sábado, 6 de noviembre de 2010

PUEBLO



Invenciones e ideas
Hace tiempo trabajo en el tema de las relaciones entre las ramas de la cultura de una misma época, y de las conexiones entre las obras de sus creadores. Para ello es clave el análisis del caso de los polígrafos, a fin de determinar si quienes cursan varios géneros aplican en ellos estrategias estilísticas similares. Por la elección del tema, por la elegancia del estilo, por la sensorialidad y la recurrencia de sonoridades, nada hay más parecido a los poemas de Rubén Darío que sus ensayos y relatos. La narrativa y las obras históricas de Enrique Bernardo Núñez son concisas, aforísticas, fulminantes, plenas de una denuncia contenida por la aparente impasibilidad del autor. Las novelas de Rómulo Gallegos pretenden probar sus tesis positivistas de La Alborada. Se comprenderá así el redoblado interés que para mí reviste la novela Pueblo, de Miguel Ángel Pérez Pirela. El autor es académico y perspicaz analista político, fascinado por los sistemas implacables de Nicolás Maquiavelo y de Tomás Hobbes, y autor de ensayos de impecable construcción racional sobre temas tan actuales como El Estado posible o tan alarmantes como El Paraestado. Una aplicación simplista de la hipótesis sobre la unidad esencial entre las estrategias aplicadas a géneros diferentes haría esperar de él quizá una novela de tesis sociopolítica que funcionara, al modo de las narrativas de Voltaire, como elegante demostración de una posición teórica.

Amor y poder
En lugar de ello, Miguel Ángel Pérez Pirela nos entrega una novela de amor. Hacia el último tercio del siglo pasado, Juan Liscano sentenció, con razón para su época, que la literatura venezolana había sido preponderantemente testimonial y realista, y casi nunca onírica o fantástica. Tampoco, añadiríamos, ha sido erótica ni amorosa. Fuera de la fulgurante Peonía, de Manuel Vicente Romerogarcía, que de una vez pone en pie nuestra vacilante narrativa decimonónica y la echa a andar por sendero propio, las tramas sentimentales sirven invariablemente para ilustración de tesis positivistas, como en Gallegos, o como tenue tejido a ser desgarrado por las amarguras de la lucha armada, como ocurre en las narrativas de Argenis Rodríguez. Apenas una poco divulgada novela de Alfredo Armas Alfonzo, Este resto de llanto que me queda, hurga a plenitud en la herida que ningún aquejado quiere ver curada. A pesar de su título sociopolítico, Pueblo es una historia sentimental. Miles de trabajosos intercambios de abusos y dislates ocurren entre sus habitantes. El principal es la omnipresente pasión contrariada, que crea un ambiente tan obsesivo como el del calor. Su opaca frustración redime todo. Dentro de este sentimiento que es como un clima, toda trivialidad tiene su sitio y todo fracaso su redención.



Personajes y funciones
En su lacerante película Dogville, Lars von Triers sustituye los decorados de un villorrio por un plano pintado en el suelo donde dice: Calle, Abasto, Telégrafo, Taller. Una silueta canina trazada en la vía luce el rótulo Perro. Miguel Ángel bautiza a sus personajes según las funciones que cumplen en el relato: Gobernador, Secretario, Esaaquellalaausente, Fantasma, Maríadelosángeles, Prisionero, Marinero. Para completar el sistema, la misma aldea no tiene otro apelativo que Pueblo. Pero se trata de un esquema de los personajes y no de personajes esquemáticos. Si bien el nombre es un destino, los nombrados justamente se debaten dentro de él y contra él y por momentos lo exceden. Gobernador, por ejemplo, recipiente propicio para acumular todos los lugares comunes sobre la autoridad despótica, ignorante o inflexible, es un ser que recibe su investidura jerárquica como sin pensar en ella, obsesionado por el más poético de los sinos que puede afligir a un alma antipoética: el amor no correspondido. Una frase magistral lo presenta de entrada: “Era una simple prolongación de ella, un enamorado”. Como en los retablos medievales de Patinir o del Bosco, en Pueblo cada ser tiene un lugar predestinado dentro de la composición, pero la ejecución crea una perpetua disyuntiva entre resignación y maravilla, cotidianidad y milagro, predestinación y albedrío.



Sitio y fecha
¿Dónde y cuándo ocurre Pueblo? Su ambiente vagamente caribeño con bahía marina sugiere la costa venezolana y quizá la del Zulia, pero Pueblo podría estar en ninguna parte o en todas. Algunas menciones lo invisten de contemporaneidad, pero Pueblo podría ocurrir en cualquier momento o siempre. La inmovilidad esencial de los roles sugiere una atemporalidad que con un pequeño esfuerzo podría convertirse en eternidad.



Forma y fondo
Una obra se logra en la medida en que armoniza forma y fondo. A este enfrentamiento entre predestinación y libertad corresponde la tensión entre un estilo descriptivo riguroso y nítido que sin embargo entrecortadamente admite las técnicas del monólogo interior. No nos extrañe entonces que por momentos una oración empiece con la impersonal tercera persona del narrador, para saltar repentinamente a la primera persona de algún personaje, continuar con el pensamiento de éste y luego con la respuesta de otra voz. Este ejercicio no genera indescifrabilidad sino frescura coloquial. Por momentos las oraciones se hacen largas y densas, quizá para sugerir el envolvente calor, pero siempre cuentan cosas apasionantes. A veces son chismes sobre la gente de Pueblo. A veces tejen paradojas metafísicas, como cuando Gobernador envía a sus matones a poner etiquetas con su precio a todos los seres de Pueblo, y así se sabe que 3000 moscas valen cuanto un grillo y 800 grillos valen cuanto un sapo y tres sapos valen cuanto una rata y 200 ratas valen cuanto una iguana y 10 iguanas cuanto un conejo y cinco conejos cuanto un gato, hasta que tienen precio todos los hombres y las mujeres y aun lo inapreciable.


Acercar esa línea del horizonte
Estas sorpresas narrativas están contadas con frases no menos sorpresivas. Se afirma de repente que “las mujeres son como los gatos, ven cosas que nadie ve”. El personaje poderoso afirma: “Secretario, imagínate el aburrimiento de un mundo sólo de ricos”. Se explica que “Gobernador nunca pensó de forma concreta en el final, por eso era Gobernador”. Se describe con hiriente nitidez la obsesión amorosa anotando: “Sus ojos, los de él, poseían la cadencia de los pasos de ella”. O también se registra que “Él era un minúsculo monumento en la apoteósica plaza del cuerpo de esa mujer”. Se verifica que “Los verbos en pasado son los progenitores de la melancolía”. En algún lugar se establece que “Hay que acercar esa línea del horizonte porque, carajo, está muy lejos de Pueblo”. Acercar el horizonte, hacer próxima la distancia, es el imposible que todo amor y toda narrativa se propone. Son frases que bien valen por su vistosidad, como el traje de novia que la prostituta Rosita anhela, no para casarse, sino para lucirlo los domingos.



El matrimonio de la imaginación y la lógica
Cerremos con una aproximación forzada o forzosa al enigma que nos ocupa. Siempre han sido evidentes pero inexplicables las relaciones entre el discurso fantasioso de la imaginación y el riguroso de la lógica. William Blake concertó un Matrimonio del Cielo y del Infierno; bien podemos proponer otro entre el Sentimiento y la Razón. Se puede articular El Estado posible como proyecto mientras se verifica la ingobernabilidad del Paraestado, o quizá de Pueblo. Todo ensayo es el frustrado intento de organizar el caos que brota de la realidad o del imaginario. Trabajar en ambos mundos es la pasión, única vía para comprenderlos y quizá sobrevivirlos.


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