sábado, 23 de mayo de 2009

LA PESTE IMAGINARIA


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Para convencer al Faraón de que deje salir a los hebreos de Egipto, Moisés pide a Jahvé siete milagrosas plagas. Un día, todos los primogénitos de las familias egipcias amanecen muertos. La peste es voluntad de Dios, o Dios mismo.
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Se rompe el Séptimo Sello, y el apóstol Juan ve caer las estrellas y los mares tornarse en sangre. En el firmamento cabalgan los jinetes del Hambre, la Muerte, la Guerra y la Peste. La plaga es condición del Apocalipsis, instrumento necesario del Fin de los Tiempos.
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Por los cielos de la Edad Media galopa la Peste. Unos la atribuyen a los brujos, otros a los cometas, los más al castigo divino. Rogar a Dios su cese es afirmar que su acción o inacción la provoca. Un alquimista que dice ser médico contempla a través de su máscara protectora cómo agoniza la muchacha que había sido su primer amor. Ha querido transformar plomo en oro: no puede evitar que el metal noble de la vida se degrade en carroña. Es el argumento de la novela de Marguerite Yourcenar L´Oeuvre au Noir(1968). Nuestro único desquite contra la peste y la muerte es volverlas estética.
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La plaga se cierne sobre el Renacimiento. Todo opuesto atrae su contrario: la Muerte llama a la vida. Los poderosos se acuartelan en castillos contra el populacho: contra la peste ensayan encerronas y orgías para aprovechar los precarios instantes de la vida. En una de estas cuarentenas sitúa Bocaccio los desenfrenados relatos del Decamerón. Hoy comamos, y bebamos, y gocemos y cantemos, que mañana ayunaremos, cantan en su último estertor los trovadores a quienes va segando el contagio.
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La Edad Moderna postula que todos los fenómenos son naturales. El pavor exceptúa a la peste, que se considera fruto de la malevolencia. Durante la gran peste en Milán, ésta encarna en los untatori, personajes que supuestamente circulaban con un cucurucho de polvo o pomada pestífera que untaban a las víctimas para contagiarlas. Más que a la peste, ciega, se temía a los untatori, a quienes se suponía con penetrante mirada. En su novela I promesi sposi (1827),Alessandro Manzoni consigna con pluma maestra todos los detalles que desde entonces serán obligatorios en las descripciones de epidemias: los funcionarios marcando con cruces las casas empestadas para convertirlas en sepulcros de vivos, los carros llenos de cadáveres amortajados con sus sábanas, el recurso imparcialmente inútil a los sahumerios, a la oración, a la penitencia.
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La peste, como la muerte, nos iguala a todos. Pueden encerrarse los poderosos en impenetrables castillos creyéndolos inaccesibles al populacho y a la segadora. En “La máscara de la Muerte Roja”, Edgar Allan Poe describe una oligarquía acuartelada en un insolente festejo con el cual cree hacerse invulnerable a las calamidades del mundo. Las puertas se abren y un macabro huésped entra solemnemente. La Máscara de la Muerte Roja cae sobre los celebrantes. La careta mortuoria es nuestro rostro.
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La plaga puede ser máscara de una abominación peor. En el film Nosferatu, de Murnau (1922), un velero con ataúdes repletos de tierra de cementerio y ratas llega al puerto. Todos sus marinos han muerto, poco a poco empiezan a agonizar los habitantes de la ciudad. Por los visillos se contemplan procesiones que cargan ataúdes. El causante de la plaga es Nosferatu, el No Muerto, el vampiro que chupa la sangre y la vida, y que sólo será vencido por la inocencia y por el sol. En el remake casi idéntico de esta cinta en 1977, Werner Herzog introduce una delirante secuencia de orgía callejera en plazas, en callejuelas, con moribundos andantes que ha perdido toda esperanza de amurallarse contra el destino.
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Pues el vampiro no es más que metáfora de la seducción perversa, y la paidofilia una de las mutaciones de esta criatura lúgubre que en su busca de víctimas sólo consigue ser victimizada. En La muerte en Venecia (1912), Thomas Mann describe la peripecia de un creador en plena crisis de la madurez que va a Venecia en busca de inspiración y sólo encuentra un indeciso coqueteo con un efebo y una muerte humillante por tifo. Luchino Visconti, que de niño frecuentaba los mismos balnearios y quizá pudo ser el Tadzio de algún perverso Thomas Mann, filma esta historia como ceremonia fúnebre ritmada por las desgarradoras quejumbres de la música de Gustav Mahler. Si el compositor Aschenbach maquillado por un peluquero adulador es quizá un vampiro o un cadáver; su chorreante tinte de pelo podría ser exudado de la putrefacción. Inevitablemente, como Nosferatu, muere ante el deslumbramiento del naciente sol; su última visión, como la del No Muerto, es la de una criatura inocente semidesnuda que señala al amanecer y al más allá.
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La epidemia como fábula moralizante es el tema de la morosa novela La Peste, de Albert Camus (1947). Sin brillantez ni realismo, cuenta desde el punto de vista de un médico la propagación de una pandemia en Orán. Al final, el autor no resiste la tentación de explicar su narrativa: “El mal existe”, afirma. Queda por explicar por qué el mal, como las bacterias, no tiene intención ni propósito visible. La película homónima, con un desolado William Hurt en el papel del médico, asoma una analogía con los autoritarismos neoliberales de Chile o América Latina: los supuestos empestados son secuestrados a la fuerza, como disidentes; el Estado reclama poderes para confinarlos en un inmenso estadio; quienes afirman que la peste no existe o remitió son desaparecidos.
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Lo cual nos arroja al tema del lanzamiento premeditado de una peste para justificar poderes dictatoriales. Es la anécdota del comic de Alan Moore y David Lloyd V for Vendetta(1982), filmado por James McTeige (2006): las autoridades experimentan en seres humanos para fabricar un virus, atribuir su difusión a inexistentes terroristas y legitimar una dictadura para combatirlos. Una de las víctimas del experimento, asume la máscara tradicional de Guy Fawkes, el personaje histórico que intentó volar con pólvora al rey James, y con el lema “los gobiernos deben temer a sus gobernados, y no los gobernados a sus gobiernos”, moviliza a toda una población cubierta con máscaras que desenmascara a la dictadura. Tema similar desarrolla la cinta de Kart Wimmer Ultra Violet (2006): la formidable asesina vampírica protege a una criatura inocente que porta el anticuerpo de la salvación contra una dictadura teocrática basada en el monopolio de la inmunidad, en una orgía de ultraviolencia, necrofilia y efectos especiales. La Peste es el Poder.
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El fin de la Humanidad por una epidemia y el precario destino de los pocos sobrevivientes es el tema de las novelas de ciencia ficción. Soy Leyenda, de Richard Matheson (1954) y Some will not Die, de Algis Budrys (1961). La primera plantea una fascinante ruptura conceptual: quizá el contagio sea la salvación, quizá la inmunidad sea el infierno. En The War of the Worlds (1898) de H.G. Wells, una plaga destruye a los invasores marcianos. En las Crónicas Marcianas (1951) de Ray Bradbury, los habitantes del planeta rojo fallecen de una trivial varicela contagiada por los astronautas de Estados Unidos. Una cepa extraterrestre incurable escapa de control en un laboratorio de guerra bacteriológica en The Andrómeda Strain, (1969) de Michael Crichton. Para manejarla, se desarrolla un supresor inmunológico que profetiza lo que luego sería el Sida: el remedio peor que la enfermedad. Una sobrecogedora cinta de Terry Gillian, Twelve Monkeys (1995) narra desde un desolado futuro de catacumbas los frustrados intentos para evitar que un sicópata disemine un morbo creado por la industria farmacéutica. La Peste es la Ciencia, que tiene sus propios infiernos.
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Entre tantas historias infecciosas echamos de menos una que destaque la importancia geopolítica de la peste. La plaga fue el arma principal de la Conquista de América y del inmenso genocidio de los indígenas. Los invasores de Tenochtitlán avanzaron sobre alfombras de aztecas muertos de viruela; más que por la espada, los americanos originarios fueron diezmados por el catarro. Los caritativos colonos norteños regalaron a los pieles rojas mantas que habían sido usadas por enfermos de viruela, y así consiguieron borrarlos del mapa de la expansión. Epidemias semejantes abrieron paso a la carga del hombre blanco sobre el resto del mundo a ser colonizado. Despachaban a sus víctimas los bacilos repotenciados en el hacinamiento de sus ciudades. Nuestra Civilización cabalga sobre el Jinete de la Peste, el otro nombre del Apocalipsis.

PD: El 5 de junio se estrena en el Teatro Teresa Carreño la película Zamora, Tierras y Hombres Libres, dirigida por Rómán Chalbaud y con libreto de un servidor.