domingo, 22 de marzo de 2009

LA GENERACIÓN DE LA CUARTA GUERRA


Antiguas voces hablaron de guerra.
Samuel Taylor Coleridge:“Kublai Khan”
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Mucho se habla de la Guerra de Cuarta Generación; prácticamente nada de la Generación de la Cuarta Guerra, que ya ha empezado.
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Las crisis traen guerras y éstas crisis. La de 1790 radicaliza la Revolución Francesa y anuncia las campañas napoleónicas. Estados Unidos interfiere en la Guerra de Independencia de Cuba en 1898 para salir de una grave recesión que arrastraba desde 1873. El siglo XX comienza con otra crisis económica mundial, para remontar la cual el capitalismo declara la Primera Guerra, también Mundial. El armisticio desencadena otra crisis de postguerra que barre con Italia, Alemania, gran parte de Europa y que en Estados Unidos revienta con el crash bursátil de 1929, que inevitablemente llevan al siguiente conflicto. La declaración de hostilidades sólo desenmascara la contienda iniciada.
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Aceptan los ingenuos como arranque de la Segunda Guerra Mundial la invasión de Polonia en 1939, pero las hostilidades ya estaban declaradas desde la invasión de Mussolini a Abisinia en 1935, la Guerra Civil de España en 1936 y la anexión alemana de Austria en 1938.
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Creen los ilusos que la Guerra del Pacífico comienza en 1941 con el ataque contra Pearl Harbor, pero en realidad había empezado desde 1934 con la invasión japonesa a Manchuria y la intervención de Estados Unidos en China con armamentos, pilotos y el embargo petrolero impuesto a Japón.
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La única fecha cierta de comienzo de una guerra es la de la firma de la paz de la anterior, que invariablemente inaugura la inmediata crisis de postguerra.
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Pues la naturaleza perversa del capitalismo es tal que, cuando se copa la demanda relativa –la de quienes no sólo necesitan un bien sino que además tienen dinero para comprarlo- la producción restante no puede ser adquirida por quienes la necesitan y no tienen medios, y el mercado se inunda con un excedente invendible que provoca la quiebra de empresas, los despidos masivos, la disminución del consumo y la parálisis del aparato productivo.
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Entonces, la producción sólo puede ser reactivada mediante una intervención estatal que con medidas políticas cree una demanda de bienes no destinados al mercado. Los planes keynesianos de inversión pública, las grandes obras como las autopistas fascistas o las represas del New Deal de Roosevelt alivian la situación, pero no la resuelven.
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Entonces hay que producir bienes que no copan el mercado porque sólo sirven para ser destruidos junto con quienes los manejan: fusiles, tanques, bombas. Para revivir el cadáver del capitalismo hay que matar seres humanos.
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Alemania e Italia remontaron sus crisis de postguerra con una carrera armamentista que los llevó directamente a la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos capeó el crash de 1929 con grandes inversiones en programas sociales y obras públicas, pero su economía sólo resucitó cuando el conflicto planetario le permitió activar sus industrias para producir armamentos y reclutar a sus cesantes como soldados.
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De la crisis de postguerra que dejó la Segunda Guerra Mundial sólo se emergió a partir de 1950 con la Guerra de Corea, que a su vez dejó una recesión que apenas remontó la Guerra de Vietnam, la cual abrió otra crisis que apenas alivió el dispendio inútil de la Guerra de las Galaxias, tras la cual comenzó otra depresión que no han podido paliar las guerras del Golfo, la de Kosovo, la de Afganistán ni la de Irak.
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Estados Unidos, primera economía del mundo capitalista, responsable de cerca de un cuarto del Producto Interno Bruto Mundial, es el primer golpeado por la crisis: entre el último trimestre de 2008 y comienzos de 2009 su producción industrial decrece 11%; sus exportaciones bajan 22%, su consumo de bienes durables se contrae en 22% y el de bienes no durables en 7%, su PIB cae a una tasa de 3,8%, que al descontarle los inventarios baja a más de 5%; En mayo de 2008 el desempleo se incrementa al 11%, mientras el precio de las viviendas cae un 10% a lo largo del año pasado (Bernstein, Jorge: “Acople depresivo global”, ABP, 20-1-2009). 3.600.000 estadounidenses pierden sus trabajos; la Organización Mundial del Trabajo calcula que para fines de 2009 se perderán 50 millones de empleos en el mundo; el nuevo director de inteligencia nacional, Dennis C. Blair, declara que la crisis es la mayor amenaza a la seguridad de Estados Unidos, mayor que el terrorismo (Nelson D. Schwartz: “Empleos alterados”; The New York Times, 21-2-2009,p.3).

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La única carta que le queda a Estados Unidos por jugar es la supremacía militar. Su economía no pudo evitar esta crisis ni siquiera con el desorbitado gasto militar de 623.000.000.000 dólares para 2007, superior al del resto del planeta; con el cual mantiene 800 bases militares, 9 flotas, y una alianza con la OTAN y la Unión Europea. El imperio necesita desesperadamente pretextos para incrementar la producción de armamentos y con ello activar sus industrias, emplear obreros y ocupar reclutas en la destrucción de países.
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Presas no le faltan. El sistema industrial contemporáneo se mueve mediante el petróleo; cuyas reservas son decrecientes, y es probable que duren poco más de cincuenta años. Desde mediados del siglo pasado, con la desestabilización de países petroleros, el apoyo a Israel, la agresión contra Libia, el fomento del conflicto entre Irak e Irán, la invasión a Afganistán, la intervención en el golpe y el sabotaje petrolero en Venezuela, la invasión a Irak, la persistente amenaza contra Irán y la escaramuza de Osetia, Estados Unidos está involucrado en una incesante guerra cuyo objetivo es el saqueo y el control de la energía fósil del mundo.
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Mientras las emisiones de gases de invernadero del mundo desarrollado alteran el clima y desatan la crisis alimentaria, Estados Unidos inicia otra guerra mediante el Plan Puebla Panamá y el Plan Colombia por el control de los hidrocarburos y las aguas, la biodiversidad y las tierras cultivables de América Central, la Amazonia y América del Sur a fin de aplicarlas a la producción de biocombustibles en lugar de la de alimentos. Y desde 2003, el subsecretario de Estado para Control de Armas y Solidaridad Internacional adelanta la Iniciativa de Seguridad contra la Proliferación, un bloqueo naval global que pretende reunir mil buques de guerra para incomunicar a los países díscolos, y del cual la reactivación de la IV Flota no es más que un aspecto.

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Esta perpetua subordinación a los imperativos de la economía de guerra provoca la pérdida de control de la sociedad y del aparato político de Estados Unidos sobre su Complejo Militar Industrial y sus aparatos de seguridad, al cual las Leyes Patriotas excluyen de todo control jurisdiccional. Según declara el representante demócrata de California Brad Sherman, los disparatados auxilios financieros fueron aprobados porque “a unos pocos incluso se nos dijo que habría ley marcial en EEUU si votábamos que no” (Peter Dale Scout: “El rescate financiero de Paulson”, Rebelión, 13-01-2009). En su carta a Obama, el Premio Nóbel Pérez Esquivel considera “preocupante que una de las primeras medidas de su gobierno haya sido ordenar bombardeos en Afganistán, matando población civil, según informa el diario paquistaní The News (25-1-09), bajo el pretexto de que son ´terroristas´, y decida enviar 30 mil soldados más para ´defender la democracia´”. El ejército tradicional ejerce una desmesurada presión contra la privatización de la guerra a través de compañías como Blacwater. Mientras Obama ofrecía en julio de 2008 una retirada rápida de Irak, el New York Times reveló el 4 de diciembre que el Pentágono planeaba mantener allí 60.000 soldados “por un largo período, incluso hasta después de 2011”. Al conservar al Secretario de Defensa Robert M. Gates, adversario del plan de retirada, Obama abdica su poder de decidir sobre la prolongación de la guerra. O sobre el inicio de otra.

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Estados Unidos quiere llevarse a su sepultura al resto del planeta. La creciente economía de China, la expansiva economía de India y de Pakistán, la agredida Rusia, el amenazado Irán, los Tigres del Asia, el avanzado Japón, no se resignarán a una confiscación unipolar de la energía fósil, sin la cual el mundo no funciona. Para desmontar esta dinámica diabólica, hay que desmontar el capitalismo.