derrotar a la gran potencia, nuestro adversario. No podíamos. Lo sabía perfectamente yo, que observaba el progreso de la guerra como el de una enfermedad incurable. Lo sé ahora, cuando las tropas de ocupación escudriñan las ruinas de mi pueblo aniquilado.
Pero. Pero. Para aplastarnos, la gran potencia ha debido recurrir a fondo a sus militares. Entregarse a ellos, gozar en su eficiencia, hasta el punto de fascinarse y confundir esa eficiencia con un objetivo, el arte de matar con una manera de vivir.
Para aplastarnos, la gran potencia se ha convertido en un ejército, y toda sociedad que se convierte en un ejército se devora a sí misma y muere.
Nunca, nunca, una tan vasta victoria con tan escasas fuerzas. Lo digo yo, vencido, escuchando el crepitar de los incendios de mi derrota, que es también la anticipada derrota y crepúsculo del enemigo.
Reclamo la corona de los vencedores. Reclamo la corona de los vencedores. Yo, el último viviente de mi pueblo. Reclamo la corona de los vencedores.
(Rajatabla)