domingo, 28 de septiembre de 2008

PARA VIAJAR SIN PASAPORTE


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Si el viajero es imagen del viaje, el camino es imagen del viajero. Cuando el chamán vaga por otros mundos, se traslada dentro de su propio cuerpo. Delató Freud con sagacidad la similitud entre nuestra anatomía y los parajes divisados en los sueños. Alicia cae al País de las Maravillas por un túnel húmedo para flotar en un mar interno de líquido, amniótico o lacrimal. Es la misma operación que cumplen los espeleólogos del Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne. Entrando por la boca del volcán Scartaris, son tragados por cavernas contorcidas como entrañas hasta mares internos que pueden ser de líquidos digestivos o de sangre, para ser expulsados entre gases y materias cálidas por otro cráter en erupción en Italia. Toda una narrativa preludia o remeda esta travesía endoscópica, como el Voyage de Nicolas Klimius dans le monde subterrain, de Louis de Holberg (1788) o la serie sobre Pellucidar de Edgar Rice Burroughs (1922). El truculento Emilio Salgari nos arrastra por úteros abominables o ilimitados en el río sumergido que conecta Kentucky con el lago Titicaca en Duemila leghe sotto l´ America (1888); en el canal subterráneo que atraviesa Italia desde el mar de Liguria al Adriático en I naveganti delle Meloria (1903), o en El laberinto infernal, (1904) donde Sandokan vaga durante toda una novela por un interminable dédalo subterráneo. Pero también se peregrina por la mente al recorrer los infiernos matemáticos del interior de una computadora o un cerebro en los films animados Tron y Reboots.
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El viajero imaginario intenta resolver el mismo problema que se plantea el real: el de si todos los sitios son iguales y el mundo por tanto es absoluto, o si todos los sitios son diferentes y el mundo por tanto es relativo. La interrogante inquiere además si es relativo o absoluto el ser humano. Montesquieu en Las cartas persas nos revela que nada es más parisino que la corte del Gran Sultán en Turquía o viceversa. Voltaire en sus Cartas Inglesas nos predica la abominación de trasladar Londres a París, aunque en “Micromegas” nos advierte que debemos ser tan humildes y considerarnos tan ignorantes como los gigantes dotados de cien sentidos que viajan en la cabellera de los cometas. Pero así como un periplo nos exilia del amable confín de lo conocido para amenazarnos con los pavores de lo ignoto, puede revelarnos los riesgos de lo cotidiano. Todos y cada uno de los parajes del Gargantúa y Pantagruel, incluso la utopía libertaria de la Abadía de Telesma, son refutaciones o demostraciones de los asertos de Rabelais; el planeta Solaris de Stanislas Lem, al igual que nuestra mente, corporeiza recuerdos e ideas hasta el extremo de hacer dudar de la realidad material. No en balde está punteada de cíclopes la ruta de Ulises, de aves Rock la de Simbad, de aviesos enanos y benévolos gigantes la de Jonathan Swift. El viaje fracasado, vale decir, aquél del cual se regresa, tiene el efecto perverso de hacernos ver lo cotidiano como incomprensible.