domingo, 14 de octubre de 2012

EL SOL Y SESENTA MIL DÓLARES


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En el taller, sobre los arrumbamientos de tubos de pintura retorcidos, de marcos y de cartón piedra está todavía el cuadro de la montaña del Corregidor, en bermejo, un sol azul, desdibujado, arbitrario, con la tela ennegrecida hacia las esquinas donde la invalorable firma ya no se ve. Todas las horas de todos los días se yergue ante mí como una pirámide apuntando a los cielos cárdenos, al sol venenoso. Cuando en la tarde el reflejo del sol verdadero borra la pesadilla, me pregunto por qué no la vendo.

2

Éramos trece muchachos en París y cuando nos cortaron la beca dirigimos carta abierta a la prensa “El grupo Fósculus al borde de la indigencia ¿Se propone ser ingrato con sus mejores promesas, el país?” El país se proponía ser ingrato. Nuestras becas fueron transferidas a una cuerdita de poetas del grupo Anoniel, que se entrevistaban mutuamente, llamándose las verdaderas esperanzas de la cultura. Ante el cierre del horizonte intelectual, excomulgamos del grupo a dos oportunistas que empezaban a hacerle la corte al capitanejo de Anoniel, brujuleamos hacia un agregado cultural del grupo Laureles y Espigas y empezamos a atar los mazos de pinceles con guaral. Sanchez Álvarez se negó a irse. Cuando le cedí mi colección de Pitigrilli y un atado de sábanas sucias me abrazó, dijo que el grupo Anoniel era flor de un día, que el tenía una palanca en el ministerio, que la fortuna favorece a los audaces. En los parques miraban la nevada con ojos inexpresivos las palomas.

3

Tenía razón. Al ministro lo quitaron en tres meses. Con él naufragó la cuerdita de Anoniel, pero las becas las transfirieron a un agregado cultural de cejas finas que pertenecía al grupo Homunculus. No supe más de Sanchez Álvarez. Yo me había estrellado contra el país. Sucesivos cambios de ministros me desalojaron de consecutivos puestos en las direcciones de cultura; concomitantes intrigas me separaron de la redacción de Erúndula, mensuario pedagógico del ministerio de Educación. Como la beca había interrumpido mi preparación formal, desistí de los bodegones, abominé de los paisajes, abandoné los desnudos que planteaban el irresoluble escorzo de los pies, y después de interminable embadurnamiento en que parecí olvidar todo lo que no había aprendido pasé por los búcaros que apestaban a Cezánne y los chisguetes que hedían a Munck y encontréme impresionista, cubista, expresionista, qué se yo, hasta completar las reseñas, las conferencias, las mesas redondas, la integración en grupos necesarias para el Premio Municipal. Entonces regresó Sanchez Álvarez, Alvarito como le decíamos, sin cuadros y con un ojo en estado lamentable. Le pregunté que si estaba mal de ahí, señalándole los bolsillos, y me contestó tocándose la cabeza. Me declaró que lo perseguían, pero no pudo precisar quienes. Me confió la historia de la pérdida de todos sus trabajos; fui a la aduana y descubrí que el misterio consistía en que por un retardo burocrático todo el bagaje había quedado sin que nadie lo reclamara. Lo rescaté, con perjuicio de mi bolsillo, y Alvarito no dijo más que “¡Miserias!”. Se sentó en un butacón, hundió la cara en las manos, traté de convencerlo de que “expusiera”, empecé a leerle las críticas sobre mi trabajo que destacaban “el sentido de fuerza plástica en la mesurada y estática composición controlada y la máxima simplificación del plano espacial”. Levanté la mirada. Dormía.

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Si usted me pregunta yo le digo que el atavismo de sus padres agricultores lo hizo volver a vivir al campo. Otro atavismo lo llevaba al ministerio que le había dado la beca, donde se aparecía en plan de pordiosero a vender por miserias lienzos lamentables, que llevaba enrollados. Iban a parar, sin que nadie los desplegara, a un cubículo donde los conserjes guardaban escobas, coletos, baldes. Pasando por allí para tramitar un subsidio escuché a una secretaria que le decía a otra que por qué no se llevaba uno para su casa. “Ay, gran cosa ¿Y por qué no me regalas un López Méndez?” fue la contestación. Volví a ocuparme de Sanchez Álvarez cuando lo atropelló el mismo autobús que lo llevaba de regreso al campo. Un director de Sección del Ministerio que le tenía lástima dio recomendaciones muy eficientes. Una enfermera lo tenía consentido porque, me explicó, era muy niño. Y por otra razón que hubiera preferido no saber: porque se va a quedar ciego. El doctor César me comentaba asombrado la capacidad de recuperación del cuerpo de esos campesinos. Cuando le expliqué que no era conuquero se interesó muchísimo. El doctor César era aficionado, humilde aficionado, insistía, y encontrarse al mismo tiempo con un sumo pontífice con Premio Municipal y un artista del pincel le arrancaba expansiones. Cuando Sanchez Álvarez le borroneó un retrato frunció el ceño.

-Esa alteración de los colores… Esa incapacidad de fijar las formas… ¿No será que…?

-No son los ojos. Es su estilo.

-No debe forzar la vista contra el sol. No quiere ponerse los lentes oscuros que le regalé. Dice que cada cosa tiene un espíritu adentro. La cuestión consiste en encajar con el color que al espíritu le gusta comer. No quisiera que…

-Es inofensivo, doctor.

Allí comprendí que me ocupaba de Alvarito porque era mi consuelo. Yo por lo menos no había terminado como él.

5

Por aquella época se habían declarado no sé cuáles corrientes populistas en pintura de manera que tomé el autobús con Sanchez Álvarez. Quién sabe si su rancho estaba en un arrabal clareado o un desolado virgen. Los cerros pardos, anaranjados, polvorientos, herían la vista, de manera que me puse los lentes oscuros que Sánchez no quería usar.

-Llegamos en las mejores horas ¡Todo está fresquecito!

A la media hora las piedras echaban humo. Desistí y me entretuve cocinándole un menjunje de blanco de zinc con gelatina para que imprimara unas lonas que se había apropiado indebidamente de un templete de Carnaval. Era Semana Santa.

-En ese montículo enterré un perro que murió picado de culebra. Ese maíz se lo comieron todo los pericos. En la iglesia los santos están en la sacristía, porque se murieron las niñas viejas que los vestían. Y esa campana ¡Qué no daría por no oir todos los días esa campana!

Los mosquitos empezaban a picar y se oía como un rezo o un gruñir de cochinos.

-Tú has sido muy bueno conmigo. Has cometido el error de humillarme, siendo bueno. Voy a darte algo. Pásame ese cuchillo, para cortar los guarales de esta tela. ¿Ves? Ah, no, es una guaricha desnuda. Tuve un asunto con ella cuando estaba peleado con mi mujer. Estas otras cosas las ensuciaron las gallinas ¡Fíjate qué pocos colores me quedan! Ésta es una pelirroja que tiene un italiano en el pueblo. En realidad nunca la vi desnuda. Esta que tapona el hueco en el bahareque la hice recién llegado, para dejar de pensar en el paisaje.

Y me pasó, como si tal cosa, la montaña del Corregidor.

-Dios me habló. Y tampoco dijo nada ¡Ya vienen otra vez esos pericos! ¡La bácula, Purificación, la bácula!

Y Purificación vino con la escopeta y al poco rato retumbaban descargas en el crepúsculo lleno de graznidos. En aquél momento yo planeaba mi villanía, y eso fue que le hice tragar al director de alguna revista cultural de las petroleras el cuadro de la montaña a guisa de arte popular, sin mencionar que Sanchez Álvarez había tenido formación académica. Mi plan originario era un ensayo de altos vuelos sobre los pintores “primitivos”, pero puso la montaña del Corregidor en la portada, con texto poético: “Al principio, fue la montaña. Y después, vino el pintor. Y entonces de la caja olorosa a azucenas de ingenuidad, salió como una paloma la obra de arte. Y así quedaron”. Después, el artículo de míster Proudfit sobre nuevos dividendos en el mercado de los crudos. Cuando del fotograbado me llamaron para preguntarme si me interesaba quedarme con el cuadro, dudé si tomarme la molestia de recogerlo. Al fin lo hice. La próxima vez que supe de Sánchez Álvarez fue por carta en la que me solicitaba mover influencias para meter a su hijastro en un reformatorio: el papelito era uno de esos de envolver queso; la letra desigual, “primitiva”… “Como sé que el que pide molesta…” se excusaba. Olvidé contestarle.

6

Pasaron años ¿Cuántos? El arte nacional se entenebrecía en tempestades vibrantes. Vino la gran polémica de los collages. “Nunca como ahora –escribía yo en mis regulares artículos para revistas oficiales- la atmósfera de pasiones que agita nuestra plástica ha desencadenado tal fuerza profunda: los grupos Hipsólides, Guturiel, Síntesis, Carbunclo, Joyante, aun si se toma en cuenta la desgracia de que sus principales representantes hayan emigrado a Europa obsedidos por la incomprensión ambiente, son un fermento…” Y allí me detenía, para no continuar con el “cuya germinación hará estallar al mundo” de los proletarios de Zolá y de las beatas que esperaban el Apocalipsis en la parroquia Candelaria. El fermento fermentó en becas, en bolsas de trabajo, en polémicas de las cuales se hacían plaquettes que sus autores repartían autografiadas en mesas redondas, en reseñas, en grupos de jóvenes que tomaban por asalto las mesas de redacción para declarar que ellos eran “cósmicos” y “se angustiaban”… Lo que me hizo desencantarme de todo aquello fueron los libelos en la revista Símbolo donde se me tildaba de academicista y filisteo. A punto estuve de contestarles que el Arte es Uno, y no varios, cuando la cargada nube se descargó en relámpagos que dividieron en dieciséis grupos la Escuela de Artes Plásticas, sin obras pictóricas realizadas. Al final de aquello, yo, academicista y filisteo, fui uno de los dispensadores del aire de mutua comprensión, de la nueva política, de la mutua complacencia entre istmos y contra-istmos, de nuestra obsesión por adoptar todas las vanguardias en cuanto dejaban de serlo ¿O el Arte es Varios, y no uno? Tantas polémicas marcaron mi ingreso al mundo de la crítica, lo cual determinó una capacidad de inspirar temor que auspició alguna devoción de las galerías hacia mis cuadros que causó que mi obra constara más de artículos que de cuadros que facilitó el abandono del caballete por el ejercicio de la lucidez que sólo se logra desde las gerencias culturales. Supe al final por qué siempre había aborrecido el olor de la trementina. En mis cuadros y por sobre todo en los de otros. Al fin aborreceré la crítica, que termina volviéndose contra uno mismo. Un día se apareció Sanchez Álvarez a venderme un cuadro a doce bolívares, y se lo compré por lástima. Examiné el desdibujamiento de los trazos, y le pregunté por su vista. Me contestó que un ojo todavía le servía. Yo no veo, imagino, me dijo. Estaba muy contento. Uno de los sumos pontífices de la crítica le había comprado en novecientos bolívares un lote de varios años de trabajo.

-¿Tienes más cuadros que quieras venderme?-le pregunté.

-No, le pasé todos los que estaba dispuesto a vender ¿Sabes dónde se compran buenas trampas para zorros?

Cuando me le puse a la orden al crítico para todo lo concerniente a la documentación, a la preparación de los catálogos, me confesó que, igual que yo, se daba el lujo de darle algún dinero por lástima. A veces Sánchez le mandaba algunas telas o trapos con uno de sus hijos, pero el crítico no sabía qué hacía el muchacho con los reales.

7

No sé tampoco cuántos años pasaron antes de que Sánchez volviera. El rancho y la salud se le habían venido abajo. No le quedaba más que un atado de lonas pintadas.

-Son un fraude-me dijo.-Nunca se llega a ninguna parte.

Pero llegamos puntualmente, él para venderle el último lote al crítico y yo donde el doctor César para suplicarle que le consiguiera cama en el hospital a un colega, usted sabe, un colega que no ha tenido suerte.

Ello marcó el comienzo de la serie de artículos que el crítico publicó en la prensa: “Viejo y sin recursos, vive sus últimos días en la capital el más representativo valor de la generación pionera”. Y bajo un cliché borroso: “una nueva búsqueda feroz e incansable del sentido de un espacio vibrante de luz”. Lo de los “últimos días” puso en crisis a Sánchez. Pintando en el patio pescó una pulmonía, murió, y sólo mil bolívares, que el crítico cambió por todos los cuadros que en vida nunca había querido vender fue lo que le quedó a Purificación y los cuatro muchachos. Entonces pasó lo que siempre supe que pasaría y se desató en artículos visionarios y alucinatorios el señor crítico y vino la monografía y advino la biografía y sobrevino el álbum de lujo y cayeron ávidas sobre el bastimento de lienzos telúricos las petroleras y pujaron las grandes familias en las subastas y de mi paso por la región del genio quedó sólo la guaricha que vendí a la Creole y la pelirroja por la cual se pelearon largamente la Texaco y la General Motors y por la montaña Corregidor a pesar de la ruina química inminente sigue la puja entre la Shell y el Museo. Cuando la oferta llegue a sesenta mil dólares podré por fin dejar de pensar en esta historia.
(Los Fugitivos)
(TEXTO/FOTO: LUIS BRITTO)