domingo, 1 de diciembre de 2013

NOCHE


Yo iba más bien de prisa, porque no quería im­buirme dentro de esas horas de la madrugada que sólo figuran en el reloj por pura fórmula porque no existen sino de vez en cuando o quizá nunca. Subí las escaleras del edificio pero en vez de entrar al apartamento llegué a la azotea y abrí la oxidada puerta de hierro que da  más allá de los tendederos. Estaban limpiando los fanales con los que de noche proyectan las estrellas, y eso explicaba el cielo perfectamente negro. El opera­rio me mostró cómo se abría y cerraba la tapa con las lentes, y pude mover hacia atrás y hacia adelante una de las ruedecitas del proyector, haciendo pa­sar un surtido de constelaciones. Como no había brisa, decidí pasear por las azoteas y así pude ver grandes cucarachas del tamaño de caballos de tiro, que caminaban por las paredes externas de los edificios, y se notaba que era en rondas de ins­pección por la lentitud con que lo hacían y el dete­nimiento con el que se asomaban a algunas ventanas y la meticulosidad del movimiento de las antenas.
 Bajé otra vez a la calle y caminé. No­té una escalera de mano apoyada en una de las pa­redes, subí por ella y al mirar adentro descubrí al en­mascarado que va cambiando por ácido el contenido de los frasquitos de colirio, y que como trabaja solo, avanza verdaderamente poco en su tarea, habida cuen­ta de la multitud de ojos que habitan la tierra. Todos esos ojos despedían en ese momento tenues luces a pe­sar de estar cerrados. Así, entré por la ventana, descubrí dos lucecitas lejanas y una vez cerca de ellas oriné sobre las cobijas. Bajo ellas estaba una mujer y sorprendido, noté que, sin despertar, también comenzaba largamente a orinar mientras en sus párpados apare­cían las imágenes del sueño que la poseía, un caballito y varias insípidas lunas.
       Me fui en silencio y noté muchas silenciosas po­lillas flotando como copos en la oscuridad de los cuar­tos. Divisé una muela con sus raíces empotradas en la pared. Ví que estaba cariada y me alejé por­que tuve la certeza de que dolía.
        El aire de la calle no era puro ni frío. Un edifi­cio tenía delante un pequeño jardín, pero su césped parecía diminuto y blanco. Me acerqué y vi que estaba formado por millones de cortaduras de uñas. Pensé depositar una moneda en una cercana máquina automática de vender bebidas, pero me detuvo la incertidumbre sobre lo que iba a salir de ella. Noté también que las monedas, todas, lucían ambos lados idénticos y que en ambos estaba acuñada la efigie de Judas.
En una calle estaba guardado todo el frescor de la noche, condensado en un enorme peñasco contra el cual había que apoyar la frente. Entonces se experimentaba una sensación de insomnio y un suave olor a menta.
Por las calles aparecían los primeros autobuses y decidí dirigirme al trabajo.
(Vela de Armas)

TEXTO/FOTO: LUIS BRITTO