viernes, 2 de diciembre de 2011

EMPIEZA LA INVASIÓN CONTRA VENEZUELA



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La formidable flota de quince acorazados apunta contra Venezuela sus cañones que fulminan blancos más allá del horizonte con proyectiles de 305 milímetros de calibre disparados con nitroglicerina. Son unidades con velocidades superiores a los veinte nudos, desplazamientos mayores de 20.000 toneladas, corazas de más de 300 milímetros, con dotaciones de más de ochocientos marinos aptos para el desembarco en lanchas con ametralladoras. Los almirantes se afanan sobre los mapas repartiéndose el botín. Desde los tiempos de los piratas Walter Ralegh, Amyas Preston y Robert Dudley, Inglaterra codicia la Costa Oriental y el Orinoco, arteria fluvial hacia las riquezas de Guayana. Desde los tiempos de los Welser, Alemania ansía la Costa Occidental, con el Lago de Maracaibo que colecta las riquezas de los Andes y del Departamento Norte de Santander. El ferrocarril alemán de Venezuela habría comunicado a la Wilhelmstrasse el infundio de que el presidente Cipriano Castro consentiría en entregar la isla de Margarita como pago de intereses, para que los germanos instalen en ella una base naval. El New York Herald lo repite el 30 de mayo de 1900. Gerónimo Pérez Rescaniere revela que en nota ultraconfidencial dirigida a los ingleses, los alemanes confiesan: “Nosotros consideramos la ocupación temporal de diversos lugares venezolanos”. Pero ya llevan 99 años de ocupación “temporal” de Kiaochow en China (De Cristobal Colón a Hugo Chávez Frías; T.II, p. 218, Fondo Editorial Ipasme, Caracas, 2011). Los litorales ocupados devendrían colonias; desde ellas Inglaterra y Alemania dominarán las rutas hacia el Istmo, donde se proyecta cavar un canal transoceánico por Nicaragua o Panamá. Si nada detiene el zarpazo inicial, recolonizarán América Latina. Italia se contentará con los despojos.
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El 9 de diciembre de 1902 acorazados ingleses y alemanes convierten el bloqueo en guerra. Asaltan en La Guaira las mínimas y desarmadas unidades venezolanas “Margarita”, “Zamora”, “Zumbador” y “23 de Mayo”. El acorazado “Panther” rinde con sus cañones al “General Crespo” y al “Totumo” y los echa a pique. Los ingleses abordan al “Restaurador” en Guanta; el acorazado inglés “Caridbys” secuestra al “Bolívar”; el “Miranda” escapa internándose en el Orinoco. Lanchas con ametralladoras del acorazado inglés “Retribution” asaltan el “Margarita” y el “Ossun” y les desbaratan las calderas. Los cruceros italianos auxilian y abastecen y a los agresores. Pelotones armados de ingleses y alemanes desembarcan.
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Venezuela ha sido tomada como rehén por flotas imperiales; Cipriano Castro considera detener a los connacionales de los invasores, pero luego decide, magnánimo: “Venezuela no necesita rehenes para vencer”. Contra acorazados invulnerables y cañones irresistibles sólo tiene el recurso de la resistencia territorial, que convoca con sonora proclama: “¡La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria!” A su conjuro acuden cien mil voluntarios; las colonias colombiana y peruana se presentan a defender Venezuela como si fuera su patria. No es una fuerza despreciable: con cinco mil voluntarios Cipriano acaba de desbaratar el ejército de 15.000 hombres que contra él armaron los caudillos locales y los acreedores de la Deuda Externa. Una poblada de patriotas venezolanos ocupa el carguero “Topaze” en Puerto Cabello y le arría la bandera inglesa. Los acorazados acribillan los fortines El Vigía y Solano con proyectiles de 21 cm, desembarcan tropas que incendian y destruyen documentos históricos y se roban las campanas. Los acorazados alemanes “Vinneta” y Panther arrasan con más de un centenar de disparos el fuerte de San Carlos en el Zulia. El “Panther” intenta forzar la Barra, encalla ignominiosamente, y se retira dañado por la anticuada artillería del fuerte.
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Los prepotentes agresores están en un callejón sin salida. Sus dotaciones serían diezmadas si se aventuran más allá del litoral. El canciller argentino Luis María Drago formula la doctrina de que “la deuda pública no puede dar lugar a la intervención armada, ni menos a la ocupación material del suelo de las naciones americanas por una potencia europea”. Estados Unidos prepara el zarpazo para apoderarse de Panamá, y no quiere competidores en las cercanías del futuro canal. Hace valer la doctrina Monroe, y fuerza a alemanes e ingleses a un arreglo que reduce la deuda venezolana a la sexta parte. Al no poder expandirse hacia América Latina, los imperios se despedazarán en una Guerra Mundial que costará nueve millones de muertos. El irreductible Cipriano Castro sólo será depuesto por traicionero golpe de Estado, que custodian tres acorazados estadounidenses. Un siglo más tarde, funcionarios apátridas todavía incluyen en los contratos de interés público cláusulas inconstitucionales que someten a Venezuela a árbitros o tribunales extranjeros; jueces incalificables sentencian en contra de la Constitución que nuestro país no tendría soberanía absoluta ni inmunidad de jurisdicción y puede ser condenado por jueces, árbitros o autoridades foráneas. Así preparan la invasión futura.
Son sucesos de perenne actualidad, que veremos en una película del maestro Román Chalbaud, que espera el comienzo de su producción desde hace dos años.

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