domingo, 17 de octubre de 2010

EN ESTA PLAZA LÓPEZ, QUE ME RECUERDA




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A fines del siglo XIX un temperamental exiliado venezolano se gana precariamente la vida como director de orquesta en Cúcuta. Tiende a acelerar el compás de valses y bambucos; él mismo toca violín, flauta y trompeta; su mirada penetrante es un metrónomo que marca las entradas y los ritmos de cada grupo de instrumentos. Al poco tiempo cambia la batuta por el máuser. Conduciendo sesenta jinetes andinos, en 1899 Cipriano Castro invade Venezuela por el Táchira. Algunos adversarios los tildarán de bárbaros, pero en la falange cháchara menudean los bachilleres, los músicos, los ex seminaristas, comenzando por su atrabiliario director, que es las tres cosas a la vez. Marca el paso redoblado hacia la capital, sin olvidar que un ejército, aunque sea de aficionados, debe dar siempre la nota justa. De joven violinista, cuando no se sabía una pieza, esperaba a que la partitura llegara al calderón, un signo musical usado para la suspensión de un compás o un floreo, y allí entraba oportunamente. “En el calderón los espero”, dice para desafiar los formidables ejércitos que le cierran el paso hacia la capital (Eleazar López Contreras: El presidente Cipriano Castro; Imprenta Nacional, Caracas 1986, p.168)
2
Con fulminante movimiento en allegro vivace el improvisado ejército toma Caracas. El presidente Castro encuentra que el país es una orquesta en la cual cada intérprete desafina tocando su propia melodía. Nombra ministro al Mocho Hernández, y a las pocas horas éste se le subleva. Su propio ejército de tachirenses protagoniza un conato de motín en el cuartel San Carlos, que el escritor Manuel Vicente Romerogarcía aborta ordenando una ejecución sumaria. Los banqueros le niegan el empréstito que necesita para comprar armas contra la inminente sublevación. Las transnacionales exigen que le entregue el país. Una conjura de oligarcas criollos y acreedores de la deuda promueve un bloqueo de las flotas coaligadas de Alemana, Inglaterra e Italia, que orquestan un redoble de cañonazos contra nuestras desguarnecidas fortalezas costeras. Los caudillos locales le lanzan un ejército de 15.000 hombres, financiado y apoyado con parque y un buque de guerra por la transnacional asfaltera Bermúdez Company.
3
Con magistrales golpes de batuta y de máuser el inquieto Cipriano les va marcando el compás, y su ritmo desbarata unos tras otros banqueros, revoltosos, acorazados, plutócratas, caudillos locales. En las batallas de La Victoria y Ciudad Bolívar ejecuta el Réquiem del “fiero caudillaje”. Un país atónito aplaude la invicta interpretación.
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La mujer es el reposo del guerrero, pero la música es su arrullo. Don Cipriano no sólo es irrefrenable mujeriego, sino también frenético bailarín. Como antes le llovían conspiraciones, ahora le diluvian valses dedicados: “Invicto”, “Aclamación”, “Castro en Margarita”. Este último fue compuesto por Vicente Cedeño para una novia que le dio calabazas, y lo interpreta cuando el Presidente visita Nueva Esparta. Con autoridad de conocedor, don Cipriano comenta: “Oiga, ese es un valse con introducción en tres partes, dos menores, una mayor y una coda ¿Y cómo se llama el valse?” A lo cual el obsequioso Cedeño, sin vacilar, contesta “Castro en Margarita” (José Sant Roz: “El hombre culto que fue Cipriano Castro y que casi nadie conoce”, Aporrea, 28/12/2007). Las ofrendas que Venus rechaza son presentadas en los altares de Marte.
5
No es la única pieza musical reciclada con fines políticos. A la primera dama doña Zoila de Castro le ofrenda el maestro Pedro Elías Gutiérrez el romántico vals “Las Madreselvas”. En palacios y salones corean sus lacrimosos versos:
En estas soledades que me recuerdan
Que me recuerdan
Los tristes juramentos que oí de ella
Que oí de ella
Cubrirán mi sepulcro las madreselvas
Las madreselvas
Que me dieron coronas para sus sienes.
Cuando la muerte ponga fin a mi dolor
Y con ella en la tumba helada sueñe
Allí vendrán a gemir, sombra y silencio a buscar
Las palomas que me oyeron por su ausencia sollozar…
6
La pieza tiene sus bemoles. Pedro Elías Gutiérrez la había escrito como declaración de amor para la bellísima Mercedes Alfonzo. Seguramente el buen gusto literario era común en la familia de ésta, pues Merceditas no se conmovió con los cursilísimos versos, y posteriormente fue madre del gran escritor Alfredo Armas Alfonzo. Las madreselvas son plantas rastreras, que desalojan a las demás, como la adulación que ya cundía en torno a Don Cipriano y lo llevaría a su perdición. Todos aquellos que habían encumbrado a Castro habían sido relegados por él. Todos aquellos a quienes había encumbrado conspiraban contra él.
7
También conspiraba contra Pedro Elías Gutiérrez un músico de su orquesta, Francisco Pacheco. El maestro Pedro Elías lo despidió y Pacheco se salvó del hambre gracias a una bondadosa cocinera, en cuyo honor perpetró con “Las Madreselvas” una parodia cuya letra apetitosa y nutritiva relegó al olvido los versos que no lograron conmover a la bella Merceditas Alfonzo:
En esta plaza López que me recuerda, que me recuerda
Los días en que esperaba a mi Ruperta
Era en aquellos días que me traía
Mis caldos en botella, papas cubiertas
El gusto de esa sopa, de esos frijoles y aquel asado


La sopa de cebolla, los macarrones y aquel guisado


Estaba tan querido, tan consentido y tan mimado


Que era dicha completa con mi Ruperta.


Todas las noches la esperaba en aquel sitio


Me traía una perola bien repleta


Papita frita y frijol Plátano asado y arroz


Me ponía la barriga como un mismo tamborón…
8
Pero un cochero envidioso y sinvergüenza, se llevó a mi Ruperta tan querida. Y un compadre sinvergüenza y envidioso, el vicepresidente Juan Vicente Gómez, esperó a que don Cipriano fuera a operarse al exterior en 1908, recorrió en coche los cuarteles, le dio un golpe por la espalda, asumió el poder apoyado por acorazados de Estados Unidos en La Guaira y entregó el país a las transnacionales. Son apasionantes sucesos de actualidad perenne, que veremos en un film del maestro Román Chalbaud, si se materializan los medios ofrecidos.



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