viernes, 18 de enero de 2013

UN MAESTRO


Un paso más allá de la perfección, y después seguir avanzando. Cuando muchacho sólo se puede avanzar, cuando viejo se encuentra que no se ha avanzado nada. Dos veces surge su candidatura para la dirección de la Sinfónica y dos veces es rechazada. Como se exige mucho temen que exija a los demás demasiado. Los instrumentistas lo llaman muy duro y la suegra le dice neurasténico. Para escapar de los desafinamientos de la orquesta se hace solista,  para escapar de la soledad del solista se hace compositor. Allí perpetra una broma musical con trágicas entradas de violines y murmurantes fagotes al estilo del principiante de vanguardia, y todo el mundo se la toma en serio. Luego le toman en serio una glosa sinfónica con ritmos populares compuesta para incomodar a un consagrado maestro dedicado a los ritmos populares con glosas sinfónicas. Cuando compone como quiere nadie le escucha. Va desmontando los excesos que aquejan la sinfonía y el concierto. Finalmente lo incomodan los aderezos de la fuga o la forma sonata. Alguna vez lee la historia de Francisco de Asís que se despoja en la plaza pública de sus galas que lo atan al siglo y lo distancian de sí mismo. Por esa vía llega a la nota única y al silencio. Pero el Pobrecito amó a la mosca y llamó hermano al perro. Negar el misterio de la música o del mundo no es resolverlo. La esencia  existe en las criaturas y las formas musicales más sencillas.  La larva o el vals criollo  cantan el infinito o la miseria de la creación. Una de sus hijas lee nasalmente para la plana escolar los arrebatos de un fósil romántico difunto:
            ¿A qué más estaciones, alma mía?
            ¿De quién huyes, qué sino te persigue?
            Eres tú quien se oculta y quien se sigue.
            Tu tormento es tu misma compañía.
Se abalanza sobre los papeles pautados. Con ensañada sencillez ensaya la forma del vals criollo. Como polillas a la llama de la vela tantos maestros provincianos se acercaron a la llama de esta forma universal  sin lograr otro fulgor que el olvido. Nunca seremos más que la chispa que se extingue. Su composición es estrenada y hace furor. El flameo de los primeros compases promete una levedad que repentinamente hiere. La aldeana capital se ve enfrentada a un vals que se baila como en otro espacio, o que revela que las cosas siempre danzan aun estando quietas. Finalmente un bromista le cambia la letra:
            ¿A qué más chicharrones, negra mía?
            ¿No ves que hay choricetas en la esquina
            Y el cochino maldito me asesina
            Y me tiene a chorrito noche y día?
El furor se redobla. Las multitudes cantan a coro la nueva letra para librarse de  la música vieja. El compositor sale a la calle. Tropieza con un perro muerto. No sabe si llamarlo hermano. El hermano sonríe.
(Los Fugitivos)
TEXTO/FOTO: LUIS BRITTO.