domingo, 31 de mayo de 2009


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La primera de las dinastías malditas es en realidad la única, la que todavía perdura, la que para dominar las aguas que nos permiten devorar los órganos de la generación de las plantas organiza la vida como pirámide social y para erigirla organiza la muerte como pirámide de roca que se traga la vida que la construye, y las castas de sacerdotes que inventan el misterio y las de escribas que lo hacen impenetrable y el mecanismo ciego que requiere que por todas las eternidades que puede parir el útero de piedra de la pirámide la vida trabaje para la muerte.
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El faraón Neketis inaugura las dinastías malditas al extender el Imperio sin Nombre en la Era sin Tiempo desde la primera catarata del Nilo, que brota del inframundo, por todo el Sur del Mediterráneo hasta las costas del Atlántico. Tocado por la pasión eternista que impone a los faraones ir al más allá acompañados de su séquito, resuelve partir escoltado por todos los habitantes de su reino. Desde el primer visir hasta el último esclavo agradecen el honor. Para clausurar cualquier otro devenir distinto de la eternidad, antes de descender a la cámara mortuoria que alojaría a un pueblo entero reducen todo su vasto imperio a polvo y lo abandonan, convertido en lo que conocemos ahora como desierto del Sahara.