sábado, 20 de septiembre de 2014

LA ORGÍA IMAGINARIA/EL PÁJARO



La esfera de fuego que está más allá de la esfera de las
estrellas fijas, y que envuelve el infinito.
Leonardo: Codex Hammer.

El día que el Gran Pájaro alzó el suelo desde la colina de Locarno, una nube en forma de montaña grandísima, rocosa, salpicada de bocas de cueva —pues los rayos del sol, tirando a rojo, teñían la nube, coloreándola— atraía a las nubecillas en torno, mientras ella permanecía en su sitio, conservando aún destellos de luz. Leonardo dirigió hacia ella su frágil ingenio volador, cuya estructura tan sutil parecía hecha de intelecto puro. A esta altura del aire, Leonardo verificaba de una sola ojeada sus intuiciones sobre la masa atmosférica, que con su velo a la vez nos muestra y nos cubre los objetos, revelándonos la distancia, y reconstruía la historia de los estratos geológicos sobre los cuales hombres y cabras se afanaban como pulgas de agua sobre un oleaje de montañas que tardaban eternidades en alzarse y caer. Su sombra era una mancha cada vez más ínfima y transitoria, a medida que las alas hechas de geometría lo arrebataban hacia la volcánica luminosidad de la nube y hacia el temblor de los astros, en los cuales intuyó mundos
poblados, sobre los cuales hombres hechos de putrescible materia y de mecánicos tendones descifraban las cantidades matemáticas de natura,
y fornicaban para eternizar sacos de excrementos y vientres que eran sepulturas de animales muertos. El vuelo lo llevaba hacia las sombras, de las cuales sabía Leonardo que ofrecen en la lejanía un azul más bello, porque se ve más el color de las cumbres que el aire que las circunda.
A medida que ascendía, Leonardo vio a su alrededor el aire tenebroso, y el sol, cayendo sobre la montaña, más luminoso que en los valles
de la llanura, porque en la cumbre el aire era más transparente que en cualquier otra parte. En el momento en que la última luz incendió la cima del monte haciéndolo parecer desde lejos un cometa, sintió Leonardo concluido el devenir y establecida la justa distancia de las cosas, cuyos emblemas había desarrollado en los rigores del análisis y los velos de la perspectiva aérea. Rodeado de objetos y paisajes siempre remotos, en una metafísica distancia. Lejos de avanzar hacia ellos, permanecería anclado en ese instante, cuya plenitud hacía innecesaria toda perduración. Desde entonces determinó realizar todas sus obras en materiales deleznables, que las fueran librando a la
llamarada del tiempo, y torcer la posibilidad de todas sus invenciones, fundándolas en principios quiméricos, que las convertirían en fiascos.
Toda su escritura sería indescifrable y sus secretos se perderían. Porque la perfección de toda forma es incomunicable. Y el más perfecto vuelo deja apenas el rastro de un ave. 

La luz ahora se extinguía en la cumbre. Una tardía noche encenagó los cuernos del monte, entre los cuales, en algún momento de la eternidad, había pasado un pájaro.
(TEXTO: LUIS BRITTO/ IMÁGENES: CODEX DA VINCI)