sábado, 4 de diciembre de 2010

DIOS



Atala se fue de la casa con el primero que le habló de amores.
Y concibió con él dos muchachos.

Atala servía desde niña a la señora que era beata.
Encendía sus cirios y acompañaba sus rosarios.

Atala no sabía leer pero la señora le enseñaba los libros.
Una lámina mostraba el camino de placeres que lleva al infierno.

El brillo de los cirios alumbraba el Cristo de loza.
Y los hilos de sangre brillaban como caminos de gloria.

Junto a la pila de agua bendita ardía el Ánima Sola
Vestida toda de llamas en un mar de candela.

Una estampita fue todo lo que Atala se llevó para el rancho.
En la mano de Jesús ardía su corazón sin quemarse.

Cuando el hombre la dejó, Atala tuvo que emplearse por horas.
Sólo Jesús escuchaba a los niños llorar en el rancho.

En los cielos no había ya nubes y en las casas no había trabajo.
A veces no había cartones que recoger para el camión que compraba desechos.

La mirada de Dios cubría todas las cosas.
Sólo de Atala desviaba sus ojos.

Toda una noche rezó y por la mañana encontró cajas de madera.
Con los centavos compró las velas que encendió ante la imagen.

Por mi culpa, por mi grandísima culpa no llegaré hasta ti, Señor.
Con tu mano protege a estos niños que aún no han pecado.

La puerta de la Gracia está siempre abierta.
Ese día le dieron trabajo planchando y volvió ya muy tarde.

Primero vio a la gente correr, luego el humo, y el fuego muy tarde.
En la mano de fuego de Dios ardía el rancho.

(Los fugitivos, 1964, Editorial Pensamiento Vivo, Caracas)

(Foto/Texto: LBG)